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La carta esférica
3 /10 decine21

La carta esférica

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3 /10 decine21

Crítica

Buscando tesoros en Cartagena

Las novelas de Arturo Pérez-Reverte son todo un filón para el cine español, desde la más que entretenida El maestro de esgrima hasta el super "hit" Alatriste, pasando por Territorio comanche o la "polanskiana" La novena puerta, todas han encontrado una respuesta de público más o menos aceptable. Y estaba claro que "La carta esférica", novela publicada en 2000, estaba igualmente llamada a convertirse tarde o temprano en película.

La trama se centra en la búsqueda de un barco hundido en las cercanías de la costa de Cartagena. En la empresa se ve involucrado un ex marinero llamado Ismael Coy (claro homenaje al protagonista de “Moby Dick”), quien por casualidad conoce a una mujer llamada Tánger Soto en una subasta de objetos marítimos. Totalmente subyugado por la belleza de Tánger, Coy decide implicarse en el proyecto de encontrar el “Dei Gloria”, un barco jesuita que naufragó siglos atrás. Tánger tiene la herramienta necesaria –el Atlas Marítimo de Urrutia recién conseguido– y también ha encontrado al hombre que sabe interpretar las coordenadas del valioso documento. Sin embargo, otros competidores peligrosos, como el italiano Nino Palermo o el argentino Horacio Kiskoros, intentarán impedir que Tánger y Coy encuentren el navío.

Es probable que sobre el papel y gracias a la pluma de Pérez-Reverte la voluminosa novela funcione medianamente, pero en pantalla no pasa de ser un folletín frío y sin alma, y demasiado inverosímil por lo simple y lo soso de la trama. Sin duda, Uribe –también guionista– ha simplificado hasta los huesos el argumento original, porque la investigación propiamente dicha –lo que se supone ha de ser el cuerpo de la historia, centro del misterio y del peligro– queda aquí reducida prácticamente a una "gymkhana" de niños de campamento. Es una pena, porque películas como La búsqueda han demostrado que la aventura de encontrar tesoros pretéritos en la época actual puede funcionar a las mil maravillas, aunque, eso sí, para ello hacen falta un decidido esfuerzo de producción y una puesta en escena mucho más rica y atractiva. Por lo demás, el aire legendario y épico que se le quiere dar al film, con referencias confesas a célebres nombres del mar, como Conrad, Stevenson o Melville, o con ese arranque a lo Master and Commander. Al otro lado del mundo, con la brillante partitura de Bingen Mendizábal, acaba por diluirse completamente en la vulgaridad y el aburrimiento. Al final, en La carta esférica lo que se cuenta es menos romántico que una merluza.

Resulta igualmente fallido en su concepción el personaje de Palermo –un claro trasunto del Malatesta de Alatriste–, pues tras una presentación más que digna, su presencia termina por convertirse en mera anécdota. Al final sólo nos queda una bellísima mujer, que con sus cantos de sirena –y una fisonomía al más puro estilo idem– esclaviza al marinero de turno cuándo y cómo se le antoja. Se salvan las composiciones de la pareja protagonista, sobre todo el trabajo de un esforzado Carmelo Gómez.

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