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Retrato de una mujer en llamas
5 /10 decine21

Retrato de una mujer en llamas

Portrait de la jeune fille en feu

Contenidos (de 0 a 4 ¿qué es esto?)
Goya
2020
Nominada a 1 premio
  • Película europea
Festival de Cannes
2019
Ganadora de 1 premio

Sinopsis oficial

Retrato de una mujer en llamas

Bretaña francesa, 1760. Marianne es una pintora a la que encargan hacer un retrato nupcial de Héloise, una joven que acaba de salir del convento. Héloise no está dispuesta a casarse por lo que Marianne debe pintarla sin que ella lo sepa observándola de día y pintándola a escondidas por la noche. La atracción entre las dos mujeres va en aumento mientras comparten los primeros y los últimos momentos de libertad de Héloise.

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Crítica

La artista y su modelo

La artista y su modelo

Una película de época, ambientada en el siglo XVIII, pero con contenidos que claramente pretenden incidir en las ideologías del siglo XXI, donde al fin se habría alcanzado la libertad para construir la propia identidad a la carta, el radical triunfo de lo dinosíaco sobre lo apolíneo si seguimos la dualidad griega que inspiró a Friedrich Nietzsche, aunque el precio sea el del angustioso vacío existencial. La mirada de la guionista y directora Céline Sciamma a la pasión amorosa que se va a desarrollar entre las dos mujeres protagonistas no se encuentra muy lejos de la que arrojó 25 años antes otra mujer, Jane Campion, en El piano, aunque en este caso se nos hablara de la relación entre un hombre y una mujer, eso sí, curiosamente en ambas películas había al fondo un matrimonio concertado.

Marianne, una mujer pintora, asume en una casa perdida en la costa de la Bretaña la misión en la que previamente un colega fracasó: pintar un retrato de Heloïse, que iba para monja, pero que tras la muerte de su hermana en circunstancias poco claras, ha sido exclaustrada para casarse con un joven milanés, siguiendo los planes que ha trazado para ella su viuda madre, una condesa. Debe ocuparse del encargo disimuladamente, fingiendo haber sido contratada como dama de compañía. Y en efecto, en los frecuentes paseos, capta todos los detalles posibles del físico y personalidad de Heloïse, para hacer el cuadro. Pero al mismo tiempo se enamora de ella, un sentimiento que también hace mella en la modelo.

Estamos ante una película de indudable militancia feminista radical, incluso con la muy consciente decisión de que la presencia de los hombres brille por su ausencia, hasta el último tramo no se deja ver ninguno; aunque con la inteligente decisión de no forzar hasta el límite lo que sería aceptable socialmente en la época descrita. La narración está articulada con habilidad en su primer tramo, en que se juega con los silencios y lo que no se dice para hablar de la falta de libertad de entonces, con unas Marianne y Heloïse que ocultan lo que bulle en su interior, y que da pie a un retrato pictórico que ambas consideran superficial; aun así, ya se apunta un burdo rechazo de la trascendencia en las referencias al convento, ni una mención a lo que ha podido suponer Dios para Heloïse en ese período, donde lo más interesante habría sido frecuentar la biblioteca y la música “para muertos” en la capilla.

Sea como fuere, el film patina en su segunda parte, más lenta y obvia, en que la condesa sale de viaje y deja solas a las dos mujeres con la sola compañía de la sirvienta Sophie, lo que sirve para hacer el discurso ideológico más explícito, tanto en lo relativo a la relación amorosa entre las dos mujeres, como en su decisión de ayudar a abortar a la encinta Sophie, que no quiere tener a su criatura. La idea es mostrar este período de recién descubierta libertad como una auténtica “montaña mágica”, una suerte de hermandad femenina con fecha de caducidad. Probablemente lo más grotesco es el pasaje en que una mujer debe ayudar a Sophie en su propósito abortivo, rodeada de niños.

De todos modos, una Sciamma esteticista y primorosa sabe imprimir cierto ritmo a la narración, y sacar partido al hieratismo de los personajes, de modo que cuando se tornan más comunicativos, nos interesan. En el apartado “artístico” destacan la progresión en los retratos, el paisaje costero de la Bretaña, la metáfora de las llamas ardientes y la casi completa ausencia de la música que hace que, cuando surge –una reunión nocturna de mujeres, y la escena final del teatro, eco de un momento compartido por Marianne y Heloïse– se muestre harto elocuente. Las actrices Adèle Haenel y Noémie Merlant están bien, y se establece la necesaria complicidad entre ellas, también en su juego de miradas arrobadas.

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