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El asesino de los caprichos
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El asesino de los caprichos

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Sinopsis oficial

El asesino de los caprichos

Varios crímenes en un barrio de clase alta tienen algo en común: sus víctimas coleccionan grabados de Goya. Las inspectoras Carmen Cobos y Eva González iniciarán la investigación en un entorno elitista en el que el tráfico de obras de arte es habitual. Tendrán que descubrir a un asesino que reproduce con sus víctimas las escenas de los Caprichos de Goya.

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Crítica

El sueño de la razón produce monstros

El sueño de la razón produce monstros

David Fincher logró una estupenda y perturbadora película sobre asesinos en serie, imaginando uno que ejecutaba sus crímenes con una puesta en escena inspirada en los siete pecados capitales. Seven era magnífica y creó escuela, en series y películas, pero no basta repetir esquema –un motivo ornamental que une una cadena de salvajes asesinatos–, algo que deja bastante claro El asesino de los caprichos. Y si bien Gerardo Herrero no es un novato en este terreno –ya dirigió antes Silencio en la nieve y La playa de los ahogados–, en la cinta que nos ocupa no logra sacar partido a la idea de una serie de crímenes en el madrileño barrio Salamanca, que afecta a gente bien de la zona, y donde el modus operandi del asesino se inspira en grabados de los caprichos de Goya, que las víctimas coleccionaban.

De entrada, resulta sugerente un film de caza del asesino con estos elementos goyescos, y en que visitamos distintas escenas del crimen, aunque a estas alturas ya estemos saturados de cintas que nos muestran a la policía científica recabando pistas con guantes y pinzas. En cualquier caso, no se acierta en el dibujo algo grotesco de una inspectora de policía con perpetua cara de mala leche –toca a Maribel Verdú apechugar con tan antipático personaje–, más aceptable es de la compañera más ingenua con la que le toca trabajar, a la que da vida Aura Garrido. Es una lástima, porque se podía haber explorado algo más la idea de la maternidad, lograda o frustrada, y que apenas queda apuntada. También resulta un tanto caricaturesco el dibujo de la alta burguesía madrileña, incluso con la insistencia en mostrar banderas de la llamada España de los balcones, no está claro con que propósito: por supuesto que hay mucha gente adinerada que resulta patética, pero varios personajes familiares de las víctimas caen sin disimulo en el cliché, por no hablar de la presidenta de la comunidad ávida de atención mediática, y a la que resulta inevitable asociar al partido popular, aunque no se cite explícitamente.

Además, algún giro de guión quizá pretende ser sorpresivo, pero lo cierto es lo que tenemos en el desenlace se ofrece con extrema brusquedad y sin garra. Es una lástima, porque Herrero, además de un productor con olfato, ha sabido entregar en el pasado un buen puñado de películas en que demuestra que le viene bien la descripción de “estupendo artesano”; pero claro, necesita buen material, con una buena estructura de guión. Y la que le ofrece Ángela Armero, curtida en series –Velvet, Cita a ciegas– resulta a todas luces insuficiente.

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