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Cleopatra
6 /10 decine21

Cleopatra

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Ganadora de 1 premio
Oscar
1935
Ganadora de 1 premio
6 /10 decine21

Crítica

Una reina mítica

Una reina mítica

No es tan conocida como la monumental versión de Joseph L. Mankiewicz, que puso en números rojos, muy rojos, a la Fox. Pero la aproximación de Cecil B. DeMille a la legendaria reina de Egipto no desmerece del film citado en despliegue de medios, y hasta cabe decir que tiene una estructura dramática más convincente. El triángulo amoroso entre Cleopatra, Julio César y Marco Antonio da pie a escenas tan inolvidables como la de la reina envuelta en una alfombra en forma de regalo, o la de la seducción en la lujosa barcaza que navega por el Nilo. También funciona muy bien todo lo que rodea a un posible envenenamiento, o el pasaje lleno de dignidad, en que el veterano general advierte con nobleza a Marco Antonio acerca de cómo se está labrando su ruina. Como no podía ser menos en una película de DeMille, hay escenas espectaculares de batalla, con muchos figurantes, en el enfrentamiento de Roma y Egipto, aunque concentradas y presentadas casi como si formaran parte de un noticiario de la época.

La película es una verdadera 'perita en dulce' para su protagonista, Claudette Colbert, que sabe conjugar la majestuosidad de Cleopatra con unos adecuados matices pícaros. La actriz ya había trabajado con DeMille en El signo de la cruz. El director se encuentra en su salsa con el despliegue fastuoso del misterioso Egipto, con un muy característico toque 'kitsch', donde abundan las hermosas danzarinas, y el vestuario sexy, con una radiante Colbert, auténtica reina de la función. Por supuesto, el film contiene los sucesivos amores de Cleopatra, primero por Julio César, quien pretende utilizarla para sus propios intereses, pero que acaba sucumbiendo a los idus de marzo; y luego por Marco Antonio, donde cambian algo las tornas, pues ella es claramente la seductora y él quien sucumbe a sus encantos, comportándose como un chiquillo. Curiosamente, Colbert tenía fobia a todo tipo de bichos, de modo que para preparar a la actriz para la escena final con una serpiente, se le ocurrió un truco: apareció con un enorme ofidio al cuello en el plató, lo que despertó las protestas de la actriz; cuando le dijo que lo haría con una más pequeña, y sacó una serpiente de tamaño muy inferior, se solventó el problema.

El casting de Marco Antonio fue completamente casual. Cuenta DeMille que andaba buscando actor, sin saber a qué carta quedarse. En éstas, viendo metraje de unas pruebas de caballos, vio que otros cineastas estaban visionando su material. Y escuchó una voz masculina, que sonaba a inglesa, que le gustó. “Olvide los caballos”, le dijo al proyeccionista, “sólo quiero que vuelva a pasar ese fragmento”. Preguntó el nombre del actor, y le dijeron, “Harry Wilcoxon, aunque le hacen llamar Henry”. Su réplica fue: “Harry o Henry, será Marco Antonio”.

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