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Alguien tiene que morir
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Alguien tiene que morir

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Sinopsis oficial

Un joven, tras ser llamado por sus padres, debe regresar de México a casa para conocer a su prometida, pero el pueblo queda sorprendido cuando regresa acompañado de Lázaro, un misterioso bailarín de ballet. Todo sucede en la España de 1950, en una sociedad conservadora y tradicional donde las apariencias y los lazos familiares juegan un papel clave.

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Crítica Alguien tiene que morir (2020)

Regreso a España

Regreso a España

1954. Gabino, hijo del español Gregorio Falcón –cargo intermedio en la Dirección General de Seguridad– y de la mexicana de clase alta Mina, regresa a Madrid, tras haber pasado muchos años en México, con la familia de su madre, tras un trauma que sufrió de niño por haber sido testigo del accidente en que murió su abuelo. Su familia está interesada en que Gabino contraiga matrimonio con Cayetana, hija de un industrial del calzado, pero él ha venido acompañado de Lázaro, un bailarín mexicano al que parece estar muy unido, hasta el punto de que pronto nace el rumor de que ambos mantienen una relación homosexual.

Miniserie de tres capítulos para Netflix orquestada por el azteca Manolo Caro, artífice de La casa de las flores, gran éxito de la plataforma de ‘streaming’. Comparte muchos elementos con aquélla, como la familia de clase alta preocupada porque salte un escándalo a la palestra, o los sanatorios para revertir la homosexualidad. Consigue una ambientación modélica, gracias a los trabajos de dos colaboradoras habituales de su cineasta de referencia, Pedro Almodóvar, la diseñadora de producción Clara Notari y la encargada de vestuario Paola Torres. También tiene a sus órdenes a actores muy competentes, capaces de sacar adelante cualquier tipo de personaje, como Carmen Maura (la abuela, muy desdibujada sobre el papel, pero que la veterana actriz consigue hacer creíble), Ernesto Alterio (el padre), y la mexicana Cecilia Suárez, se diría que su actriz fetiche.

Pero Caro ha debido crecer nutriéndose de culebrones de su país, porque lo que se presenta como un thriller enseguida abusa de giros y recursos baratos, propios de las telenovelas más facilonas. Sus personajes resultan todos estereotipados, y ofrece una visión muy maniquea de la España franquista, en la que sin duda ha tenido que ver el coguionista Fernando Pérez, que ya tenía el mismo problema en sus libretos de Arde Madrid. Sobran subtramas con poca entidad como la de la criada con esposo republicano encarcelado, y se estropea alguna metáfora conseguida, como los pichones del club de tiro a los que se les corta las alas para que no puedan volar y se les cace con facilidad, por renunciar a la sutilidad y que los personajes lo expliquen con diálogos.

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