La hora de los valientes - Película - decine21
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La hora de los valientes
6 /10 decine21

La hora de los valientes

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Goya
1999
Ganadora de 1 premio
6 /10 decine21

Crítica

El arte de la guerra

El arte de la guerra

Madrid, noviembre de 1936. Primeros y cruentos compases de la guerra civil. En un bombardeo la joven Carmen pierde a toda su familia. Destruida su casa, vaga sin rumbo, no sabe adónde ir. Manuel, celador del Museo del Prado y gran admirador de la obra de Goya, además de ingenuo anarquista, salva un autorretrato del maestro, el lugar no se ha librado de los efectos de un ataque, coincidente con los preparativos para trasladar las principales obras de arte a Valencia. Una y otro se encuentran en el metro, y Manuel, compadecido de Carmen, le hace hueco en la pensión que regenta su tía Flora. Aunque Manuel desea devolver el cuadro, el ambiente de represión de la retaguardia, y en general, el caos de una ciudad con los artículos de primera necesidad racionados, impiden que pueda hacerlo, de modo que se convierte en su fiel custodio. Aunque un huésped de la pensión, que opera en el mercado negro, echa el ojo al autorretrato.

Aunque el tiempo pasa, y los españoles deberían ser capaces de mirar a su pasado con perspectiva histórica y sin ira, la realidad es que cuesta hacerlo, también en el cine. En el caso que nos ocupa, el director y coguionista Antonio Mercero, con su habitual colaborador Horacio Valcárcel, hacen un esfuerzo por orquestar un punto de vista equilibrado, donde se recuerda que se cometieron tropelías en uno y otro bando. Al transcurrir la mayor parte de la narración en el Madrid republicano, se abordan los registros y delaciones, y la persecución religiosa con asesinatos de sacerdotes, pero también se menciona por ejemplo la ejecución del marido de Floro en la represalia sangrienta de Badajoz, ocurrida en el lado nacional. Y se pintan situaciones típicas en tiempos de guerra, como el mercado negro y la usura, donde los que tienen negocios de almoneda se enriquecen aprovechando la penuria ajena. En esta ambiente, se propone el arte como expresión de lo imperecedero, por encima de odios e ideologías destructoras.

Las intenciones son loables, pero el desarrollo de la película es irregular. Funciona bien a la hora de plantear la trama y las vicisitudes de los personajes, con buenos momentos como el del registro en que podrían encontrar el cuadro. Pero una vez se afianza la atracción amorosa entre Carmen y Manuel, no se sabe muy bien por dónde tirar, y la marcha del segundo al frente no tiene la necesaria fuerza.

La presencia de niños, sobre todo Pepito, hijo de Flora, sirve para apuntar como los chavales pueden convertir en juego inocente incluso los horrores de la guerra, como cuando simulan un fusilamiento. De todos modos, la secuencia en que encuentran una bomba no está bien resuelta, su inclusión resulta bastante forzada; lo mismo cabe decir del desenlace, homenaje incluido al cuadro de los fusilamientos de mayo.

Hay acierto en la definición de los personajes, con buenos trabajos de Gabino Diego y Leonor Watling, pero también de Adriana Ozores como la digna viuda –ganó el Goya a la mejor actriz de reparto–, de Luis Cuenca como el simpático abuelo Melquíades, e incluso de los que encarnan a los más villanos de la función, Héctor Colomé y Josep Maria Pou.

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