Robert Guédiguian
72 añosPremios: Festival de San Sebastián (1) Ver más
Un armenio en Marsella
Voz esencial del cine europeo, ha retratado con profunda humanidad las vidas de las clases trabajadoras y los barrios populares, especialmente en Marsella, su ciudad natal. El cine de Robert Guédiguian, casi siempre protagonizado por los mismos actores, combina la mirada poética con la crítica incisiva, explorando temas como la solidaridad, la memoria, la identidad y las luchas cotidianas frente a la precariedad. A lo largo de su trayectoria, ha construido un universo cinematográfico único, donde el compromiso ético y la ternura conviven en relatos que son, a la vez, íntimos y colectivos.
Nacido el 3 de diciembre de 1953 en Marsella, en el seno de una familia obrera de raíces armenias y alemanas, Robert Jules Guédiguian —nombre completo del personalísimo realizador— es hijo de un electricista portuario. Creció en el barrio de L'Estaque, que después se convertiría en escenario recurrente de su filmografía. Desde joven, se sintió atraído por el cine y la política, afiliándose al Partido Comunista Francés a los 14 años. Soñando con convertirse en un intelectual comunista, devoró los libros básicos de esa doctrina. Mantuvo una gran motivación hasta que se desencantó por la desintegración de la izquierda francesa en el otoño de 1977, así que renunció a su afiliación. Aunque sigue teniendo un pensamiento de izquierdas, se agradece que cuestione los dogmas ideológicos, así como una mirada crítica e independiente en su cine, que refleja una preocupación constante por las injusticias sociales y los derechos de las minorías. Estudió sociología en la Universidad de Aix-en-Provence, donde conoció a Ariane Ascaride, que se convertiría en su esposa y musa.
Desde sus primeras películas, Robert Guédiguian construye un universo cinematográfico fuertemente anclado en lo social y lo humano, con una clara preocupación por la clase trabajadora y el entorno de Marsella. Su ópera prima, Dernier été (1980), ya deja ver este interés por retratar el ambiente obrero y los conflictos sociales. La película aborda la amistad y la desilusión de un grupo de amigos de clase trabajadora, con un tono áspero pero cargado de emotividad y crítica sociopolítica. Esta obra sentó las bases de su estilo y temática recurrentes. Cinco años después, con Rouge midi (1985), refuerza su mirada sobre las raíces obreras y el legado militante. Con Dieu vomit les tièdes (1989) se atreve con una narrativa más oscura y existencialista. Finalmente, À la vie, à la mort ! (1995) está considerada como el cierre de su “etapa de búsqueda”, incorporando el tono humanista que caracterizará sus filmes más conocidos.
Se consolida con Marius y Jeannette (1997), aún hoy su obra más redonda y conocida, en torno a Jeannette, madre soltera que trabaja en un supermercado y vive con sus dos hijos en un modesto apartamento. Su vida cambia cuando conoce a Marius, hombre reservado y solitario que ejerce de vigilante en una fábrica abandonada de cemento. A través de encuentros simples pero cargados de significado, ambos comienzan a construir una relación afectiva que se desarrolla con mucha sensibilidad y sin idealizaciones. No aparecen discursos explícitos, pero la realidad obrera, la precariedad, la memoria del pasado militante y la lucha por la dignidad están presentes en cada fotograma. Robert Guédiguian logra aquí un equilibrio perfecto entre compromiso y ternura, entre lo político y lo poético.
En La ciudad está tranquila (2000), el director da un giro más sombrío para explorar la desesperanza y la violencia que atraviesan la vida de varios personajes marginados en Marsella, como una madre que vende drogas para sobrevivir, y un joven pescador atrapado por el tráfico de heroína. Es un retrato duro, pero nunca exento de compasión. “Me gusta alternar dos tipos de películas”, me dijo en una entrevista en el Festival de Valladolid, donde presentó el film. “Algunas son cuentos, optimistas y positivos, como Marius y Jeannette, donde expongo cómo me gustaría que fuera la realidad. Sin embargo, después ruedo películas opuestas, donde ofrezco una visión tremendista”.
En Marie-Jo y sus dos amores (2002), narra la historia de Marie-Jo, casada con Daniel, un hombre trabajador y comprensivo, pero también profundamente enamorada de Marco, un amante con quien comparte una pasión distinta. A diferencia de otros relatos sobre infidelidad, Robert Guédiguian no juzga a su protagonista; en cambio, retrata con empatía y realismo su desgarradora imposibilidad de elegir. Con Las nieves del Kilimanjaro (2011), retoma su tono más optimista para contar la historia de un sindicalista jubilado que es asaltado por dos jóvenes desempleados. En lugar de buscar venganza, el protagonista se enfrenta al dilema moral de la solidaridad y la empatía, reafirmando la fe en los valores colectivos.
Robert Guédiguian trabaja habitualmente con un grupo de actores recurrentes, entre ellos su citada esposa, Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan. Esta colaboración constante le permite explorar la evolución de sus personajes a lo largo del tiempo. En los últimos tiempos ha ido añadiendo a otros, como como Grégoire Leprince-Ringuet, Anaïs Demoustier, Alice Da Luz y Lola Naymark. “Cuando empecé a rodar cine, elegía siempre a los mismos porque no tenía posibilidades de reclutar a otros”, me ha comentado. “Con el tiempo, eso se convirtió en mi marca personal, mi forma de hacer cine. Además, soy un director bastante exigente, así que me quedo como actores habituales con profesionales que pienso que me van a dar lo que necesito. En cualquier caso, soy consciente de que hay otros intérpretes maravillosos, y en principio estoy abierto a trabajar con muchos de ellos”. También mantiene una relación continua con los guionistas Jean-Louis Milesi, Gilles Taurand y Serge Valletti, y varios técnicos, como el montador Bernard Sasia, el director de fotografía Pierre Milon, el ingeniero de sonido Laurent Lafran, el escenógrafo Michel Vandestien, el director de producción Malek Hamzaoui, etc.
En El cumpleaños de Ariane (2014), ofrece un film más ligero y lúdico, casi onírico, en el que una mujer abandona su rutina para reencontrarse con la alegría de vivir. Es un canto al deseo y la libertad dentro del universo afectivo del cineasta. Por otro lado, Una historia de locos (2015) trata el tema del terrorismo armenio (etnia de su progenitor) a través de la historia de un joven radicalizado, conectando lo personal con lo histórico y con las raíces familiares de Guédiguian. Su compromiso con Armenia se refleja de nuevo en Le voyage en Arménie (2006), donde explora la identidad y la memoria histórica. En muchas comparecencias públicas, el cineasta ha denunciado la falta de reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía y ha llamado a la comunidad internacional a apoyar a Armenia. “Estoy convencido de que siempre tienes que estar del lado de los más pequeños”, me explicó en otra entrevista, esta vez en Madrid. “Es la función de los cineastas, estar del lado de los más débiles. Si me pongo del lado del armenio, es porque es un país muy pequeño también. Es verdad que soy armenio, pero también estoy a favor de los irlandeses, de los palestinos, etc. Estoy dispuesto a hacer películas sobre todos los desfavorecidos. Es como si estuviera en el patio del colegio donde defendería al más pequeño, al más débil. Odio al más grande que le da una bofetada al otro. Es mi posicionamiento ético”.
Vuelve a hablar de la dignidad humana en Gloria mundi (2019), drama contemporáneo en el que el nacimiento de una nieta contrasta con la precariedad laboral de los padres y el resentimiento del entorno familiar. Aquí, Robert Guédiguian denuncia otra vez las nuevas formas de exclusión social, mostrando cómo la lucha de clases persiste, aunque se manifieste de maneras más sutiles y crueles. Se aparta mucho de su estilo habitual Presidente Mitterrand (2005), que se centra en la relación entre Mitterrand (interpretado por Michel Bouquet, ya que por una vez no recurre a su compañía estable) y un joven periodista encargado de escribir su biografía.
En Mali Twist (2022), ambientada en la Mali de los años 60, aborda la historia de amor entre un joven revolucionario y una muchacha que escapa de un matrimonio forzado. La película también critica el colonialismo, al que Robert Guédiguian considera un crimen contra la humanidad. En Que la fiesta continúe (2024), Alice, joven directora de coro, organiza una representación para visibilizar la tragedia de los desplazados y criticar las políticas urbanas. Aborda la preocupación de su generación sobre el legado que van a dejarle a los que vienen detrás, no sólo a sus hijos, sino a quienes les van a sustituir en el trabajo cuando se jubilen.
