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Australia
7 /10 decine21

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7 /10 decine21

Crítica

Yo tenía un rancho en Australia

Yo tenía un rancho en Australia

Una película “como las de antes”. De larguísima duración, con una trama “bigger than life”, “más grande que la vida”, en un marco histórico y paisajístico de proporciones épicas, y contenedora de la apasionada historia romántica de rigor. El australiano Baz Luhrmann aparca de momento las aproximaciones “modernillas” de su “Trilogía del telón rojo” (El amor está en el aire (1992), Romeo y Julieta, de William Shakespeare, Moulin Rouge) y aborda su film, un canto de amor a su país, con asumido clasicismo, y referentes de la talla de Lo que el viento se llevó, Memorias de África, Titanic y, en general, todo el cine de David Lean. Tales intenciones caen bien, se ganan la simpatía del espectador.

Sarah Ashley, una aristócrata inglesa, acude a Australia a reunirse con su marido, que está negociando la venta de una explotación ganadera. Dama de fuerte carácter, pero a la que la vida ofrece pocos alicientes, deberá afrontar su inesperada viudez, y la aventura de transportar sus 1.500 reses a Darwin, para venderlas al ejército, necesitado de aprovisionamientos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Le ayudará en la empresa Drover (el Arriero), tosco aunque magnífico profesional, con el que surgirá progresivamente la chispa del enamoramiento. El viaje ayuda a Sarah a descubrirse a sí misma gracias a la fuerza redentora del amor, dirigido no sólo a Drover sino al adolescente aborigen Nullah, y a los otros miembros de la expedición. No faltan sin embargo los obstáculos, sobre todo de parte de Fletcher, un antiguo capataz que trabaja a las órdenes de Carney, el rey del ganado. Esta primera parte del film funciona muy bien, como un western bien engrasado, con pinceladas melodramáticas y humorísticas: se perfilan los personajes -estupendos Nicole Kidman narrando torpemente un cuento, la antítesis de Isak Dinesen en Memorias de África, y Hugh Jackman dando puñetazos a diestro y siniestro-, hay escenas memorables como la de la estampida, se introduce la cuestión de los aborígenes, su espiritualidad y la llamada “generación robada”, el confinamiento de los mestizos en misiones religiosas por orden del estado. El remate de todo este tramo, el baile y la proyección en un cine de El mago de Oz -motivo recurrente para hablar de la añoranza del hogar y de los sueños que se hacen realidad- es perfecto.

Luego, como suele ocurrir en estas películas-río, se cambia el paso. Y Luhrmann lo hace con excesiva brusquedad. Se dibujan entonces las discrepancias que surgen en la pareja protagonista en torno a cómo debería ser educado el huérfano Nullah, peripecia que discurre con el telón de fondo del poco conocido bombardeo japonés a Darwin, comparable al sufrido por los americanos en Pearl Harbor. Aunque de nuevo la grandiosidad de lo que vemos en pantalla resulta apabullante, se pierde algo en lógica narrativa y de evolución de los personajes. Hay un enfatismo excesivo en los momentos culminantes, cuando hay vidas en riesgo o se producen los felices reencuentros, ello a pesar del inteligente uso de la partitura musical de David Hirschfelder. Aunque logra un film notable y de éxito seguro, pesa demasiado a Luhrmann la autoconciencia de que está manejando algo muy grande, que debe transmitir emociones auténticas, lo que le dificulta que éstas surjan sin ser forzadas.

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