- Duración: 01h 30 min
- Género: Drama
- Público apropiado: Jóvenes
- Valoraciones: decine21 (6) | usuarios (5.6)
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- Título original: Condenados
- Año: 1953
- País: España
- Dirección: Manuel Mur Oti
- Intérpretes: Aurora Bautista, Carlos Lemos, José Suárez, Félix Fernández, Aníbal Vela, Eugenio Domingo, Antonio Díaz del Castillo, Ignacio de Paúl
- Argumento: José Suárez Carreño (obra de teatro)
- Guión: Manuel Mur Oti
- Fotografía: Manuel Berenguer
- Distribuye en formato doméstico: FlixOlé
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Reparto
Sinopsis oficial
Un hombre colabora con una mujer para sacar adelante sus tierras. Pero ella está sola porque su marido mató a otro hombre que se atrevió a mirarla, y cumple condena en prisión. Ahora, el marido está a punto de regresar.
Crítica Condenados (1953)
Cosas que pasan cuando estás en la cárcel
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no nos acordamos, en el campo español, y con molinos de viento en el paisaje, Aurelia se afana en sacar su granja adelante, mientras su marido José cumple condena en prisión por matar a un hombre que miró demasiado a la esposa. El recién llegado Juan se ofrece a trabajar las tierras, y resulta ser muy competente, logrando lo imposible, incluso contratar hombres que no querían labrar por respeto a su convecino asesinado. Aunque Juan se siente atraído por Aurelia, ambos guardan las necesarias distancias, pero no será suficiente cuando regrese José, que acaba de ser indultado.
Adaptación de una premiada obra de teatro de José Suárez Carreño, a cargo de Manuel Mur Oti, con espléndida fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer y la audacia de que la banda sonora son pasajes escogidos de Beethoven. Desarrolla muy bien el tema de los celos en el triángulo amoroso que vertebra la trama, y también los modos imperantes en el mundo rural, con las diferencias entre señores de las tierras, y labriegos y criados, los códigos morales no escritos de comportamiento ante la muerte de un vecino, y la relación entre señora y empleado, estupendos Aurora Bautista y José Suárez. También lo hace bien el tercero en discordia, el marido que compone Carlos Lemos, aunque los primeros compases del regreso resultan algo artificiosos.
El film contiene momentos muy brillantes, ya sea del puro mostrar las tareas del campo, o la escena del duelo de arados, manejados por Juan y José. Incluso logra sorprender el desenlace, que encaja con el tono fatalista de la historia.
Últimos comentarios de los lectores
Montse - Hace 3 años
Creo que ella manipula a Juan cuando le dice que no encuentra a faltar a su marido.Tambien
Creo que se siente atraida por el. Se agarra a el para sobrevivir y lo manipula dejando que el crea que es el amo
Toribio Tarifa - Hace 10 años
El vestido puede cubrir, guarnecer, abrigar, disfrazar, proteger o adecuar a alguien y conviene elegirlo con tiento de acuerdo con el propósito, el destino o la actividad que pretendamos llevar a cabo. No es aconsejable ir a la montaña con un vestido de fiesta, como el soldado debe acudir al campo de batalla vestido para la ocasión. Hasta a los niños se les viste de manera especial cuando deben participar en algún acontecimiento social o religioso, como puedan ser el bautismo o la primera comunión. Pero, ¿cómo debería vestirse uno cuando solo se trata de escribir una aproximación a una película tan especial como “Condenados”, dirigida en 1953 por Manuel Mur Oti y que cuenta en sus principales papeles con Aurora Bautista, el pasmarote-mueble de José Suárez y Carlos Lemos. Tras larga reflexión, se me ocurre que lo más apropiado sería recurrir a la coraza y el yelmo, si no al turbante y el alfanje, para adecuarse a algo tan severo, tan riguroso, tan implacable, tan estricto, tan rígido, tan intolerante, tan calderoniano, en suma…
Estamos en La Mancha, una Mancha que se nos muestra como un tremendo secarral, un auténtico paisaje lunar, con una tierra gris y polvorienta que da la impresión, a los legos, de una esterilidad absoluta. Aurora Bautista, una antecedente, quizá menos ampulosa, de Nuria Espert, interpreta a Aurelia, una campesina que vive sola en su casa de labranza. A su entorno las tierras se agostan irremediablemente por más esfuerzos que ella hace, pues no dejamos de verla agarrada al azadón y tratando de remover esa tierra seca.
A esta situación de soledad se ha llegado porque el amo, su marido, está en la cárcel con una larga condena por haber matado a un hombre que la había mirado, a su juicio, con ojos de deseo. El pueblo, curiosamente, se ha puesto de parte del muerto y, sin distinción alguna, vuelve la espalda al asesino y a su mujer. Uno se pregunta por qué a ella también, y no halla otra respuesta que la necesidad dramática: si el pueblo no le hubiera hecho el vacío, no habría sido necesaria la ayuda y el trabajo de Juan.
La llegada de éste, un forastero que busca trabajo, ignora la actitud del pueblo respecto a la propietaria de la alquería y que, además, es inteligente, vigoroso y muy trabajador cambia radicalmente el escenario y el destino del cortijo: las cosechas se multiplican, los animales se reproducen en abundancia no vista hasta entonces y el molino vuelve a recibir grano para devolver harina. En fin, como en la Biblia sucede con la llegada de Jacob a casa de Labán, puro milagro.
Es evidente desde el primer momento que Juan no va a ser inmune al atractivo de su patrona, pese a que ella por su parte no da ningún paso por el camino de la seducción y se muestra tan solo amable y agradecida.
Resulta extraordinariamente interesante, sobre todo si lo comparamos con los procedimientos narrativos que el cine impondrá años después y hasta el presente, la secuencia que Mur Oti construye para transmitir al espectador el deseo de Juan por Aurelia. Y lo consigue con una imagen sencilla, sencillísima y que a buen seguro los censores (estamos, no lo olvidemos, en 1953, con un franquismo todavía joven, poderoso e implacable) dejaron pasar, sin caer posiblemente en la cuenta del tremendo poder de esa imagen.
En esa escena Aurelia, plantada en un rellano de la escalera de su casa, habla con Juan, quien se encuentra unos cuantos peldaños más abajo. Juan la ve en un contrapicado. Ella viste una amplia falda que la cubre hasta los tobillos y deja ver las enaguas debajo y los pies. La cámara, convertida en la mirada de Juan, se alza hasta los zapatos de Aurelia y de paso pone en evidencia que sus pies están separados, no exageradamente separados, pero sí separados. Lo suficiente. La imaginación se desata ardorosa, y los tobillos de Aurelia sugieren de forma clara las piernas y los muslos de la mujer. Es el latigazo del deseo en la cara de Juan. No hace falta más. Con una economía de medios, en todos los sentidos, sobresaliente, el director tumba la tijera de la censura, pero también pone en evidencia la reiteración grosera y facilona a que se llega en gran parte del cine que se rueda desde hace bastantes años. Esos gemidos, suspiros, gruñidos, chillidos y gritos a que se nos somete quieras que no cuando una pareja recibe el soplo del aliento de Eros son absolutamente ridículos, molestos, irreales y aburridos.
La situación se enriquece con la llegada de José, el marido, interpretado por Carlos Lemos, a quien, sin saber muy bien la razón, la justicia le ha aplicado una importante reducción de pena y lo ha puesto en libertad. Como es muy natural en un personaje tan suspicaz y sensible, le basta una mirada en amplitud para darse cuenta de la situación: la visión del mundo sustentada por el islam más fundamentalista se queda corta si la comparamos con la representada por este marido salido de la cárcel cuya experiencia en ella, como suele ser habitual, de poco ha servido para enmendarle. La tragedia está, pues, servida.
La realización de Mur Oti es impecable y el guión, que sigue las líneas marcadas por una pieza teatral de José Suárez Carreño, galardonada con el premio Lope de Vega de teatro de 1951, también. Es una película que no debieran perderse los colectivos feministas más furibundos y arrebatados. Tendrán motivos más que sobrados para airarse…
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