Ya se sabe que los premios de un Festival no suelen contentar a casi nadie. A sus ganadores, y poco más. Es lo que ha ocurrido, en parte, en la 54 Edición del Festival de Cine de San Sebastián, uno de los mejores en nivel de la sección competitiva de los últimos años.
Palmarés de la 54 Edición
Concha de Oro a la mejor película
Ex-aequo para las películas Niwemang (Half Moon), de Bahman Ghobadi (Irán-Irak-Austria-Francia) y Mon fils à moi, de Martial Fougeron (Francia).
Premio especial del Jurado
El camino de San Diego, de Carlos Sorín (Argentina).
Concha de Plata al mejor director
Tom Dicillo, por Delirious (EE.UU.).
Concha de Plata a la mejor actriz
Nathalie Baye, por Mon fils à moi (Francia).
Concha de plata al mejor actor
Juan Diego, por Vete de mí (España).
Premio del Jurado a la mejor fotografía
Nigel Bluck, y Crighton Bone, por Niwemang (Half Moon), de Bahman Ghobadi (Irán-Irak-Austria-Francia).
Premio del Jurado al mejor guión
Tom Dicillo, por Delirious (EE.UU.).
Premio Altadis-Nuevos realizadores
Fair Play, de Lionel Bailliu (Francia). Mención especial para Ang Daan Patungcong Kalimugtong / The Road to Kalimugtong, Mes de Guzmán (Filipinas).
Premio Monc Blanc de nuevos guionistas
Mei Man Ren Sheng (Singapore Dreaming), de Yen Yen Woo y Colin Goh (Singapur).
Premio Horizontes
Os 12 Trabalhos (Los 12 trabajos), de Ricardo Elís (Brasil). Menciones especiales para El violín, de Francisco Vargas (México) y El Custodio, de Rodrigo Moreno (Argentina-Alemania-Francia-Uruguay).
Premio TCM del público
Pequeña Miss Sunshine, de Jonathan Dayton y Valerie Faris (EE.UU.).
Premio Volkswagen de la juventud
Kunsten at Graede i kor (The Art of Crying), de Peter Schønau Fog (Dinamarca).
Premios cine en construcción
Premio cine en construcción de la industria: Una novia errante, de Ana Katz (Argentina).
Premio casa de América: A Vía láctea, de Lina Chamie (Brasil).
Premio Cicae: A casa de Alice, de Chico Teixeira (Brasil).
Premio TVE: Fiestapatria, de Luis Vera Vargas (Chile-Perú) y A casa de Alice, de Chico Teixeira (Brasil).
Premio del CEC
Copying Beethoven, de Agnieska Holland (EE.UU.-Gran Bretaña-Hungría).
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DÉCIMO DÍA
Telón
La Concha de Oro ex-aequo suena a extraño politiqueo. Se puede admitir para Half Moon, de Bahman Ghobadi, aunque era muy superior y más fresca la película con la que ganó el mismo premio hace dos años, Las tortugas también vuelan; en el último tramo el film se desparrama un poco, y se diría que el galardón es un ‘agradecimiento a los servicios prestados’, por haber regresado al certamen. En cuanto a compartir el premio dorado con Mon fils à moi de Martial Fougeron, que además se ha llevado el premio a la mejor actriz, Nathalie Baye, eso sí suena a completo disparate. El film no está mal rodado, pero es absolutamente previsible, y la composición de ella es de ésas que todo el mundo etiquetaría de ‘freak oscarizable’.
Yo, ingenuo de mí, pensé que la cuota francesa de premio por ser la presidenta del jurado Jeanne Moreau, se cubriría con el Premio del Jurado o el de mejor actriz para Lo que sé de Lola, coproducción hispanofrancesa, lo que tenía además la ventaja de permitir matar dos pájaros de un tiro: premio para el cine francés, premio para el cine español. Pero no, este film se quedó con los bolsillos vacíos, y la cuota de premio para el cine patrio recayó en el premio al mejor actor para Juan Diego, en un papel graciosete, que el intérprete ya ha hecho en otras ocasiones.
Nada que objetar a los premios para el mejor director, Tom DiCillo, y su guión, por su memorable Delirious, ni para la argentina El camino de San Diego –Premio Especial del Jurado–, pues son películas valiosas, bien realizadas y rebosantes de humanidad, que los merecen.
Sí que me parece un poco absurdo dar ‘dobles premios’, por supuesto a Mon fils à moi, que debería haberse ido de vacío, pero también a Delirious y Half Moon. Habiendo tantos buenos títulos a concurso resulta injusto que Copying Beethoven, La cola del tigre, Si le vent soulève les sables, Hana o Forever hayan quedado olvidados en el palmarés.
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NOVENO DÍA
La suerte está echada
Con el film croata-bosnio Karaula se da cerrojazo a la sección competitiva del Festival. Ahora, a esperar el veredicto de los cuatro hombres y tres mujeres sin piedad del Jurado...
Cabría definir Karaula como una especie de Historias de la puta mili, versión balcánica. Aunque tal vez sea algo simplificador… El film está situado a finales de los 80, con una Yugoslavia a las puertas de su desintegración. En un puesto fronterizo con Albania, varios jóvenes hacen el servicio militar. La cosa arranca con tono zafio, y un soldado médico diagnostica a su teniente sífilis. Como el oficial no quiere que su mujer sepa del asunto, envía al médico hasta ella con la excusa de que no podrá verla durante tres semanas, pues hay problemas en la frontera. Rajko Grlic parece que va a ser algo sutil al narrar la previsible relación adúltera, que ella no le va a poner al otro las cosas fáciles... Puro espejismo. Todo transcurre por donde cabe imaginar, con salidas de sainete –el recluta que quiere visitar la tumba de Tito– y final de ‘tragedia griega’.
Del danés Lars von Trier podemos decir que es dueño de un don especial para llamar la atención y dar que hablar de sus películas. Tras su ‘Dogma’ y ‘voto de castidad’, su último ‘invento’ –que ha despertado esta vez menos atención mediática, todo hay que decirlo– es su ‘Declaración de revitalización’, unas ideas para que su productora Zentropa haga un cine más ágil y capaz de llegar a todo el público. Y como ello está unido a su gran talento de cineasta, pues ‘miel sobre hojuelas’.
En San Sebastián ha presentado en la sección oficial, pero fuera de concurso, su último film, El jefe de todo esto, una pausa en su ‘trilogía americana’. Se trata de una comedia ligera, por lo cual ha preferido no competir, no vaya a ser que el Jurado la considerara demasiado ‘quedada’. El film es sencillo y está hecho con pocos medios. Pero su punto de partida tiene gracia, y permite el enredo hasta extremos surrealistas. La cosa consiste en que el dueño de una empresa se ha inventado a un imaginario superior –‘el jefe de todo esto’ del título– para evitar malos tragos con sus subordinados, convirtiéndose así él en un subalterno más. Pero a la hora de cerrar un contrato con una empresa islandesa –al parecer daneses e islandeses se llevan fatal– necesita al ‘jefe de todo esto’; así que contrata a un actor que haga su papel. El actor desconoce los entresijos del mundo empresarial, pero como los planteamientos y estrategias con puramente kafkianos, sólo tiene que exhibir cierta seguridad, y demostrar quién tiene el control. El film posee momentos hilarantes, aunque también un pasaje estúpidamente soez… La sensación es que se estira una idea graciosa, que estamos ante un humor muy nórdico… Y von Trier prueba que con maña y pasión se pueden hacer cosas muy aceptables con recursos justitos. Cita el director como referencias de su film los títulos de comedias clásicas americanas (La fiera de mi niña, El bazar de las sorpresas, Historias de Filadelfia, La extraña pareja), y aunque está lejos de sus modelos, lo cierto es que entrega una película divertida.
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OCTAVO DÍA
Música, maestros
Extraordinaria película de la directora polaca Agnieszka Holland, Copying Beethoven nos acerca al exclusivo mundo de la creación artística.
Con películas mediocres como Reino de los cielos o Rey Arturo, nos hemos acostumbrado a un pretendido cine ‘histórico’, que en realidad deforma los hechos que narra al darles una perspectiva contemporánea completamente fuera de lugar. En este sentido es una bocanada de aire fresco el modo en que Agnieszka Holland aborda la figura del genial compositor Ludwig van Beethoven, a partir de un guión de hierro escrito por Stephen J. Rivele y Christopher Wilkinson. Su cámara capta al músico en los días en que ultima su Novena Sinfonía, tras diez años sin estrenar obra. Acaban de mandarle una copista, Anna Holtz, para que le ayude a escribir la partitura. Hasta donde este cronista sabe, Holtz es un personaje inventado. Poco importa, porque lo que se cuenta alrededor de la relación que se establece entre Beethoven y la joven rebosa autenticidad. El maestro –formidable Ed Harris, realmente transfigurado en el músico– posee un carácter fuerte, a veces tiene algunas salidas que hieren a las personas de alrededor, le cuesta comprender que su sobrino Karl quizá no deba seguir sus pasos musicales. Y Anna… Anna, también, a su modo, es todo un carácter: feminidad y dulzura al cien por cien, auténtica, sabe ser franca con Beethoven, decirle lo que éste necesita oír; lo cual no está reñido con un retraimiento y timidez que acrecientan su encanto… Es más feminista este gran personaje de Diane Kruger que muchas feministas de nuestro tiempo, sin necesidad de llamarse feminista. Su forma de ser encaja en la época en que transcurre el film, y ése es un acierto que no tiene precio.
Si hay justicia en este festival, Copying Beethoven no puede irse a casa sin recibir algún premio importante. Los ‘listillos’ de siempre seguramente dirán que se trata de una película académica, sentimental, pensada para ganar el Oscar… Que digan lo que les venga en gana. Es una hermosa película sobre el alma del artista, y lo cerca que está de Dios a la hora de acometer su creación. Diríase que estamos ante el reverso luminoso de Amadeus, donde Holtz tomaría el relevo a Salieri a la hora de notar la genialidad de Beethoven. Ella también querría brillar como compositora, y enseña alguno de sus trabajos al maestro, pero tiene la humildad de reconocer a quien tiene delante de sí, y que en algunas de sus obras, como la Fuga, es un adelantado, al que no puede seguir. Por supuesto, la música de Beethoven tiene una poderosa presencia en el film, y pasajes como el del estreno de la Novena Sinfonía, en que Anna da las entradas para dirigir a Beethoven, que necesita ayuda debido a su sordera, son de una fuerza conmovedora.
Y con la música nos vamos a otra parte, concretamente a Half Moon, de Bahman Ghobadi. El director iraní-iraquí ganó la Concha de Oro hace un par de años con Las tortugas también vuelan, y lo que dije de Carlos Sorín hace unos días, vale también para él: es un hombre agradecido, y ha reservado su último film para el Festival de San Sebastián. Y la cosa va también, en efecto, de música. Aunque el anciano Mamo no es Beethoven exactamente, tiene un nombre como músico kurdo afincado en Irak; y emprende un viaje con sus diez hijos adultos para participar en un concierto en el Kurdistán iraquí. La trama conecta con su anterior film en algunos pasajes oníricos, y en un peculiar sentido del humor. Hay menos tragedia, pero a cambio algo de la frescura y el equilibrio logrados en Las tortugas se ha perdido. Aunque no faltan cierta humanidad y ternura en los personajes que aparecen, y se muestra con naturalidad la fe musulmana sencilla de esa gente, o una decidida reivindicación de los derechos de la mujer. Apuntes políticos hay pocos, pero Ghobadi no deja de decir que en Irak se está mucho mejor sin Sadam Husseim, y hace una referencia, levísima, a los estadounidenses, que sufren emboscadas y disparan no saben adónde.
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SÉPTIMO DÍA
Guerreros cansados
El cine español gasta su última bala en la sección oficial, con lo que podríamos denominar un thriller existencial.
Se trata de Las vidas de Celia, y el film arranca precisamente con esta mujer junto a la vía del tren, pensando en el suicidio. Es una noche de verbena en un barrio popular de Barcelona, donde tiene lugar la violación y asesinato de una adolescente. En torno a este hecho y a la investigación de un policía ‘cansado’, vamos descubriendo las miserias de unos y otros personajes, los secretos que les apenan y la enorme dificultad que tienen para aprehender siquiera un cachito de felicidad. Antonio Chavarrías entrega una película triste, con mucha cámara en mano y estilo asumidamente descuidado, en un esfuerzo de naturalidad no tan… natural. Los actores están sobrios, como corresponde a sus introspectivos personajes, con mención especial para un magnético Luis Tosar.
Y de policía ‘cansado’ a samurái ‘cansado’. Ésta es la propuesta del director japonés Kore-eda Hirokazu, que con su film de samurái encuadrable en el llamado género ‘jidaigeki’, se aleja del título contemporáneo de tono casi documental que le dio fama, Nadie sabe. En Hana parece más bien seguir la estela de su compatriota Yoji Yamada –El ocaso del samurái, The Hidden Blade– al contar con peculiar sentido del humor la historia de un samurái en horas bajas, al igual que el resto de sus compañeros, tras el harakiri de su shogun. Este guerrero crepuscular, que se dedica a dar clases, y que se enamora de una viuda con un niño, debería pensar en el modo de vengar la muerte de su padre. Se trata de una película un pelín larga, que suena a vista, y donde existe para el espectador el riesgo de confundir personajes. Pero tiene su aquel, qué duda cabe.
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SEXTO DÍA
En observación
En la década de los noventa, el nombre de Tom DiCillo era sinónimo de cine independiente americano. Un movimiento pujante, que se fue apagando, como el propio DiCillo.
Pero Tom DiCillo (Vivir rodando) ha conseguido brillar de nuevo con Delirious, un divertido viaje al superficial mundo de la fama y los paparazzi, que tiene más miga de lo que podría parecer a simple vista. Les Galantine es un pobre diablo, fotógrafo profesional, que se gana la vida tomando fotos a los famosetes de turno. Acogerá en su casa a un joven ‘sin techo’, al que acepta como ayudante. Y de modo sorprendente, el chico, Toby, enamora, flechazo a primera vista, a la célebre cantante pop K’Harma Leeds.
DiCillo sabe perfilar a la perfección a los personajes de Les y Toby, muy bien encarnados por un Steve Buscemi cuyo papel le viene al pelo, y por el ‘guaperas’ Michael Pitt. Está bien dibujada esa especie de relación maestro-discípulo en la que cada uno puede aprender lecciones del otro. Film sobre la amistad puesta a prueba, con su punto tragicómico, el director sabe entregar una historia rica, donde apunta otros temas como el de un anhelado amor romántico ideal, que caricaturiza pero no deja de añorar; el del buscado reconocimiento de los padres, que no siempre se alcanza; o el de la intromisión en la intimidad de las personas, que debería tener límites. Bien es cierto que todo se trata de modo ligero, leve, tal vez demasiado, aunque sea con la noble intención de no cargar con un exceso de evidente moralina. En cualquier caso se trata de un film bien pergeñado, con un excelente clímax bien resuelto en la alfombra roja de la entrega de unos premios.
Y sobre el segundo film español a concurso, Lo que sé de Lola, decir que se trata de una historia rodada en francés acerca de la soledad. Soledad sobrevenida a Léon, un hombre que atiende a su madre enferma y anciana. Una vez muere ella, termina lo que era la razón de su vida. Y se dedica a deambular por ahí, observando a su nueva vecina, Lola, una mujer española, y siguiéndola hasta su mismísimo pueblo en España. Film cansino de náufragos existenciales, que buscan afecto, calor humano. Javier Rebollo intenta algo difícil, llegar al fondo de ese vacío del hombre moderno, pero apenas araña la superficie del problema.
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QUINTO DÍA
Amores que dan vida, amores que matan
El cine surcoreano sigue mostrando una pujanza increíble. Raro es el festival que no tiene algún film de esta nacionalidad a concurso. Y San Sebastián no podía ser menos.
Ninguna película de Im Sang-soo había llegado a España hasta la fecha, aunque el director tiene ya, aparte de The Old Garden, cuatro filmes a sus espaldas. Aquí ha rodado una bonita historia de amor, que arranca con la salida de la cárcel de un prisionero político. La narración bascula entre el presente y el pasado, cuando el recién liberado recuerda su juventud de poeta socialista y estudiante, en la época de la dictadura de Corea del Sur, en los años 80. La represión es fuerte contra todo aquello que huela a comunismo traído del Norte, y tras una masacre de la que ha sido testigo, el estudiante se oculta en casa de una joven pintora, de la que se enamora. Y surge la duda. ¿Debe crear su nidito de felicitad con su amada, o seguir la lucha de sus compañeros?
Sang-soo tiene la habilidad de no caer en lo obvio. Los militantes llevan sus ideas a un extremo discutible, deben entregar sus propias vidas a la causa. La seguridad del hogar, el recién hallado amor, podrían ser excusas para no ser fiel a los propios ideales. El director surcoreano da con el ritmo preciso para mostrar esas lealtades que hacen dudar, y logra conmover en escenas como la de la despedida del autobús bajo la lluvia.
En cambio, toda una obviedad es el film francés Mon fils à moi. Ya el plano de arranque, con policía y ambulancia, nos anticipa un final trágico. También lo hace el rostro de Olivier Gourmet, un actor que habitualmente encarna a personajes depresivos, algo calzonazos e incapaces de tomar alguna iniciativa a la hora de actuar. Es el caso en este film, sobre una familia compuesta por el matrimonio, una hija que está en la universidad, y Julien, un chaval de doce años. La madre, ama de casa, tiene una actitud posesiva con respecto al chico que alcanza grados increíbles. Hasta el punto de que le castiga con frecuencia, no le deja salir con la niña que le hace tilín ni acudir a una fiesta, e incluso llega a las manos a la hora de llamarle la atención. Ante esto el padre se inhibe, se escuda en su trabajo y en que su mujer hace lo que puede para criar a los hijos. Una vez planteada la situación, Martial Fougeron da vueltas una y otra vez sobre lo mismo, de modo pesadamente reiterativo; y la única duda, que tampoco reviste mayor interés, es cuál será el tamaño del triste final.
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CUARTO DÍA
Buen nivel
Es duro el arranque de Si le vent soulève les sables, de Marion Hänsel. En un país africano innombrado, un matrimonio acaba de tener su tercer hijo, una niña. Un anciano amigo de la familia aconseja al padre ahogar a la recién nacida, ante la predecible dificultad de alimentarla y sacarla adelante. Un Occidente bienpensante tal vez se escandalice ante la bárbara propuesta; es más aséptico, ya se sabe, matar a los niños en el seno materno. Por fortuna la madre oculta a la cría la noche en que el desenlace podía haber sido fatal, y años después es ya una chiquita preciosa. Pero la hambruna azota al pequeño poblado donde vive la familia, por lo que deciden emigrar con sus escasas pertenencias, un rebaño de cabras y poco más, hacia algún sitio mejor. Así, el film se convierte en historia itinerante, donde una detrás de otra, las desgracias golpean al clan. Luchas tribales, soldados corruptos, facciones rebeldes salvajes, sed, calor…
La directora belga es experta en buenas intenciones. Lo ha probado en filmes como Entre el cielo y la tierra, donde le podía un exceso de sentimentalismo, pero aquí está más medida. No hurta escenas duras –el abandono de un moribundo en el desierto, tras darle agua; la suerte de los dos hijos varones…–, pero los personajes rebosan humanidad, de modo especial la madre, y el padre a su manera. La niña es muy simpática, pero algunas de sus frases se dirían de ‘marisabidilla’, chirrían un tanto. Pero en general estamos ante un film notable, aunque los puristas le saquen pegas, como la del perfecto francés de una familia que proviene, supuestamente, del África profunda.
De cine kafkiano cabe calificar La cola del tigre, del británico John Boorman. El septuagenario director y guionista sigue la pista a Liam, un hombre al que las apariencias nos llevarían a describir como un triunfador. Potentado empresario inmobiliario, con una mujer preciosa y un hijo, tiene todo lo que el dinero puede comprar. Pero desde hace algún tiempo le acompaña una imagen fugaz de sí mismo, que le sigue a todas partes. Cree ver a su doble en la calle, merodeando junto a su casa… ¿Se está volviendo loco? ¿Es, como le dice su hijo, una proyección de sí mismo, porque en el fondo está insatisfecho con una vida en que los demás no dejan de ser simples, escalones que le han conducido a su posición actual? Boorman juega al desconcierto, introduce elementos de comedia negra, y en la posible idea de dos hermanos gemelos, modernos príncipe y mendigo, traza una lograda parábola sobre las patologías de la enferma sociedad actual, que no deja de mirarse el propio ombligo, desprovista de armas morales. No sería raro que le cayera algún premio gordo a este film: guión, dirección, actor para Brendan Gleeson… y, por qué no, la mismísima Concha de Oro.
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TERCER DÍA
Estamos con la gente
Un Festival no puede tener bagaje mejor que el de haber descubierto en ediciones anteriores a un buen director, al que ha dado la oportunidad de brillar.
Que se lo digan a Cannes, con el habitualmente ‘abonado’ Lars Von Trier, por ejemplo. En San Sebastián ocurrió en 2002 con el argentino Carlos Sorín y sus Historias mínimas. Ya antes había recibido el apoyo de la sección del Festival ‘Cine en construcción’, que le permitió acabar la película, y luego vino el Premio Especial del Jurado. Sorín se siente lógicamente en deuda, y hace un par de años trajo a concurso Bombón, el perro, y ahora repite con El camino de san Diego.
No fue un espejismo lo de este director. Su cámara se mueve con soltura, tiene habilidad para contar historias sin caer en el tópico y, sobre todo, es muy humano. La gente que aparece en sus filmes es auténtica, y no sólo por su afición a recurrir a actores no profesionales. Aquí la excusa de la película es Tati, un hombre sencillo, que vive en el distrito argentino de Misiones, en medio de la selva. Es un buen tipo, sencillo, padre de tres niños… y seguidor empedernido del mítico futbolista Diego Armando Maradona. Alguno lo tacharía de fanático –hasta se ha hecho tatuar un ‘10’ en la espalda, el número de la camiseta del jugador en la selección nacional–, pero en el fondo es una ilusión, gran ilusión, extrema si se quiere, pero que no le nubla a la hora de cuidar sus obligaciones principales, atender a los suyos sobre todo. Un día de lluvias torrenciales encuentra un árbol arrancado de cuajo, en cuyas raíces cree descubrir una talla natural de… ¡Maradona! Esto, y la noticia que conmociona a todo el país, el infarto que ha sufrido el jugador, le empujan a emprender un viaje a Buenos Aires, donde encuentra a muchas buenas personas, con las que departe amigablemente. Hay un humor suave, bien traído, y la humanidad que transpira cada minuto del metraje es una bocanada de aire fresco en la habitual atmósfera de cine cínico en la que tantos se regodean. Quizá por esa bondad le cuesta a Sorín la introducción –dentro de una notabilísima galería de personajes– de la chica de alterne, nota disonante, a pesar de las indudables buenas intenciones del cineasta.
Forever también trata de la gente, vivos y muertos. Documental de la directora holandesa Heddy Honigmann, recoge las visitas de variopintos personajes al cementerio parisino Père Lachaise. Ahí están enterrados artistas ilustres como Jim Morrison, Maria Callas, Oscar Wilde, Marcel Proust, Georges Méliès, Yves Montand, Simone Signoret… El resultado es irregular, aunque ciertamente atrapa algunos momentos emotivos, con magia. Esa atmósfera triste, típica de los camposantos, queda impresa en el celuloide. Pero falta un hilo maestro nítido en la narración, el espectador tarda en comprender que la propuesta del film es señalar que la única eternidad a la que podríamos aspirar es a aquella que los artistas nos proporcionan a los que venimos detrás con sus obras maestras. No hay una negación explícita de la trascendencia por parte de Honigmann, pero lo cierto es que algún testimonio la niega de modo tajante –una mujer española, exiliada de la guerra civil– o la diluye en una vaga esperanza agnóstica.
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SEGUNDO DÍA
Reír o llorar, he ahí el dilema
Hay algún buen gag en Vete de mí y Sleeping Dogs Lie, pero la estrechez de miras de sus personajes hace pensar en que miran la vida a través de un canuto.
El cine español ha disparado hoy su primer cartucho en la sección oficial a concurso. Vete de mí es una película hecha al alimón por Víctor García León –director y guionista– y Jonás Trueba –coguionista–, que ya habían hecho juntos una película que hacía honor a su título, Más pena que gloria. Los hijos, respectivamente, de José Luis García Sánchez y Fernando Trueba, entregan una comedieta ligera, con algún punto gracioso, en torno a una relación padre-hijo. Santiago es actor, divorciado, vive con una joven actriz desde hace dos años. Guillermo vive con ‘mamá’, y no se centra; miente más que habla, y tiene la cara tan dura como el pedernal. El caso es que el chico es puesto por su madre de patitas en la calle, y se presenta de improviso en la casa paterna, donde va a alterar el ordenado mundo que se ha fabricado. La trama juega a la inversión de roles, hasta su casi convergencia: el padre demuestra ser tan inmaduro como el hijo, en el hijo asoma algo que la gente poco exigente calificaría como ‘responsabilidad’. Juan Diego y Juan Diego Botto están graciosetes, pero la película, una vez planteada, se estanca. Quiere ser un homenaje a Billy Wilder por su planteamiento corrosivo y algo desesperanzado, pero la comparación le viene grande. Mucho.
Y también aires gamberretes recorren el film estadounidense Sleeping Dogs Lie, donde la inmadura aquí es una especie de Bridget Jones ‘retorcidilla’ –Melinda Page Hamilton parece una fotocopia de Renée Zellweger–, que tras la apariencia de una vida perfecta –un novio estupendo que le quiere, unos padres que le adoran...– esconde un pecado de juventud, un secreto inconfensable que le avergüenza. Y asaltan a Amy las dudas acerca de si debería compartir aquello con su amado. El desconocido Bobcat Goldthwait cuenta su historia con soltura, aunque la premisa sobre la que asienta el edificio narrativo es algo tramposa: nadie está obligado a contar un secreto, si no afecta en justicia, de modo relevante, a la otra persona. Y de hecho la resolución del film es contradictoria, parece apostar por una ‘sana vida de mentiras’ para la construcción de una relación sólida: se pasa del no contar algo que no tiene por qué saber el otro a engañarle descaradamente.
Quizá por lo dicho hasta el momento, Sleeping Dogs Lie parece encuadrable en el concepto ‘dramón’. Más certero sería calificarla de tragicomedia, pues salpica la historia un humor grueso, que eleva un grado las cotas de zafiedad alcanzadas por los hermanos Farrelly en su célebre Algo pasa con Mary, al proponer bromas sexuales en torno a la zoofilia. También se explota en clave de comedia a los padres de Amy, en una variación más ‘audaz’ de lo visto en títulos como Los padres de ella.
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PRIMER DÍA
Empieza el juego
Arrancó la 54 edición del Festival de Cine de San Sebastián con un suave sirimiri, y manifestaciones de los de siempre ante el Kursaal, buscando cámaras.
Y comienza con el debate de si la proliferación de festivales -hay uno nuevo en Roma casi a renglón seguido del de Donostia- dejará películas medianamente presentables para todos. A lo que cabe responder con esa conocida frase del guionista William Goldman: "Nadie sabe nada". Así que veremos.
El Festival parece haberse tomado en serio el tema "Emigrantes" de una de las seccones, pues inaugura la sección oficial con Ghosts, del británico Nick Broomfield. Film a caballo entre la realidad y la ficción, cuenta el drama de una inmigrante china, madre soltera, que deja a su bebé atrás para ganar algo de dinero en el Reino Unido. Los intérpretes no son profesionales, y han vivido experiencias semejantes. Aunque el interés humano de la historia es indudable -se describen las mafias, el hacinamiento en que viven los emigrantes, las condiciones laborales vergonzosas, el que son vistos como intrusos en el mercado laboral...-, falta tensión dramática.
Mientras, la sección Zabaltegi no se queda atrás en inquietudes sociales. En Babel Alejandro González Iñárritu repite el esquema de puzzle usado en Amores perros y 21 gramos para contar una historia a cuatro bandas, entre la frontera de EE.UU. y México, Marruecos y Japón. La película tiene una fuerza inusitada, pero sigue presente el fatalismo típico del director, en que un disparo con un arma desata una serie de acontecimientos trágicos, que afectarán de modo decisivo a un grupo de personas. Auténtica Torre de Babel idiomática y de culturas, sirve para reflexionar sobre la proliferación de armas, el frágil equilibrio Oriente-Occidente, Primer Mundo-Tercer Mundo, y la angustiosa y no siempre satisfecha búsqueda del amor por parte del ser humano.
El cartel de esta edición, como en años anteriores, es un acierto. Homenaje a la galería de espejos de La dama de Shanghai de Orson Welles, Marisa Paredes reemplaza a la original Rita Hayworth. Está mejor la actriz en el póster que presentando galas de inauguración –Paredes se trabucó en un par de ocasiones, y su voz sonaba engolada en exceso–, pero claro, nadie es perfecto.
