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Biografía

Beau Willimon

Beau Willimon

Beau Willimon

Filmografía
The First

2018 | The First | Serie TV

María, reina de Escocia

2018 | Mary Queen of Scots

Fastuosa película de corte histórico, con una magnífica ambientación y un exquisito cuidado en todo lo relativo a maquillaje, peluquería y vestuario. La fotografía de John Mathieson es fantástica, y la banda sonora de Max Richter, con una progresión ascendente que nunca se acaba muy característica, se funde bien con la música sacra y cortesana de la época que asoma puntualmente. Describe el reinado de María Estuardo en Escocia, desde su regreso ahí en 1561 tras enviudar Francisco, rey de Francia, hasta su decapitamiento en 1587, acusada de conspirar contra Isabel I de Inglaterra, su prima. Adapta una biografía de John Guy, y firma el guión Beau Willimon, conocido sobre todo por Los idus de marzo y por ser el creador de la serie de intriga política House of Cards. Tras la cámara se encuentra una mujer, Josie Rourke, que debuta como directora, y que hasta ahora era conocida sobre todo como directora artística de la prestigiosa compañía teatral británica Donmar Warehouse, lo que se nota de sobras en el film. Enseguida resulta evidente la complejidad de la historia que maneja Rourke, y las dificultades para darle la necesaria coherencia y unidad dramática. Por ejemplo, apenas logran definirse bien las diferencias por las guerras de religión, entre la postura protestante y la católica, más allá de las críticas con sermones incendiarios del predicador John Knox contra María, ni siquiera la supuesta profunda devoción de ella se logra atrapar. Hay además una insistencia excesiva, casi risible, en mostrar la complicidad femenina entre María y sus damas de compañía, que a veces parecen unas simples y traviesas colegialas. Y se echa en falta una mayor fuerza a la hora de pintar los lazos entre las "primas": parece que se quiera hacer una declaración feminista, dos mujeres condenadas a no entenderse en un mundo de impresentables hombres, pero incluso en esta visión falta un poco de coherencia y sobra simplismo, casi se viene a decir que Isabel falla a María por... ¡comportarse como un hombre! En lo relativo al tratamiento de la sexualidad hay un tratamiento moderno que no deja de chirriar en algunos pasajes. La gran suerte que tiene la directora, es que tiene a dos formidables actrices bajo sus órdenes, sobre todo Saoirse Ronan, verdaderamente regia, que hace medianamente creíbles las ideas de su personaje de que el amor va por delante de los asuntos de estado, aunque el libreto del film las presente confusamente. Por su parte, Margot Robbie logra perfilar la soledad de Isabel, cada vez menos libre en sus decisiones, como obligada a actuar por imperativos fatales. En un período histórico, la Inglaterra isabelina y la Escocia de María del siglo XVI, en que se suceden las conspiraciones, no es fácil pergeñar una trama consistente, donde todos los puntos de vista, lealtades y traiciones, queden nítidamente trazados; al final lo único que está claro es que María se postula con derecho a reclamar el trono de Inglaterra, si Isabel no tiene descendencia. No es fácil saber si la responsabilidad en el naufragio parcial del relato hay que achacársela a Willimon, a Rourke, o a la fuente histórica de la que principalmente beben, pero los vaivenes de bandos, los protestantes que sirven a la católica María, o la posición de los Estuardo que están en la corte de Isabel, no logran entenderse bien. Lo que incluye también el modo en que se aborda el matrimonio de María con Enrique Estuardo, en que conviven casi de seguido un enamoramiento con el descubrimiento de una sexualidad "abierta" del esposo que descoloca bastante. También parece que hay más de una licencia histórica en lo relativo al malhadado secretario David Rizzio.

5/10
House of Cards (5ª temporada)

2017 | House of Cards | Serie TV

Continúan las intrigas políticas de Frank y Claire Underwood para copar el poder en Washington, cada vez más parecidos al referente shakespereano del matrimonio Macbeth. Están muy próximas las elecciones presidenciales en que Frank debería revalidar un cargo que consiguió desde el bando demócrata en circunstancias más que dudosas, y con su esposa Claire como compañera de ticket aspirante a ocupar la vicepresidencia y no limitarse a ser la primera dama. Pero el republicano Will Conway, que tiene un pasado de héroe de guerra y es mucho más joven y padre de familia, es un poderoso rival. Además pesa el modo en que el presidente Underwood gestionó una crisis de secuestro en que un ciudadano americano fue decapitado a manos yihadistas. Decidido a conservar el mandato presidencial al precio que sea, Frank juega a la guerra sucia, además de manejar la carta del miedo para limitar el poder de los gobernadores, y ahuyentar de las urnas a los votantes m´s conservadores. La quinta temporada de House of Cards, que ha desarrollado antes con brillantez Beau Willimon, ahora desmarcado para acometer nuevos proyectos, mantiene de la mano de Melissa James Gibson y Frank Pugliese el nivel de las predecesoras, pero con una intención de elevar el nivel de intrigas y manipulación del matrimonio protagonista y su equipo, azuzada por el fenómeno "presidente Trump", que de alguna manera confirma aquello de que la realidad siempre supera a la ficción. De modo que siguen las intrigas en la sombra, mostrando el contraste entre un presidente que ya peina muchas canas, es de otra generación, y un adversario que usa hábilmente las nuevas tecnologías –su sesión de preguntas directas con el público durante horas via internet–, y que podría tener un punto flaco que no acaba de aflorar. En esta nueva entrega se prueba que hay capacidad sobrada para mostrar el modo en que actúan unas mentes retorcidas, que en algún caso, Doug Stamper, podrían estar tocando fondo. También la idea "marca de fábrica" de que Frank (el gran Kevin Spacey) se dirija directamente al espectador tiene nuevos momentos de originalidad, como en la reunión con los gobernadores, o con la que gente que se manifiesta a las puertas de la Casa Blanca, lo que tiene su mérito, la fórmula siempre apuntaba al riesgo de convertirse en lastre, Nombrar al reparto habitual y decir lo bien que lo hace cada uno, incluida con Robin Wright repitiendo como directora de un par de capítulos, se antoja un ejercicio innecesario. Sí conviene señalar alguna incorporación de relumbrón, como la de Patricia Clarkson.

7/10
House of Cards (4ª temporada)

2016 | House of Cards | Serie TV

Cuarta temporada de esta serie de lucha por el poder a toda costa, que alcanza su momento más álgido. Porque ciertamente y gracias a sus intrigas el vicepresidente Frank Underwood ha accedido a la presidencia de los Estados Unidos, tras implicar en un escándalo al anterior mandatario, pero al precio de la ruptura con su esposa y nueva primera dama, Claire, aunque la opinión pública no sea aún consciente de ello. De modo que en campaña para su reelección, donde la situación política con la crisis del petróleo y los roces con Rusia no ayudan demasiado, se suman las piedras que le va poniendo en el camino su propia mujer, que siguiendo sus propias aspiraciones políticas pretende presentarse al Congreso en Texas; decisión que coincide con la noticia de que su madre, con la que apenas se habla, padece un cáncer bastante avanzado. Beau Willimon vuelve a demostrar destreza para desarrollar las posibilidades que ofrece el lado más oscuro de la Casa Blanca. Aquí la novedad es que lo que había sido un frente unido, Francis y Claire, se ha quebrado, con lo que la lucha por el poder en su vertiente más maquiavélica, es también una pelea entre ellos, las desavenencias conyugales y políticas se confunden, es todo lo mismo. A esto se suman nuevos personajes –la madre enferma, amargada e intrigante, encarnada por Ellen Burstyn; o la jefa de campaña de Claire, Neve Campbell–, subtramas bien pensadas como la crisis rusa, y puntos de giro inesperados que no deberíamos desvelar, pero que complican la vida, nunca mejor dicho, al presidente. La trama atrapa, y aunque se presta humanidad a los personajes, de nuevo la apuesta es convertir a todos en ambiciosos y resentidos ávidos de poder y venganza, cada uno a su modo, nadie resulta medianamente positivo o atractivo, sólo cabe admirar el ingenio de unos y otros a la hora de urdir artimañas para conservar lo logrado, tapar escándalos o alcanzar ciertas metas, ya sea el comandante en jefe Kevin Spacey –que en esta temporada habla menos al espectador–, la primera dama Robin Wright –que vuelve a dirigir varios episodios–, o el astuto jefe de gabinete Michael Kelly, por citar a los principales.

7/10
House of Cards (3ª temporada)

2015 | House of Cards | Serie TV

Tercera temporada de la cínica serie, con Francis Underwood al fin de presidente de los Estados Unidos, aunque de auténtica carambola, tras forzar la dimisión del presidente. Su ambición todavía no está colmada, pues sólo dispone de 18 meses como inquilino de la Casa Blanca, y en su partido no son muy partidarios de que sea candidato para un segundo mandato. Mientras Claire no se conforma con ser simple Primera Dama, y se postula como embajadora de su país ante Naciones Unidas. Y aunque Francis no renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales, utiliza su supuesto abandono para buscar apoyos para su programa Trabajo para América, que busca crear un millón de puestos de trabajo, financiados a base de recortes sociales. Entretanto Doug Stamper, que siempre hizo trabajos sucios para Francis, se siente ninguneado tras haber estado cerca de la muerte y haber necesitado rehabilitación, hasta el punto de que podría ofrecer sus servicios a una inesperada candidata a la presidencia. Beau Willimon sigue desarrollando con habilidad esta serie de planteamientos maquiavélicos, en que los principales personajes buscan sólo su propio interés, sin pensar excesivamente en servir al ciudadano, a no ser que tal actitud le reporte votos u otros beneficios tangibles. Por supuesto que en o más alto del escalafón cínico se se encuentra Francis Underwood, de nuevo un Kevin Spacey que se diría más grueso y satisfecho que nunca, que habla a cámara y por tanto al espectador con increíble desparpajo y naturalidad para pavonsearse de sus lamentables puntos de vista. Ya en el arranque de la serie, una visita al cementerio donde está enterrado su padre, supuestamente sentimental, y que le lleva a orinar ante su tumba, da idea de que para este hombre no hay nada sagrado, lo que se corrobora en otro capítulo, en una escena en una iglesia, donde su actitud blasfema tiene un inesperado contrapunto en el crucifijo que se viene abajo y está a punto de aplastarlo, lo que proporciona un momento de titubeo al repulsivo personaje, antes de que se rehaga con unos de sus sarcásticos comentarios. La serie tiene gancho y atrapa, con sus luchas de poder y crisis políticas –Oriente Medio, una Rusia con un mandatario que se parece a Putin, las luchas en el congreso...– aunque en su contra tiene la realidad de una galería de personajes odiosos, con los que resulta difícil empatizar.

6/10
House of Cards (2ª temporada)

2014 | House of Cards

La ambición de quien fuera congresista por Carolina del Sur, Francis Underwood, y de su esposa Claire, no parece conocer límites. Después de haber forzado la renuncia del vicepresidente para que se presente a gobernador, y ocupar así su puesto, el camino para llegar a la cúspide del poder parece bastante claro. Se trata de manejar a los que también se muestran ávidos de puestos de mando, pero que pueden ser manejados, como Jackie Sharp, que va a ocupar su puesto de líder de la mayoría del congreso, y emplear para los trabajos sucios a secuaces eficaces y leales como el ex alcohólico Doug Stamper. No faltan, por supuesto, los obstáculos, como los chicos de la prensa, o lobbies poderosos como el liderado por Raymond Tusk, amigo personal del presidente y que tiene negocios muy lucrativos con los chinos. Revelaciones como el recurso al aborto de Claire y agresiones sexuales en la cúpula del ejército van a complicar la vicepresidencia de Underwood, aunque aún más complicado lo va a tener el presidente Garrett Walker, que atraviesa una crisis matrimonial, y que se ve enredado en una complicada partida de ajedrez donde su segundo no parece ser precisamente su aliado. La segunda temporada de House of Cards, que adapta a la realidad estadounidense el libro de Michael Dobbs y la miniserie de Andrew Davies, sigue los parámetros maquiavélicos con que arrancó, su protagonista sigue siendo un perfecto cínico, que expresa sus planes sin remordimientos hablando de vez en cuando a la cámara, o sea, al espectador. Por supuesto a Underwood no le basta su vicepresidencia, y sólo en ocasiones contadas muestra una cierta correspondencia a las personas que le caen bien, como Freddie, que le sirve esas costillas que tanto le gustan en su viejo local. La trama política es sólida y despierta el interés, y hay lugar para las sorpresas, a medida que en el ambicioso camino de Underwood se acumulan los cadáveres, metafóricos o reales. La serie televisiva de Netflix es ágil, e incorpora bien elementos tecnológicos y de la actualidad. Los personajes están bien perfilados, pero pesa demasiado la carga inmoral, con planteamientos muy retorcidos –el ménage à trois del matrimonio Underwood con su guardaespaladas es de traca–, no existe alguien medianamente ejemplar e íntegro, parece que en Washington y en el mundo en general no existe la gente honrada, los políticos que simplemente quieren servir a sus ciudadanos. Una vez más el reparto es sobresaliente, con unos Kevin Spacey y Robin Wright que han tomado perfectamente la medida a Francis y Claire.

7/10
House of Cards

2013 | House of Cards | Serie TV

Recién elegido el nuevo y demócrata presidente de Estados Unidos, el congresista Francis Underwood contaba con ser nombrado secretario de estado. Pero el ingrato presidente electo ha decidido no cumplir su promesa, las circunstancias políticas obligan. No queda convencido Underwood, que a partir de ese momento orquesta su particular venganza: no sólo torpedeará a quien el presidente ha señalado como secretario de estado para colocar a una mujer en su lugar, sino que apoyará una nueva ley de educación a su gusto, y filtrará información a su gusto a una bloguera del influyente diario The Washington Tribune; y todo ello con la apariencia de ser un fiel colaborador de la Casa Blanca, a la que no guardaría rencor. Entretanto la esposa de Francis, Claire, busca el modo de sacar adelante sus proyectos medioambientales sin ánimo de lucro, contando con que los fondos que manejará no son los deseados por la falta de consideración de que ha sido víctima él. Traslación a la realidad política americana de la novela del británico Michael Dobbs, que fue convertida en serie televisiva por la BBC en la última década del siglo XX. Se trata de un ambicioso proyecto de Netflix, el portal de internet para alquiler de películas y series televisivas, que de este modo se mete de lleno en la producción, incluso con el atrevimiento de haber puesto simultáneamente a disposición de sus usuarios, los 13 episodios de que consta su primera temporada. Los dos primeros capítulos los dirige el estiloso David Fincher, en su primera incursión televisiva, y otros cineastas ligados a House of Cards responden a los prestigiosos nombres de James Foley, Joel Schumacher, Carl Franklin y Allan Coulter, entre otros. El enfoque de House of Cards es tremendamente cínico: la entrega de Francis a la política es una exclusiva mirada a su propio ombligo, no consiste en otra cosa que en sentir el vértigo del poder y salirse con la suya, siempre desde una altura clarividente que mira a los demás con desprecio, sean “lobos” o de la “manada”. Ello se subraya con la escenas en que Francis, un papel a la medida de Kevin Spacey, mira directamente a cámara para exhibir sin tapujos su desprecio a los demás, su escasa confianza en la naturaleza humana la búsqueda de su exclusivo interés. Su matrimonio con Claire –no tienen hijos– parece más una fría asociación conveniente para ambos, que algo basado mínimamente en algo parecido al amor. Y los otros congresistas, la periodista, los ciudadanos sufrientes, no son más que peones sacrificables en su particular partida política de ajedrez; y ello porque tampoco es que sean mejores que él. Está claro que la serie, desarrollada en su versión yanqui por Beau Willimon, tiene gancho y está bien rodada. Logra intrigar y los actores hacen un buen trabajo. Pero la imagen que transmite de la actividad política es algo muy parecido a una cloaca donde nadie parece pensar que está prestando un servicio a los ciudadanos. Lo que resulta altamente deprimente.

6/10
Los idus de marzo

2011 | The Ides of March

Estados Unidos, elecciones presidenciales. En las primarias de los demócratas, sólo quedan dos aspirantes a candidato a presidente. Uno de ellos es el gobernador Mike Morris, para quien trabaja en la campaña con papel destacado el ambicioso joven Stephen Meyers. Un ligue con una becaria y una conversación inoportuna con el jefe de campaña del otro aspirante, en medio de la decisiva pugna por el estado de Ohio, van a colocar a Stephen en una situación muy delicada. Adaptación de la obra teatral de Beau Willimon “Farragut North”, en la que el propio autor ha participado en colaboración con George Clooney –también director y actor– y Grant Heslov. El libreto final ha logrado la única candidatura al Oscar del film. Willimon se inspiró en su experiencia durante la campaña de 2004 para el demócrata Howard Dean, y hay que reconocer que le película es todo un varapalo al cinismo que con frecuencia domina la escena política. Ritmo trepidante y diálogos bien escritos ayudan a hacer avanzar una narración que tiene un sostén fundamental en un reparto formidable, empezando por el protagonista indiscutible, Ryan Gosling, y siguiendo por los “satélites” George Clooney, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman, Marisa Tomei y Evan Rachel Wood. En Los idus de marzo se pinta bien la hipocresía, el juego sucio, la “flexibilidad” de lo que se suponían unos sólidos principios, el desprecio de la vida ajena, la banalidad de ciertas relaciones amorosas... La metáfora a la que alude el título está bien traída, y permite intuir pero no desvelar por donde irá el film. Un gran acierto de Clooney es no haber hecho una película partidista. Para alguien más fácilmente identificable con los demócratas, resulta inteligente que conceda esta adscripción política a sus personajes, pues al final de lo que está hablando sobre todo es de principios en la actuación pública, para lo cual es necesario tenerlos, en primer lugar, en la vida personal, con independencia de los colores del espectro político al que uno se adscriba. En la óptica de la película no hay ingenuidad, pero tampoco se cae en el cinismo fustigado, sino que hay realismo, una constatación de cierto status quo generalizado que habría que cambiar. Lo que incluye, por supuesto, a los medios de comunicación.

7/10
House of Cards (6ª temporada)

2018 | House of Cards | Serie TV

Decepcionante última temporada de House of Cards, que tuvo que enfrentarse al desafío de prescindir de su actor principal, Kevin Spacey, por los escándalos sexuales de los que ha sido acusado, cuando ya se había iniciado su producción. Esto obligó a una reescritura completa de lo previsto y al retraso en su lanzamiento. La presión que debieron sentir los guionistas puede imaginarse, estar a la altura de las anteriores temporadas desprovistos de su principal arma, el formidable actor. La ausencia del personaje que justifica toda el entramado, el carismático y maquiavélico Frank Underwood, acaba pesando demasiado, no deja de estar presente como un fantasma, y el recurso a jugar con esta idea, la de una especie de no-muerto que se resiste a descansar en paz en su tumba, de sombra muy, muy alargada, no acaba de funcionar. No está Spacey-Underwood, y hablar de él todo el tiempo sólo complica las cosas, aumentando la añoranza, el espectador le echa de menos aunque no quiera. Frank Underwood ha muerto. Con su prestigio por los suelos, no ha sido enterrado en Arlington sino en su Georgia natal, ironías de la vida, junto a la tumba de su padre al que tanto odiaba. ¿Por causas naturales? No está claro, aunque la versión oficial asegura que murió pacíficamente en la cama que compartía en la Casa Blanca con su esposa, la presidenta Claire Underwood. Se escuchan ruidos extraños en la residencia presidencial. ¿Será un fantasma? No, un pajarito se había colado y quedado emparedado, pero Claire lo encuentra y deja volar. La ambiciosa viuda trata de hacerse respetar, pero demasiadas personas poderosas a su alrededor piensan que es una marioneta que pueden manejar a su antojo. Destacan a este respecto el vicepresidente Mark Usher y los hermanos Shepherd, Bill y Annette. Por otro lado el fiel Doug Stamper, siempre una especie de perrito faldero de Frank, desearía el indulto presidencial al que también aspiraba el ex presidente, y está ingresado en un centro psiquiátrico sometiéndose a sesiones de terapia. Es triste ser testigo de la decadencia de la serie, que aquí deviene en intrigas palaciegas que parecen una caricatura de los Borgia, nada queda de la grandeza shakespereana de los comienzos con una lady Macbeth de opereta, simulando una depresión; la impresión es que Beau Willimon se ha quitado de en medio del desaguisado, aunque siga figurando en los créditos como creador. Claire toma el testigo de Frank para dirigirse al espectador y desafiarle, echándole a la cara su pragmático cinismo, pero no es lo mismo, y se abusa del recurso. Tenemos a muchas mujeres con poder, tratando de encarnar el sueño feminista, pero sin garra ninguna, ya sea Annette, como una antigua amiga de la universidad de Claire y ahora rival, pobre recién llegada al naufragio Diane Lane, o a Jane, la mujer turbia a la que ya daba vida Patricia Clarkson, que comparte algunas escenas sonrojantes con el presidente ruso, negociando condiciones ventajosas para su presencia en Siria, aprovechando su presencia en el sepelio por la antigua secretaria de estado; aunque las más altas cotas del ridículo se alcanzan cuando asoma un gabinete para tiempos del #MeToo, a cuya causa el cinismo hace un flaco favor. Un personaje que da pena el el de Seth, que trabaja para los Shepherd como ridículo correveidile. Y la cuestión del aborto o una cuestión de paternidad, en fin, todo resulta, con perdón de "embarazoso" culebrón. A Robin Wright hay que reconocerle coraje por intentar sostener a su personaje, interpretándolo hasta el final, e incluso echando el telón del último episodio, que dirige, aunque no basta. Ahora sí, descansen en paz de una vez Frank Underwood y compañeros, y pasemos a otra cosa.

3/10
The First

2018 | The First | Serie TV

House of Cards (5ª temporada)

2017 | House of Cards | Serie TV

Continúan las intrigas políticas de Frank y Claire Underwood para copar el poder en Washington, cada vez más parecidos al referente shakespereano del matrimonio Macbeth. Están muy próximas las elecciones presidenciales en que Frank debería revalidar un cargo que consiguió desde el bando demócrata en circunstancias más que dudosas, y con su esposa Claire como compañera de ticket aspirante a ocupar la vicepresidencia y no limitarse a ser la primera dama. Pero el republicano Will Conway, que tiene un pasado de héroe de guerra y es mucho más joven y padre de familia, es un poderoso rival. Además pesa el modo en que el presidente Underwood gestionó una crisis de secuestro en que un ciudadano americano fue decapitado a manos yihadistas. Decidido a conservar el mandato presidencial al precio que sea, Frank juega a la guerra sucia, además de manejar la carta del miedo para limitar el poder de los gobernadores, y ahuyentar de las urnas a los votantes m´s conservadores. La quinta temporada de House of Cards, que ha desarrollado antes con brillantez Beau Willimon, ahora desmarcado para acometer nuevos proyectos, mantiene de la mano de Melissa James Gibson y Frank Pugliese el nivel de las predecesoras, pero con una intención de elevar el nivel de intrigas y manipulación del matrimonio protagonista y su equipo, azuzada por el fenómeno "presidente Trump", que de alguna manera confirma aquello de que la realidad siempre supera a la ficción. De modo que siguen las intrigas en la sombra, mostrando el contraste entre un presidente que ya peina muchas canas, es de otra generación, y un adversario que usa hábilmente las nuevas tecnologías –su sesión de preguntas directas con el público durante horas via internet–, y que podría tener un punto flaco que no acaba de aflorar. En esta nueva entrega se prueba que hay capacidad sobrada para mostrar el modo en que actúan unas mentes retorcidas, que en algún caso, Doug Stamper, podrían estar tocando fondo. También la idea "marca de fábrica" de que Frank (el gran Kevin Spacey) se dirija directamente al espectador tiene nuevos momentos de originalidad, como en la reunión con los gobernadores, o con la que gente que se manifiesta a las puertas de la Casa Blanca, lo que tiene su mérito, la fórmula siempre apuntaba al riesgo de convertirse en lastre, Nombrar al reparto habitual y decir lo bien que lo hace cada uno, incluida con Robin Wright repitiendo como directora de un par de capítulos, se antoja un ejercicio innecesario. Sí conviene señalar alguna incorporación de relumbrón, como la de Patricia Clarkson.

7/10
House of Cards (4ª temporada)

2016 | House of Cards | Serie TV

Cuarta temporada de esta serie de lucha por el poder a toda costa, que alcanza su momento más álgido. Porque ciertamente y gracias a sus intrigas el vicepresidente Frank Underwood ha accedido a la presidencia de los Estados Unidos, tras implicar en un escándalo al anterior mandatario, pero al precio de la ruptura con su esposa y nueva primera dama, Claire, aunque la opinión pública no sea aún consciente de ello. De modo que en campaña para su reelección, donde la situación política con la crisis del petróleo y los roces con Rusia no ayudan demasiado, se suman las piedras que le va poniendo en el camino su propia mujer, que siguiendo sus propias aspiraciones políticas pretende presentarse al Congreso en Texas; decisión que coincide con la noticia de que su madre, con la que apenas se habla, padece un cáncer bastante avanzado. Beau Willimon vuelve a demostrar destreza para desarrollar las posibilidades que ofrece el lado más oscuro de la Casa Blanca. Aquí la novedad es que lo que había sido un frente unido, Francis y Claire, se ha quebrado, con lo que la lucha por el poder en su vertiente más maquiavélica, es también una pelea entre ellos, las desavenencias conyugales y políticas se confunden, es todo lo mismo. A esto se suman nuevos personajes –la madre enferma, amargada e intrigante, encarnada por Ellen Burstyn; o la jefa de campaña de Claire, Neve Campbell–, subtramas bien pensadas como la crisis rusa, y puntos de giro inesperados que no deberíamos desvelar, pero que complican la vida, nunca mejor dicho, al presidente. La trama atrapa, y aunque se presta humanidad a los personajes, de nuevo la apuesta es convertir a todos en ambiciosos y resentidos ávidos de poder y venganza, cada uno a su modo, nadie resulta medianamente positivo o atractivo, sólo cabe admirar el ingenio de unos y otros a la hora de urdir artimañas para conservar lo logrado, tapar escándalos o alcanzar ciertas metas, ya sea el comandante en jefe Kevin Spacey –que en esta temporada habla menos al espectador–, la primera dama Robin Wright –que vuelve a dirigir varios episodios–, o el astuto jefe de gabinete Michael Kelly, por citar a los principales.

7/10
House of Cards (3ª temporada)

2015 | House of Cards | Serie TV

Tercera temporada de la cínica serie, con Francis Underwood al fin de presidente de los Estados Unidos, aunque de auténtica carambola, tras forzar la dimisión del presidente. Su ambición todavía no está colmada, pues sólo dispone de 18 meses como inquilino de la Casa Blanca, y en su partido no son muy partidarios de que sea candidato para un segundo mandato. Mientras Claire no se conforma con ser simple Primera Dama, y se postula como embajadora de su país ante Naciones Unidas. Y aunque Francis no renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales, utiliza su supuesto abandono para buscar apoyos para su programa Trabajo para América, que busca crear un millón de puestos de trabajo, financiados a base de recortes sociales. Entretanto Doug Stamper, que siempre hizo trabajos sucios para Francis, se siente ninguneado tras haber estado cerca de la muerte y haber necesitado rehabilitación, hasta el punto de que podría ofrecer sus servicios a una inesperada candidata a la presidencia. Beau Willimon sigue desarrollando con habilidad esta serie de planteamientos maquiavélicos, en que los principales personajes buscan sólo su propio interés, sin pensar excesivamente en servir al ciudadano, a no ser que tal actitud le reporte votos u otros beneficios tangibles. Por supuesto que en o más alto del escalafón cínico se se encuentra Francis Underwood, de nuevo un Kevin Spacey que se diría más grueso y satisfecho que nunca, que habla a cámara y por tanto al espectador con increíble desparpajo y naturalidad para pavonsearse de sus lamentables puntos de vista. Ya en el arranque de la serie, una visita al cementerio donde está enterrado su padre, supuestamente sentimental, y que le lleva a orinar ante su tumba, da idea de que para este hombre no hay nada sagrado, lo que se corrobora en otro capítulo, en una escena en una iglesia, donde su actitud blasfema tiene un inesperado contrapunto en el crucifijo que se viene abajo y está a punto de aplastarlo, lo que proporciona un momento de titubeo al repulsivo personaje, antes de que se rehaga con unos de sus sarcásticos comentarios. La serie tiene gancho y atrapa, con sus luchas de poder y crisis políticas –Oriente Medio, una Rusia con un mandatario que se parece a Putin, las luchas en el congreso...– aunque en su contra tiene la realidad de una galería de personajes odiosos, con los que resulta difícil empatizar.

6/10
House of Cards (2ª temporada)

2014 | House of Cards

La ambición de quien fuera congresista por Carolina del Sur, Francis Underwood, y de su esposa Claire, no parece conocer límites. Después de haber forzado la renuncia del vicepresidente para que se presente a gobernador, y ocupar así su puesto, el camino para llegar a la cúspide del poder parece bastante claro. Se trata de manejar a los que también se muestran ávidos de puestos de mando, pero que pueden ser manejados, como Jackie Sharp, que va a ocupar su puesto de líder de la mayoría del congreso, y emplear para los trabajos sucios a secuaces eficaces y leales como el ex alcohólico Doug Stamper. No faltan, por supuesto, los obstáculos, como los chicos de la prensa, o lobbies poderosos como el liderado por Raymond Tusk, amigo personal del presidente y que tiene negocios muy lucrativos con los chinos. Revelaciones como el recurso al aborto de Claire y agresiones sexuales en la cúpula del ejército van a complicar la vicepresidencia de Underwood, aunque aún más complicado lo va a tener el presidente Garrett Walker, que atraviesa una crisis matrimonial, y que se ve enredado en una complicada partida de ajedrez donde su segundo no parece ser precisamente su aliado. La segunda temporada de House of Cards, que adapta a la realidad estadounidense el libro de Michael Dobbs y la miniserie de Andrew Davies, sigue los parámetros maquiavélicos con que arrancó, su protagonista sigue siendo un perfecto cínico, que expresa sus planes sin remordimientos hablando de vez en cuando a la cámara, o sea, al espectador. Por supuesto a Underwood no le basta su vicepresidencia, y sólo en ocasiones contadas muestra una cierta correspondencia a las personas que le caen bien, como Freddie, que le sirve esas costillas que tanto le gustan en su viejo local. La trama política es sólida y despierta el interés, y hay lugar para las sorpresas, a medida que en el ambicioso camino de Underwood se acumulan los cadáveres, metafóricos o reales. La serie televisiva de Netflix es ágil, e incorpora bien elementos tecnológicos y de la actualidad. Los personajes están bien perfilados, pero pesa demasiado la carga inmoral, con planteamientos muy retorcidos –el ménage à trois del matrimonio Underwood con su guardaespaladas es de traca–, no existe alguien medianamente ejemplar e íntegro, parece que en Washington y en el mundo en general no existe la gente honrada, los políticos que simplemente quieren servir a sus ciudadanos. Una vez más el reparto es sobresaliente, con unos Kevin Spacey y Robin Wright que han tomado perfectamente la medida a Francis y Claire.

7/10
House of Cards

2013 | House of Cards | Serie TV

Recién elegido el nuevo y demócrata presidente de Estados Unidos, el congresista Francis Underwood contaba con ser nombrado secretario de estado. Pero el ingrato presidente electo ha decidido no cumplir su promesa, las circunstancias políticas obligan. No queda convencido Underwood, que a partir de ese momento orquesta su particular venganza: no sólo torpedeará a quien el presidente ha señalado como secretario de estado para colocar a una mujer en su lugar, sino que apoyará una nueva ley de educación a su gusto, y filtrará información a su gusto a una bloguera del influyente diario The Washington Tribune; y todo ello con la apariencia de ser un fiel colaborador de la Casa Blanca, a la que no guardaría rencor. Entretanto la esposa de Francis, Claire, busca el modo de sacar adelante sus proyectos medioambientales sin ánimo de lucro, contando con que los fondos que manejará no son los deseados por la falta de consideración de que ha sido víctima él. Traslación a la realidad política americana de la novela del británico Michael Dobbs, que fue convertida en serie televisiva por la BBC en la última década del siglo XX. Se trata de un ambicioso proyecto de Netflix, el portal de internet para alquiler de películas y series televisivas, que de este modo se mete de lleno en la producción, incluso con el atrevimiento de haber puesto simultáneamente a disposición de sus usuarios, los 13 episodios de que consta su primera temporada. Los dos primeros capítulos los dirige el estiloso David Fincher, en su primera incursión televisiva, y otros cineastas ligados a House of Cards responden a los prestigiosos nombres de James Foley, Joel Schumacher, Carl Franklin y Allan Coulter, entre otros. El enfoque de House of Cards es tremendamente cínico: la entrega de Francis a la política es una exclusiva mirada a su propio ombligo, no consiste en otra cosa que en sentir el vértigo del poder y salirse con la suya, siempre desde una altura clarividente que mira a los demás con desprecio, sean “lobos” o de la “manada”. Ello se subraya con la escenas en que Francis, un papel a la medida de Kevin Spacey, mira directamente a cámara para exhibir sin tapujos su desprecio a los demás, su escasa confianza en la naturaleza humana la búsqueda de su exclusivo interés. Su matrimonio con Claire –no tienen hijos– parece más una fría asociación conveniente para ambos, que algo basado mínimamente en algo parecido al amor. Y los otros congresistas, la periodista, los ciudadanos sufrientes, no son más que peones sacrificables en su particular partida política de ajedrez; y ello porque tampoco es que sean mejores que él. Está claro que la serie, desarrollada en su versión yanqui por Beau Willimon, tiene gancho y está bien rodada. Logra intrigar y los actores hacen un buen trabajo. Pero la imagen que transmite de la actividad política es algo muy parecido a una cloaca donde nadie parece pensar que está prestando un servicio a los ciudadanos. Lo que resulta altamente deprimente.

6/10
House of Cards (3ª temporada)

2015 | House of Cards | Serie TV

Tercera temporada de la cínica serie, con Francis Underwood al fin de presidente de los Estados Unidos, aunque de auténtica carambola, tras forzar la dimisión del presidente. Su ambición todavía no está colmada, pues sólo dispone de 18 meses como inquilino de la Casa Blanca, y en su partido no son muy partidarios de que sea candidato para un segundo mandato. Mientras Claire no se conforma con ser simple Primera Dama, y se postula como embajadora de su país ante Naciones Unidas. Y aunque Francis no renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales, utiliza su supuesto abandono para buscar apoyos para su programa Trabajo para América, que busca crear un millón de puestos de trabajo, financiados a base de recortes sociales. Entretanto Doug Stamper, que siempre hizo trabajos sucios para Francis, se siente ninguneado tras haber estado cerca de la muerte y haber necesitado rehabilitación, hasta el punto de que podría ofrecer sus servicios a una inesperada candidata a la presidencia. Beau Willimon sigue desarrollando con habilidad esta serie de planteamientos maquiavélicos, en que los principales personajes buscan sólo su propio interés, sin pensar excesivamente en servir al ciudadano, a no ser que tal actitud le reporte votos u otros beneficios tangibles. Por supuesto que en o más alto del escalafón cínico se se encuentra Francis Underwood, de nuevo un Kevin Spacey que se diría más grueso y satisfecho que nunca, que habla a cámara y por tanto al espectador con increíble desparpajo y naturalidad para pavonsearse de sus lamentables puntos de vista. Ya en el arranque de la serie, una visita al cementerio donde está enterrado su padre, supuestamente sentimental, y que le lleva a orinar ante su tumba, da idea de que para este hombre no hay nada sagrado, lo que se corrobora en otro capítulo, en una escena en una iglesia, donde su actitud blasfema tiene un inesperado contrapunto en el crucifijo que se viene abajo y está a punto de aplastarlo, lo que proporciona un momento de titubeo al repulsivo personaje, antes de que se rehaga con unos de sus sarcásticos comentarios. La serie tiene gancho y atrapa, con sus luchas de poder y crisis políticas –Oriente Medio, una Rusia con un mandatario que se parece a Putin, las luchas en el congreso...– aunque en su contra tiene la realidad de una galería de personajes odiosos, con los que resulta difícil empatizar.

6/10
Los idus de marzo

2011 | The Ides of March

Estados Unidos, elecciones presidenciales. En las primarias de los demócratas, sólo quedan dos aspirantes a candidato a presidente. Uno de ellos es el gobernador Mike Morris, para quien trabaja en la campaña con papel destacado el ambicioso joven Stephen Meyers. Un ligue con una becaria y una conversación inoportuna con el jefe de campaña del otro aspirante, en medio de la decisiva pugna por el estado de Ohio, van a colocar a Stephen en una situación muy delicada. Adaptación de la obra teatral de Beau Willimon “Farragut North”, en la que el propio autor ha participado en colaboración con George Clooney –también director y actor– y Grant Heslov. El libreto final ha logrado la única candidatura al Oscar del film. Willimon se inspiró en su experiencia durante la campaña de 2004 para el demócrata Howard Dean, y hay que reconocer que le película es todo un varapalo al cinismo que con frecuencia domina la escena política. Ritmo trepidante y diálogos bien escritos ayudan a hacer avanzar una narración que tiene un sostén fundamental en un reparto formidable, empezando por el protagonista indiscutible, Ryan Gosling, y siguiendo por los “satélites” George Clooney, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman, Marisa Tomei y Evan Rachel Wood. En Los idus de marzo se pinta bien la hipocresía, el juego sucio, la “flexibilidad” de lo que se suponían unos sólidos principios, el desprecio de la vida ajena, la banalidad de ciertas relaciones amorosas... La metáfora a la que alude el título está bien traída, y permite intuir pero no desvelar por donde irá el film. Un gran acierto de Clooney es no haber hecho una película partidista. Para alguien más fácilmente identificable con los demócratas, resulta inteligente que conceda esta adscripción política a sus personajes, pues al final de lo que está hablando sobre todo es de principios en la actuación pública, para lo cual es necesario tenerlos, en primer lugar, en la vida personal, con independencia de los colores del espectro político al que uno se adscriba. En la óptica de la película no hay ingenuidad, pero tampoco se cae en el cinismo fustigado, sino que hay realismo, una constatación de cierto status quo generalizado que habría que cambiar. Lo que incluye, por supuesto, a los medios de comunicación.

7/10

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