- Duración: 01h 33 min
- Género: Drama
- Público apropiado: Jóvenes-adultos
- Valoraciones: decine21 (6) | usuarios (6)
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- Título original: Woman in a Dressing Gown
- Año: 1957
- País: EE.UU.
- Dirección: J. Lee Thompson
- Intérpretes: Yvonne Mitchell, Anthony Quayle, Andrew Ray, Sylvia Syms, Carole Lesley, Michael Ripper, Nora Gordon, Melvyn Hayes
- Guión: Ted Willis
- Música: Louis Levy
- Fotografía: Gilbert Taylor
- Distribuye en formato doméstico: Netflix
Premios
Festival de Berlín
1957
Ganadora de 1 premio
- Oso de Plata a la Mejor Actriz Yvonne Mitchell
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Reparto
Sinopsis oficial
Tras 20 años de matrimonio, una ama de casa cariñosa pero agotada descubre que su marido tiene una aventura con una más atractiva y más joven.
Crítica Woman in a Dressing Gown (1957)
Con la rutina hemos topado
Potente película del británico J. Lee Thompson, antes de que saltara a la fama con el cine bélico y de aventuras en títulos como Los cañones de Navarone y La rebelión de los simios. Puede sorprende el tono doméstico y agrio del drama escrito por Ted Willis, que muestra el deterioro de la vida matrimonial y familiar, en el que un cúmulo de descuidos en detalles pequeños ha hecho que la relación de la pareja o de los padres con un hijo adulto que trabaja y tiene novia, se reduzca a rutinas y formalismos insatisfactorios.
Amy es una ama de casa voluntariosa pero caótica, que todo el día lo pasa en el hogar en bata y desarreglada, además de que el desorden reina en cada habitación. El marido Jim, que trabaja de contable en un aserradero, ha encontrado consuelo en una joven secretaria, Georgie, que le comprende y se ha enamorado, y que le anima a pedir el divorcio y empezar una nueva vida. Pero cortar unos lazos de más de veinte años se le hace cuesta arriba a Jim, que entiende que dentro del abandono en que ha caído, Amy se esfuerza por ser cariñosa y cuidarle.
Estamos ante un film valiente a la hora de describir cómo la felicidad se construye minuto a minuto, nunca puede darse por supuesta. Y refleja cómo se pueden constituir hábitos y formas de hacer destructoras, ya sea porque en la casa todo están en desorden, porque una no se arregla, o porque “los hombres de la casa” ven a la esposa y madre como una especie de sirvienta que solo debe ocuparse de hacerles la comida y tenerles lista la ropa.
Hay momentos desgarradores, como aquel en que Amy, excelente Yvonne Mitchell, trata de enmendar las cosas, incluso acudiendo a un salón de belleza para arreglarse, y el modo en que los elementos, un aguacero, se ponen en su contra. También lo hace bien Anthony Quayle como el marido gris y poco determinado a la hora afrontar desafíos. El final es muy adecuado, porque deja un sabor agridulce, viniendo a apuntar que la solución a los problemas no consiste nunca en cerrar los ojos ante ellos. De modo que queda la sombra de una duda, de si eso es el final, o si volverá a haber nuevas crisis.
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