Manuel Mur Oti
94 años ()Premios: Goya (1) Ver más
El genio
Es un cineasta con un una filmografía muy coherente, y un gran conocedor de la naturaleza humana, lo que se plasma especialmente en un puñado de películas de enorme potencia argumental y visual. Los premios le fueron esquivos, pero logró ya retirado reconocimientos como el Goya de Honor a toda su carrera y la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes en 1993, más vale tarde que nunca.
Manuel Mur Oti nació en Vigo en 1908, aunque el trabajo de funcionario de prisiones de su padre le llevaría primera a Cantabria, y luego a Cuba, en plena adolescencia, lo que propició sus primeros pinitos artísticos, en poesía y teatro, con su poemario “Espirales” y sus obras para el escenario “La alegría del sitio”, “La malcasada” y “El mayoral”. En aquella época viajó también a Haití y Estados Unidos. Su experiencia vital quedó enriquecida al verse inmerso de lleno en la guerra civil española, sirviendo a las órdenes de El Campesino en el ejército republicano, donde conoció a Antonio del Amo. Esta amistad propiciaría su entrada en el mundo cinematográfico, en el grupo llamado de “los renovadores”, pues acabada la contienda escribiría varios libretos cinematográficos para Del Amo, como los de los filmes Cuatro mujeres (1947), el biopic sobre Gustavo Adolfo Bécquer El huésped de las tinieblas (1948), o la historia de bombardeos contada en tiempo real Noventa minutos (1950). Se empeñó además en escribir un guión sobre la esclavitud, que al no encontrar camino cinematográfico en la España de Franco, acabó convertida en novela, “Destino negro”, que sería finalista del Premio Nadal. Sobre su amor al cine se expresó muy apasionadamente en una entrevista con José Luis Castro de Paz y Jaime J. Pena en la revista Vértigo: “Al cine no se va por afición. Yo nunca tuve, antes de ser profesional del cine, afición al cine. Yo descubrí el cine y lo amé exactamente igual que se ama a una mujer. Yo no sirvo al cine, le amo. Yo no busco el dinero que he ganado y puedo ganar en el cine y gano. Yo hago cine porque amo al cine como a una mujer, porque me doy a ese cine como a una pasión.”
Sólo hizo 17 películas como director, pero el balance no puede ser más brillante. Debutó tras la cámara en 1949 con Un hombre va por el camino, protagonizada por Ana Mariscal, quien más tarde le daría un rol actoral en su film Segundo López, aventurero urbano (1952), su única interpretación ante la cámara. Tras la película interrumpida sobre el mundo de las minas Wolfram, enseguida, en 1951, llegó una de sus obras maestras, el melodrama de corte neorrealista Cielo negro, sobre las tribulaciones de una joven dependiente que toma prestado un vestido, contiene un clímax memorable en San Francisco el Grande y el viaducto de Segovia en Madrid, una auténtica y emocionante declaración de fe cristiana. Para a continuación irse al campo, a un lugar de La Mancha, en la tragedia rural de celos Condenados (1953). Llamaba la atención la potencia visual de sus filmes, y su capacidad de crear personajes y conflictos complejos y al mismo tiempo creíbles. Sin embargo, siempre le faltaría reconocimiento a Mur Oti, hasta el punto de que el estudio que le dedicó Miguel Marías, con retrospectiva de su filmografía en Portugal incluida, se tituló muy expresivamente “La maldición de Mur Oti”. Él sin embargo, disfrutó con cada película, pues “este oficio nuestro” “se parece al oficio de Dios, puesto que nosotros inventamos, creamos igual que él, creamos el mundo de nuestra película desde la primera hoja del guión”. Y al fin, en 1993, llegaría la bendición de un Goya de honor a toda su carrera y la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes.
Son valiosas Orgullo (1955) y Fedra (1956), inspirada en el mito, además de la muy adelantada a la época y feminista El batallón de las sombras (1957), cinta coral sobre los habitantes de un inmueble madrileño, donde las mujeres, unidad en auténtica sororidad, sostienen a sus familias y a los vecinos. En la dirección algunos filmes posteriores no revistieron el interés de antaño, como Loca juventud (1965), al servicio del niño cantarín Joselito, mientras que el exotismo de los puertorriqueños combatientes en Corea de El escuadrón del pánico (1968) se quedaba casi en eso. La cinta que cierra su carrera como director es la bastante desconocida Morir... dormir... tal vez soñar, de 1976.
Mur Oti demostró ser un hábil guionista, y para Juan de Orduña hizo el libreto de su Teresa de Jesús, o las adaptaciones de novelas de Vicente Blasco Ibáñez en forma de serie Cañas y barroy La barraca, emitidas en TVE en 1978 y 1979 con gran éxito de audiencia.
