Vincente Minnelli
83 años ()Premios: Oscar (1 premio y 1 nominación) Ver más
Maestro del Technicolor
Dejó una marca indeleble en el cine gracias a su virtuosismo con el color y la cuidadosa composición escénica, transformando cada plano en un auténtico lienzo lleno de vida. No sólo redefinió el musical, sino que también demostró su versatilidad en el drama y la comedia. El legado de Vincente Minnelli sigue inspirando a generaciones de cineastas, que admiran su exquisita sensibilidad estética, su ambición narrativa y su capacidad para entrelazar música, danza y emoción en la gran pantalla, como ejemplifica magistralmente “Cita en San Luis”.
Nacido en Chicago (Illinois) el 28 de febrero de 1903, Lester Anthony Minnelli —nombre auténtico de Vincente Minnelli— fue el menor de los cuatro hijos de Mina Mary Lalouette Le Beau, canadiense francófona, y Vincent Charles Minnelli, hijo de un inmigrante siciliano. Desde niño estuvo inmerso en un ambiente teatral: su padre dirigía el Minnelli Brothers' Tent Theater, compañía ambulante que recorría el Medio Oeste de Estados Unidos. Así, su infancia transcurrió entre escenarios y telones, entre Delaware y Chicago, forjando un carácter profundamente ligado al espectáculo.
A los tres años, Vincente Minnelli debutó en el escenario, junto a su madre, que interpretaba dos papeles. Durante la representación, el chico se salió del texto al hablar cuando se suponía que su personaje había muerto. Tras graduarse de la preparatoria, se convirtió en escaparatista, y después trabajó como fotógrafo, y posteriormente como encargado del vestuario y escenógrafo en un teatro. Tras ocuparse de los decorados de la ópera “The Dubarry”, subió un peldaño más en la tramoya— hasta coronarse como director de musicales en Broadway, donde su pasión por el espectáculo encontró, por fin, su propio camerino de honor.
Tras graduarse, Vincente Minnelli trabajó brevemente en una sastrería en los grandes almacenes Marshall Fields, pero pronto abandonó ese empleo para seguir su verdadera vocación en el mundo del espectáculo. En Nueva York, encadenó una serie de trabajos en el entorno teatral como ayudante de fotografía, asistente de producción y, más tarde, director de escenografía en el Radio City Music Hall. En 1935, dirigió varios musicales en Broadway, lo que propició que Paramount le ofreciera un contrato para el cine. Comenzó colaborando como asistente de dirección en Armonías de juventud y Chicos de Broadway, protagonizadas por Mickey Rooney y Judy Garland, quien más tarde sería su esposa.
Tras rodar algunas escenas de Panama Hattie, su debut como director en solitario llegó con Una cabaña en el cielo (1943), modesta producción que pasó sin pena ni gloria, pero sentó las bases de su estilo visual, marcado por el color y la elegancia escénica. “Tenía claro que el musical no debía limitarse a reproducir un escenario teatral, sino expandirse, jugar con el color, la luz y el movimiento de cámara”, diría más tarde. “En cualquier caso, trabajo para complacerme a mí mismo. Todavía no estoy seguro de si el cine es una forma de arte”.
El reconocimiento llegó en 1944 con Cita en St. Louis, cálido retrato familiar en Technicolor que lanzó su carrera, haciendo estallar de risa y emoción a público y críticos por igual. Ambientada en 1903, la cinta narra, cómo la familia Smith vive las cuatro estaciones –y algún que otro lío amoroso– mientras espera la Feria Mundial de San Luis. Con Judy Garland como matriarca cantarina, el film fue un pelotazo en taquilla y cosechó varias nominaciones al Oscar, mientras que la canción “The Trolley Song” se convirtió en referente del género. “Sentí que por fin podía contar una historia con todo lo que había aprendido sobre el color y la composición”, confesó él mismo. Fue en este rodaje donde se encendió la mecha de su romance con Judy Garland –un año después pasarían por el altar y meses más tarde darían la bienvenida a Liza Minnelli–.
Tras el éxito de Cita en San Luis, Vincente Minnelli se convirtió en uno de los directores más codiciados de la Metro-Goldwyn-Mayer. Pero lejos de encasillarse en el musical, Minnelli quiso demostrar que también podía contar historias sin que los personajes rompieran a cantar cada cinco minutos. Así nació El reloj (1945), un drama romántico protagonizado por Judy Garland y Robert Walker que narraba el fugaz y emotivo romance entre una joven neoyorquina y un soldado de permiso. Una película delicada, sencilla y sin una sola coreografía. “Quería hacer una película sin lentejuelas. Por variar”, comentaría con sorna años después.
Pero no todo fueron rosas ni canciones afinadas. Yolanda y el ladrón (1945), una comedia musical ambientada en un país latinoamericano imaginario, con toques surrealistas que habrían dejado confuso hasta a Dalí, resultó un fracaso estrepitoso. Ni Gene Kelly ni los coloridos decorados salvaron el experimento.
Minnelli, sin embargo, no se rindió y redobló la apuesta con El pirata (1948), donde Judy Garland caía rendida ante un histriónico Gene Kelly que se hacía pasar por un temido corsario. ¿El resultado? Un film atípico que descolocó tanto al público como a la crítica. La mezcla de tono operístico, decorados barrocos y humor exagerado no terminó de convencer. “Quizá me dejé llevar demasiado por mi visión artística”, admitiría Minnelli con cierta ironía. Una forma elegante de decir que se le fue la mano con el technicolor y las cortinas.
Vincente Minnelli decidió tomarse un respiro de canciones y lentejuelas. Cambió las partituras por la prosa de Flaubert y dirigió Madame Bovary (1949), una adaptación elegante y visualmente ambiciosa que demostró que, más allá del musical, Minnelli tenía una madurez narrativa de peso. Las escenas del baile en la ópera siguen siendo una clase magistral de puesta en escena y ritmo... incluso sin que nadie cante.
Pero si había algo que Minnelli sabía manejar tan bien como el color era el caos doméstico. Así lo demostró con El padre de la novia (1950), una deliciosa comedia sobre un padre agobiado por la boda de su hija, con un genial Spencer Tracy desbordado por los preparativos y una radiante Elizabeth Taylor haciendo de hija ideal. El público se rió, se enterneció y pidió más, así que Minnelli no se hizo de rogar: un año después estrenó El padre es abuelo, donde el patriarca volvía a sufrir, esta vez por la llegada del primer nieto. Si algo funcionaba, ¿para qué tocarlo?
Ese mismo año, sin embargo, Vincente Minnelli volvió a lo grande al musical con Un americano en París (1951). Gene Kelly bailaba por las calles empedradas de un París de estudio, acompañado por Leslie Caron y por la música embriagadora de George Gershwin. Pero la gran revolución vino en su tramo final: un ballet de 16 minutos sin diálogos, sin cortes narrativos convencionales, que convertía la pantalla en un lienzo en movimiento. “Era mi homenaje a los pintores impresionistas y a la fantasía”, explicó Minnelli. “En realidad, los bailes eran una colaboración entre Gene Kelly y yo. Yo parecía ser el factor principal en eso. Pero a veces lo era él. Hice muchas películas con él y siempre nos llevamos muy bien porque ambos sabíamos que había 20 formas de hacer una escena”.
El experimento fue un triunfo absoluto. Un americano en París ganó el Oscar a la mejor película en 1952, confirmando que Minnelli no solo era un esteta brillante, sino un cineasta capaz de conjugar arte, música y emoción como nadie más en el Hollywood dorado.
Ese mismo año dirigió Cautivos del mal, drama ambientado en los entresijos de Hollywood, protagonizado por Kirk Douglas. Supuso una ruptura con su estética habitual: filmada en blanco y negro, mostraba el lado oscuro de la industria cinematográfica. “Contaba el punto de vista de tres personas”, recordaba. Cuando quise hacer esta película, Dore Schary [jefe de producción en MGM, 1948-1956] dijo: “¿Para qué quieres hacer eso?”. Incluso mi agente dijo: “Es la historia de un canalla”. Ah, yo no lo veía así. Tiene que tener mucho encanto. Está loco por el cine; mataría a su madre para hacer una buena película. Bueno, Kirk Douglas tiene fuerza, ya sabes. No tiene que mostrarlo, está ahí. Así que lo interpretó con muchísimo encanto. Cuando terminaba una escena, me decía: '¡Fui muy encantador en esa escena!'. Mantenía su encanto incluso cuando pisaba el cuello de la gente. Pero siempre era correcto”-
En 1953 estrenó Melodías de Broadway 1955, con Fred Astaire y Cyd Charisse, uno de sus musicales más celebrados. “Trabajar con Astaire fue como bailar con la cámara: precisión y arte en estado puro”, confesó Minnelli. Durante los años siguientes, siguió alternando estilos: Brigadoon (1954), Un extraño en el paraíso (1955) y Té y simpatía (1956) consolidaron su reputación como un director de recursos inagotables.
En 1956, firmó uno de los títulos más importantes y personales de su filmografía, El loco del pelo rojo, apasionada biografía de Vincent Van Gogh interpretada por un turbador Kirk Douglas. Lejos del musical y del glamour de Hollywood, Vincente Minnelli se adentró en los abismos emocionales del pintor holandés con una puesta en escena que imitaba la intensidad cromática de sus lienzos. “Quise traducir la pintura de Van Gogh al lenguaje del cine”, explicó. “No podía hacerlo en Technicolor; necesitaba otra textura”. El resultado fue una película de poderosa carga visual y emocional, en la que Anthony Quinn, en un papel breve pero memorable como Paul Gauguin, se llevó el Oscar al mejor actor secundario, pese a que sólo aparece nueve minutos en pantalla.
Dos años más tarde, en 1958, Vincente Minnelli alcanzó la cima de su carrera con Gigi, cuento musical ambientado en un París de ensueño donde el amor florece entre canciones y paseos por los jardines de la alta sociedad. Leslie Caron, Maurice Chevalier y Louis Jourdan pusieron rostro a esta fantasía ligera, estilizada y encantadora que arrasó en los premios de la Academia con nueve estatuillas, entre ellas mejor película y, por fin, mejor director para Vincente Minnelli. “Fue el punto culminante de mi carrera. Todo lo que había aprendido encontró su reconocimiento”, declaró. Un reconocimiento tardío, pero merecido, a un director que sabía hacer del cine una forma de arte con mayúsculas, sin renunciar jamás al placer visual.
Tras el fin de su turbulenta relación con Judy Garland, Vincente Minnelli rehízo su vida sentimental, uniéndose en 1954 a Georgette Magnani, con quien tuvo una hija, Christiane Nina Minnelli. Aquella relación también acabó, y en 1962 se emparejó con Denise “Denni” Mannix, hija del influyente ejecutivo de la MGM Eddie Mannix. Este tercer matrimonio, sin descendencia, terminó en divorcio en 1971. Finalmente, en 1980, Minnelli se casó con Lee Anderson, su cuarta y última esposa, con quien compartió sus últimos años hasta su muerte.
Tras el arrollador éxito de Gigi, Vincente Minnelli continuó explorando el drama con títulos como Como un torrente (1959), historia de redención ambientada en la América profunda, y Con él llegó el escándalo (1960), intenso melodrama familiar que fue bien recibido por crítica y público. Sin embargo, el panorama cinematográfico estaba cambiando. El musical clásico, su territorio natural, comenzaba a perder terreno frente a propuestas más realistas y contemporáneas. La caída fue evidente con Suena el teléfono (1960), musical protagonizado por Judy Holliday y Dean Martin, que naufragó en taquilla.
A partir de ahí, Vincente Minnelli entró en una etapa de menor resonancia artística. Títulos como Dos semanas en otra ciudad (1962), retrato del declive de Hollywood con ecos autobiográficos, o Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1962), una ambiciosa pero irregular adaptación de la novela del español Vicente Blasco Ibáñez, no lograron conectar con el público de la nueva década. Durante los años sesenta, alternó comedias ligeras y dramas menores, más por encargo que por convicción artística. En 1970 rodó Vuelve a mi lado, un musical protagonizado por Barbra Streisand donde el realismo se mezcla con la reencarnación y la psicodelia de la época. Aunque no tuvo el impacto de sus grandes obras, supuso un recordatorio de su talento visual y de su capacidad para adaptarse.
En 1974 publicó sus memorias, “I Remember It Well”, un libro en el que Vincente Minnelli repasaba con nostalgia, humor y sinceridad las luces y sombras de su carrera y su vida personal, ofreciendo también valiosas anécdotas sobre Hollywood y sus colaboraciones con grandes figuras del cine. Dos años más tarde, en 1976, rodó Nina, su última película, protagonizada por su hija Liza Minnelli. Este film, un drama intimista sobre una mujer enfrentada a la enfermedad, no tuvo buena recepción crítica ni comercial, y supuso el cierre definitivo de su carrera como director.
Minnelli falleció el 25 de julio de 1986 en Beverly Hills a causa de un cáncer, dejando un legado imborrable en la historia del cine musical y una marca visual inconfundible.
