Marco Bellocchio
86 añosPremios: Festival de Cannes (1) Ver más
El político
Marco Bellocchio es considerado, junto a Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci, como uno de los máximos representantes del cine político de su país. Desde su formación marxista, su obra consiste en una disección constante de la familia, la Iglesia, el Estado y el Ejército, instituciones asfixiantes donde difícilmente puede respirar el individuo.
Marco Bellocchio nació en Piacenza en 1939 en el seno de una familia altoburguesa. Su padre era abogado y su madre profesora, una mujer religiosa y autoritaria, que se convertiría en símbolo de una moral asfixiante ya en su primer film destacado, el terrible, potente y desgarrado Las manos en los bolsillos (1965), basado claramente en su propio hogar. Todo el clan, seis hermanos, quedó marcado por la tragedia del gemelo de Marco, Camillo, quien se suicidó en 1968. Este evento, que Bellocchio tardó décadas en abordar públicamente, es el eje central de su documental autobiográfico Marx puede esperar (2021), cuyo título ya sugiere cierto arrepentimiento por su obsesión por la lucha política desde el marxismo, e incluso por su intensa dedicación profesional, que le hizo no prestar la atención debida a los que tenía cerca.
Es un film interesante para recabar datos biográficos del cineasta, pues Marco se reúne con sus hermanos, ancianos como él, y con el resto de su familia, en una comida en la que tienen tiempo para hablar de sus recuerdos. Y así asoma el relato de la muerte del padre por cáncer, de la piedad católica de la madre que quería que recibiera los sacramentos, y de la memoria contradictoria de unos y otros acerca de si accedió o rechazó el auxilio del sacerdote que venía a verle. Marco charla con unos y otros, mientras reconoce que sus primeros pasos en el cine le hacen perder el contacto estrecho con Camillo, que le pide ayuda para trabajar quizá en la industria fílmica, y al que la iniciación al marxismo propuesta por el otro no parece interesarle demasiado. El documental ayuda a clarificar en el cineasta cómo se va conformando su personalísima ecuación vital con las variables familia, clase social, trauma, ideas políticas y filosóficas, y religión.
Aunque había iniciado estudios de filosofía en la Universidad Católica de Milán, Bellocchio los abandonó para ingresar en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma. Más tarde, en Londres profundizó en la pintura y el análisis social en la Slade School of Fine Art. Militante activo del marxismo-leninismo en los años 60 y 70, formó parte de la Unión de Comunistas Italianos, y aunque sus ideas impregnan indudablemente los planteamientos de su cine, supo evitar que se convirtiera en pura máquina de propaganda, quizá porque también hacía autocrítica.
Su marxismo evolucionaría con los años, al observar que el colectivismo no respondía a los problemas reales de la persona concreta. De ahí su giro psicológico, influido por el psicoanalista Massimo Fagioli, que le llevó a mirar a los monstruos interiores que todos albergamos en mayor o menor medida, y que se manifiestan en la locura y la desesperación, conscientes o inconscientes, hasta convertirse en un escéptico racional y lúcido, desencantado de las utopías marxistas e interesado en conocer los mecanismos del poder. Aseguraba con pesimismo que en política “Italia es bastante mediocre y deprimente” y que “hoy política equivale a administración, sea buena o mala, y nadie habla ya en términos de cambiar las cosas”. En 2006 fue candidato al Parlamento de su país por el partido Rosa nel Pugno, pero no resultó elegido.
El catolicismo con el que creció está presente en En el nombre del padre (1971), que transcurre en un internado, La sonrisa de mi madre (2002), que describe el desconcierto de un ateo que ve cómo la Iglesia está desarrollando el proceso de beatificación de su devota madre, y en El rapto (2023), basado en el caso real de un niño de una familia judía residente en los estados vaticanos gobernados por Pío IX, que al ser bautizado en secreto por una criada que le cree en peligro de muerte, queda bajo la tutela del pontífice.
Las películas de Bellocchio son cualquier cosa menos acomodaticias. Son así duras y nada fáciles, como un puñetazo encima de la mesa, Noticias de una violación en primera página (1972) y Salto en el vacío (1980). Fue crítico con el autoritarismo en el ámbito militar en Marcha triunfal (1976). Abordó la figura de Mussolini y el fascismo en Vincere (2009). El caso Aldo Moro lo ha tratado con estilo sobrio y documental por partida doble en Buenos días, noche (2003) y dos décadas después en su primera miniserie televisiva, Exterior noche (2022), haciendo hincapié en el fanatismo terrorista y en la rigidez burocrática y deshumanización de las estructuras de poder. También, a partir de un caso que copó páginas en los periódicos, abordó con mirada favorable la eutanasia con una situación límite en Bella addormentata (2012).
Un tema tan italiano como el de la mafia lo abordó en El traidor (2019), mostrando la trayectoria de Tommaso Buscetta y su ruptura de la ley del silencio. Luego ha mirado a la camorra en su segunda incursión en el mundo de las series, Portobello (2025), de nuevo basado en un caso real, el del popular presentador televisivo Enzo Tortora, que se ve injustamente acusado de pertenencia a banda criminal.
Bellocchio estuvo casado con la actriz Gisella Burinato, con la que tuvo a su hijo, Pier Giorgio Bellocchio, actor. Actualmente está casado con la montadora Francesca Calvelli, colaboradora habitual de sus películas, con la que tiene una hija, Elena.
Aunque a lo largo de su dilatada carrera ha ganado muchos premios, se le resisten los más prestigiosos, lo que se ha tratado de paliar con un León de Oro a toda su trayectoria, que le entregaron en Venecia en 2011, y con la Palma de Oro de Honor, otorgada en 2021.
