Scott Frank
66 añosPremios: Oscar (2 nominaciones) Ver más
El hombre que hizo cool mover torres
Ha adaptado a pesos pesados como Elmore Leonard y Philip K. Dick, y su miniserie “Gambito de dama” hizo jaque mate al planeta entero. Scott Frank es uno de esos guionistas y directores que, sin hacer demasiado ruido, te clava una historia en la cabeza y no te la quitas en semanas. Su talento consiste en desmenuzar tramas complejas con bisturí de neurocirujano, para luego cocinarlas a fuego lento en pantalla con personajes tan reales que podrían estar en tu grupo de WhatsApp. Con un pie en el cine negro y otro en el drama psicológico, ha conseguido ganarse el respeto de crítica, público y plataformas con presupuesto.
Nacido el 10 de marzo de 1960 en Fort Walton Beach, Florida, en el seno de una familia judía, Allan Scott Frank —nombre completo de este profesional del audiovisual— pasó su infancia en Los Gatos, California, donde su padre trabajaba como piloto para Pan Am. Desde joven, mostró un interés por el cine, lo que lo llevó a matricularse en la Universidad de California en Santa Bárbara, donde se graduó en 1982 con una licenciatura en estudios fílmicos. “En la facultad aprendí entre otras cosas, a sobrevivir con café, cintas VHS y teorías sobre Hitchcock”, admite.
Durante su época universitaria parió la idea de El pequeño Tate, su primer guion notable, cuando se le ocurrió que en el mundo post crisis de Irán un niño de ocho años podía tener más sentido común que los adultos en Washington. Tras la carrera, entre cañas y propinas, trabajó como camarero mientras intentaba colocar el guion, hasta que Paramount le dio la oportunidad. Su primer guion filmado fue Ropa nueva (1987), una comedia de instituto que él mismo ha definido como “terrible, pero pagaba las facturas”. Finalmente, en 1991, fue nada menos que Jodie Foster quien decidió debutar como directora con El pequeño Tate, y la cosa empezó a ir en serio.
En los noventa, Scott Frank firmó una serie de guiones que lo pusieron en el mapa, como Morir todavía, Malicia y Cómo conquistar Hollywood, basada en un libro de Elmore Leonard, autor al que él mismo considera “un genio del diálogo”. De hecho, quedó tan satisfecho con esa experiencia que aceptó adaptar otro libro de Leonard en Un romance muy peligroso, dirigida por Steven Soderbergh y con George Clooney y Jennifer Lopez. Aunque la película no arrasó en taquilla, la crítica la mimó con cariño y a Frank le llovieron premios y una nominación al Oscar al mejor guión adaptado, que vino a ser su carta de presentación en la liga de los grandes.
No tardó en llamar a su puerta Steven Spielberg, quien le pidió que metiera mano al guion de Minority Report. Scott Frank aceptó el reto de adaptar a Philip K. Dick, aunque luego reconocería que fue como “resolver un sudoku cuántico con una resaca de proporciones bíblicas”. Aun así, salió airoso y aprovechó para dirigir una unidad de rodaje, tanteando un terreno —la dirección— que ya empezaba a hacerle ojitos.
Durante esa etapa, participó también en La intérprete y en Una pareja de tres, comedia perruna que no entraba en su hoja de ruta, pero que acabó conquistándole. “Me encariñé más con los perros que con los humanos del guión”, llegó a bromear. Además, ha escrito —sin firmar— reescrituras clave en películas como Salvar al soldado Ryan, La trampa, Amanecer de los muertos, Noche en el museo y Gravity. Sí, Scott Frank es ese tipo que ha estado en todas partes, aunque no siempre lo sepas.
En 2007 se estrenó como director con The Lookout, thriller que llevaba casi una década en su cajón y que Sam Mendes iba a dirigir antes de fugarse con Camino a la perdición. Mendes le animó a dirigirla él mismo, y el resultado fue notable: Frank ganó el Independent Spirit Award a mejor debut. Su siguiente film como director, Caminando entre las tumbas (2014), con Liam Neeson, tuvo menos fortuna crítica, pero reforzó su vena noir. En 2016 se lanzó al mundo editorial con la novela “Shaker”, un thriller criminal tan afilado como sus guiones, que editó Penguin Random House. También se subió al tren de los superhéroes, junto a James Mangold, con quien escribió Logan, despedida crepuscular del mutante con garras que le valió su segunda nominación al Oscar. Frank logró que hasta los fans más recelosos de los cómics se secaran una lagrimita. No era poca cosa.
En cuanto a su vida personal, Scott Frank está casado con Jennifer, artista conceptual. La pareja reside en Nueva York y tienen tres hijos. A pesar de su éxito en Hollywood, han optado por vivir en una ciudad menos centrada en la industria del entretenimiento, lo que les permite llevar una vida más tranquila y privada. “Disfruto del éxito que tengo en mi carrera, como cualquier otra persona. Pero también valoro ir a comprar el pan sin encontrarme un paparazzi, y la estabilidad y la privacidad que mi entorno familiar me ofrece, así que prefiero estar lejos del bullicio”, ha afirmado con esa mezcla tan suya de sinceridad y sarcasmo.
Tras varias experiencias con televisión, Frank desarrolló Godless, inicialmente pensada como película, que acabó transformando en una miniserie para Netflix tras una batalla silenciosa con HBO. El western feminista protagonizado por Michelle Dockery fue un éxito de crítica, le abrió las puertas de la plataforma y le dio alas para volver a insistir con un viejo proyecto: adaptar la novela Gambito de dama, de Walter Tevis, el mismo autor de El buscavidas.
Netflix le dio luz verde y Frank se puso manos a la obra. “Es un libro sobre el precio del genio”, explicó, “un tema que ya intenté explorar en El pequeño Tate, pero esta vez lo afiné más”. Con una hipnótica Anya Taylor-Joy en el papel de Beth Harmon, una prodigio del ajedrez que lucha contra el machismo, la adicción y sus propios demonios, la serie se convirtió en fenómeno global y convirtió a Frank en un inesperado campeón del streaming. Las búsquedas de “cómo jugar al ajedrez” se dispararon en Google y hasta las ventas de tableros se multiplicaron. Scott Frank, el hombre que hizo cool mover torres.
Tras el jaque mate de Gambito de dama, regresó a la televisión con Monsieur Spade, donde se atrevió con una jugada aún más arriesgada: resucitar a Sam Spade, el mítico detective de El halcón maltés, y plantarlo en plena campiña francesa de los años sesenta. Un giro noir campestre que solo alguien como Frank podía orquestar sin que el experimento explotara. Insiste además en el thriller policíaco con Dept. Q, versión británica de las novelas del danés Jussi Adler-Olsen en forma de miniserie.
