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Biografía

Lucas Hedges

Lucas Hedges

23 años

Lucas Hedges

Nació el 12 de Diciembre de 1996 en Nueva York, EE.UU.

Premios: 0 Oscar (más 1 nominaciones)

Garantía de éxito

No sólo ha estado nominado al Oscar, sino que pese a su juventud se ha convertido en toda una garantía de optar al premio de la Academia en la categoría de mejor película, como ha ocurrido con cuatro producciones en las que ha estado presente: “El gran hotel Budapest”, “Manchester frente al mar”, “Lady Bird” y “Tres anuncios en las afueras”. Lucas Hedges prefiere los personajes difíciles y poco convencionales.

Nacido el 12 de diciembre de 1996, el neoyorquino Lucas Hedges tiene como progenitores a la poetisa y ocasional actriz Susan Bruce (Retrato de April), y a Peter Hedges, candidato al Oscar al mejor guión por Un niño grande. Cuando tenía 11 años debutó en el cine de la mano de su padre, que le requirió para interpretar a la pareja de baile de una de las jóvenes actrices de Como la vida misma.

A los 16, el personalísimo Wes Anderson le dio un papel secundario en Moonrise Kingdom, donde fue el líder de los boy scouts que persiguen a una pareja de chicos fugados de su campamento. El cineasta quedó tan contento que volvió a requerirle para dar vida a un episódico asistente en El gran hotel Budapest. “En esa época no pensaba en desarrollar una carrera como actor, sino que buscaba sólo emociones. Eso ha venido después, cuando he aprendido las cosas importantes de la vida”, ha comentado 

En cualquier caso, ya tenía cierta reputación en Hollywood cuando estudió Arte Dramático en North Carolina School of the Arts, de donde han surgido otras estrellas como Jada Pinkett Smith. En el thriller basado en hechos reales Matar al mensajero dio vida al hijo de un osado periodista, encarnado por Jeremy Renner

El otro joven actor con más tirón de la actualidad, Timothée Chalamet, le quitó el papel al que optaba en Interstellar, de Christopher Nolan. A su vez le arrebató a éste el papel de sobrino de Casey Affleck, que le tiene que comunicar la noticia de la muerte de su padre, en el sólido drama Manchester frente al mar. Por su trabajo, fue nominado al Oscar al mejor secundario, aunque perdió a favor de Mahershala Ali, actor de Moonlight. Trascendió en algunos medios que tras la ceremonia acudió a la fiesta que organizaba Madonna, pero casi le echan porque estaban prohibidas las fotografías, y él aprovechó para inmortalizarse con famosos como Mick Jagger.

Su trabajo en aquel film, dirigido por Kenneth Lonergan, había impresionado a Julia Roberts. Cuando la veterana estrella se enteró de que era hijo del director y guionista de la cinta para la que había firmado, El regreso de Ben, insistió en que interpretara a su hijo, con problemas con las drogas. “Trabajar con mi padre fue intenso, porque cada vez que me hacía indicaciones me recordaba cuando le había desobedecido, siendo niño”, comentó en una entrevista. “Pero creo que hemos hecho una buena película, que es lo que me enorgullece”.

Antes había hecho las paces con Chalamet, con quien hizo amistad cuando rodaron juntos Lady Bird, donde hizo de amigo homosexual de una joven de origen humilde (Saoirse Ronan) que se prepara para ir a la universidad. “Ambos descubrimos que compartíamos los vínculos de dos jóvenes neoyorquinos”, comentó respecto a su rival.

Lucas Hedges también ha dado vida al hijo con el que convive la divorciada Mildred Hayes (Frances McDormand) tras la muerte y violación de la hermana, en Tres anuncios en las afueras. Ha tenido como madre a otra gran estrella, Nicole Kidman, en Identidad borrada, donde interpreta a un chico enviado a un programa de terapia con el objetivo de curar su homosexualidad.

Oscar
2017

Nominado a 1 premio

Filmografía
Honey Boy

2019 | Honey Boy

Identidad borrada

2018 | Boy Erased

Película basada en hechos reales, plasmados en las memorias de su protagonista, Garrard Conley. Sigue la peripecia de Garrard, hijo único de un pastor baptista en un pueblo de Arkansas, que con apenas 18 años tiene inclinaciones homosexuales, le gustan los hombres. Confuso por dentro, también por sus creencias religiosas y por temor a disgustar a sus padres, Marshall y Nancy, no cuenta a nadie sus sentimientos; y estando en la universidad sufrirá una violación de otro estudiante, con el que había trabado amistad. Sincerándose más tarde en casa, acepta el camino que le marca su padre, seguir el programa del centro de terapia “Amor en Acción”, que se supone que enderezará su tendencia homosexual, y que dirige con mano de hierro Victor Sykes. Joel Edgerton escribe, dirige y coproduce Identidad borrada, reservándose el papel más incómodo a priori, el de Sykes, con la intención de evitar los reduccionismos que podrían convertirlo en un villano de opereta. Porque la idea del cineasta, según él mismo ha explicado, es la de humanizar a todos los personajes, y entender los diversos puntos de vista, ya que se supone que cada uno a su manera, con mayor o menor tino, busca el bien de quien se supone que debe ser curado. Lo que no impide que su intención didáctica sea bastante evidente, la de condenar las llamadas “terapias de conversión” de las tendencias homosexuales, que harían un enorme daño psíquico, e incluso podrían incitar al suicidio; con un enfoque prevalente de persuadir a los espectadores cercanos a la perspectiva de los padres del protagonista, que presentarían una fe cristiana y una cultura algo rudimentarias, la primera pegada a la literalidad de la Biblia. Es evidente que se describe un caso concreto, y que en el contexto de personas con sensibilidad religiosa y antropológica particulares, pueden producirse reacciones de todos los tipos, incluida la descrita en el film. Por otro lado, los tiempos han cambiado bastante desde los tiempos no tan lejanos en que agrupaciones profesionales, como la Asociación de Psiquiatría Americana, describían la homosexualidad como una enfermedad. En ese contexto cualquier terapia que busque una modificación de conducta no es aceptable en las modernas sociedades contemporáneas, menos con la presión del muy activo lobby LGBTQ. Lo que no deja de ser paradójico cuando al mismo tiempo se habla de identidad de género, y de la libertad que cualquier persona tendría para construirse dicha identidad. Pero más allá de estas consideraciones socioculturales, en el film llama la atención la completa ausencia de amor en un programa que se autodenomina “Amor en Acción”, pues se actúa con rigidez y modos de robot, siguiendo normas de manual, y nunca atendiendo las necesidades del individuo concreto, no parece que existan personas. También la fe ciega con la que los padres de Garrard entregan a su hijo a los cuidados de unos desconocidos, por muy aconsejados que estén por supuestos hombres sabios de su congregación. Por eso algunas reacciones, como la de Nancy reprochando a Sykes que seguramente no tiene ni siquiera un título de psicólogo, resultan chocantes. Y al fin, el objetivo de humanizar el relato fracasa parcialmente, hay algo de desequilibrio creciente en el doble relato paralelo, el chico en el centro, y los hechos que le han llevado hasta ahí, hasta cierto momento climático, no demasiado bien resuelto. El film, filmado con corrección, tiene la buena intención de invitar a la comprensión entre las personas; aunque vean las cosas de modo distinto, el amor debería prevalecer sobre la condena y el rechazo tajantes, unos padres deberían querer y ayudar a su hijo homosexual, respetando sus decisiones aunque no las compartan, y éste no debería romper los lazos con ellos, aunque piense que no han sabido echarle una mano cuando la necesitaba. En este sentido hay un gran esfuerzo actoral para dibujar esas relaciones paternofiliales, Russell Crowe y Nicole Kidman con Lucas Hedges, éste repitiendo el rol de joven estrechamente unido a su madre, después de trabajar con Julia Roberts en El regreso de Ben.

5/10
El regreso de Ben

2018 | Ben is Back

Holly Burns ultima los preparativos para celebrar la Navidad, con su marido Neal y sus hijos, la adolescente Ivy y los niños Lacey y Liam. Pero al regresar a casa con los chicos, se encuentra con la sorpresa de que les aguarda Ben, su hijo mayor, que está ingresado en un centro de rehabilitación por su adicción a las drogas, y se ha presentado inesperadamente para celebrar con ellos la Nochebuena. Asegura que su padrino considera que es una buena idea, pero la ansiedad que exhibe, la desconfianza familiar fundamentada en malas experiencias pasadas y la necesidad de control externo –su madre no le quita el ojo de encima–, invitan a pensar que la cosa puede acabar mal. Peter Hedges, director y guionista, ha demostrado en su filmografía previa –¿A quién ama Gilbert Grape?, Un niño grande, Mi mapa del mundo, Retrato de April, La extraña vida de Timothy Green– su interés y habilidad dramática para describir conflictos familiares, donde pueden surgir chispas, pero también el "pegamento" del amor, cara a lograr la ansiada unidad y cohesión, el estrechamiento de los lazos a pesar de las diferencias. Curiosamente El regreso de Ben coincide casi con el estreno de Beautiful Boy, de temática parecida y basada en hechos reales, aunque puestos a comparar, Hedges logra un film mejor, realista y abierto a la esperanza como el de Felix Van Groeningen, pero mejor resuelto. El director utiliza muy bien el telón de fondo navideño, presenta con convicción las tentaciones de Ben y el encuentro con "fantasmas del pasado" e imprime bríos al periplo que sigue a la asistencia familiar a la misa del gallo, un verdadero descenso a los infiernos en que la Nochebuena se convierte en Nochemala, con madre e hijo compartiendo experiencia. Julia Roberts compone una magnífica madre coraje, y hay química con Lucas Hedges, que da vida a Ben, y que en la vida real es precisamente hijo del director Peter Hedges, el joven se está labrando una carrera de prestigio tras asumir papeles secundarios en Tres anuncios a las afueras, Lady Bird y protagonismo en Identidad borrada. Los secundarios, familia, delincuentes y drogatas, están muy cuidados, se definen bien incluso los de menor presencia, los padres de una compañera de Ben, muerta de sobredosis.

6/10
En los 90

2018 | Mid90s

Los Ángeles, a mediados de los 90. El adolescente de 13 años Steve pertenece a una familia disfuncional, formada también por su hermano, Ian –que no duda en golpearle con brutalidad–, y Dabney, la madre soltera. Necesitado de compañía, el chico acaba formando parte de una pandilla de aficionados al monopatín, todos mayores que él. Infravalorado por la crítica cuando protagonizaba comedias, casi siempre groseras, como Supersalidos, Jonah Hill dejó boquiabierto al auditorio cuando empezó a despuntar en papeles más serios, logrando incluso dos nominaciones al Oscar por El lobo de Wall Street y Moneyball, en las que salía airoso del reto de compartir la pantalla con Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, respectivamente. Ahora, demuestra que puede tener una sólida carrera como realizador con una ópera prima que si bien dista de ser redonda, tiene numerosos puntos de interés. Por momentos parece la repuesta masculina a Lady Bird, de Greta Gerwig. A Hill se le da muy bien la reconstrucción de la década previa a la generalización de internet, y capta a la audiencia cuando habla de la necesidad de construir la propia identidad, lo que lleva a muchos jóvenes a integrarse en un grupo, en busca de una meta en la vida, pero también a imitar a su hermano, o tratar de distanciarse (al menos de cara al exterior) de sus progenitores. Sabe describir muy bien la edad del pavo, cuando los chicos se sienten obligados a ocultar sus sentimientos. Muestra con crudeza aspectos como los problemas del alcohol y las drogas, y la iniciación sexual, sin ocultar las consecuencias, pero sin juzgar ni buscar referentes morales. El film sale ganando porque tiene como protagonista a Sunny Suljic, que ya fue un ‘skater’ en una secuencia de No te preocupes, no llegará lejos a pie, de Gus Van Sant, con Hill como actor. Le secundan muy bien actores como Lucas Hedges (Manchester frente al mar), que da vida a Ian, o Katherine Waterston, la madre. Aunque la cinta está bien llevada, se echa de menos alguna secuencia memorable, y algún momento un poco más optimista.

6/10
Lady Bird

2017 | Lady Bird

Una película agridulcemente nostálgica, sobre la época de instituto y el ingreso en la mayoría de edad, escrita y dirigida por Greta Gerwig. Presenta algunos evidentes rasgos autobiográficos, la cineasta nació en Sacramento, su madre era enfermera, y creció en un singular ambiente religioso antes de su mudanza a Nueva York, entre otras cosas que comparte con la protagonista, Christine McPherson, que se ha autobautizado como “Lady Bird”. Lady Bird tiene 17 años –los mismos que la protagonista de Al filo de los diecisiete, un film cortado por patrón parecido al que nos ocupa–, es su último año escolar. Su sueño sería estudiar en una de las universidades de postín de Nueva York, pero la humilde condición familiar –su madre, enfermera, se desloma trabajando, su padre está en paro, ella asegura que “nací en el lado equivocado de la vía” en Sacramento– apunta a una universidad local como su destino más probable. Esto la enerva, porque ella es inteligente, independiente e inconformista. Estudia en un colegio católico, y todo lo cuestiona, frecuentemente los profesores, también monjas y curas, deben llamarle la atención. Tiene una muy buena amiga, Julie, aunque intenta entrar en el círculo de una compañera cool de alcurnia, Jenna. A esto se suman las primeras experiencias románticas, en que los chicos pueden decepcionar por su insinceridad, ya sea porque ocultan su inclinación sexual, o por una pedantería donde se ausenta el amor. Herwig articula una película en línea con el cine “indie”, fresca, y que evita casi siempre los simplismos. Atrapa los sentimientos de lo que es una etapa siempre problemática, la adolescencia, pero abre el lienzo de Lady Bird, mostrando además muy bien problemas de los adultos, incluidas la necesidad para una madre de inculcar disciplina, aunque aquello no caiga simpático, las depresiones y frustraciones que afectan a los mayores, pero donde también hay espacio para el buen humor o las salidas inesperadas de quien cabía esperar como mínimo una regañina; observar y asimiliar la realidad que le rodea contribuirá positivamente a que la protagonista madure, y también las personas de su entorno crecerán con ella. Especialmente importante en la narración es la relación madre-hija, creíble y conmovedora. La cineasta mira con añoranza y cariño el ambiente del colegio católico, pero, al estilo de la irlandesa Sing Street, se nota que es una mirada algo externa, desde fuera, Herwig no ha interiorizado del todo las convicciones que sostienen la institución donde estudia la protagonista, aunque percibe su fuerte atractivo. Y algo queda, ella ha declarado, por ejemplo, que una historia como las negaciones de Pedro, el perdón del Señor y la contrapartida de su triple confesión de fe tras la resurrección siempre le ha acompañado. Sea como fuere, en el film incide en algunas buenas vibraciones, experiencias positivas, como la de la monja que sabe aceptar una broma  –la octogenaria Lois Smith–, o la del sacerdote que muestra su fragilidad, todos somos humanos, gozamos pero también sufrimos; también, en otro orden, pequeñas gamberradas inocentes, como darse un festín con las formas sin consagrar para la misa; o el rifirrafe con una señora que viene a dar una charla sobre el aborto. Por eso, también en lo relativo a las relaciones sentimentales, la mirada es algo chata, se muestran esas experiencias precoces como algo poco menos que inevitable, lo que, como mínimo, resulta cuestionable. Saoirse Ronan demuestra una vez más ser una grandísimas actriz, da el pego como colegiala, aunque tiene ya 23 años. Todos los secundarios están muy bien, es Lady Bird una de esas películas en que se mima a los personajes, no los hay pequeños; pero puestos a destacar a algunos actores, nos quedamos con Laurie Metcalf, la madre, y Stephen Henderson, el cura que lleva la actividad de teatro. Pero, insisto, todo el reparto es maravilloso.

8/10
Tres anuncios en las afueras

2017 | Three Billboards Outside Ebbing, Missouri

Una historia impactante y devastadora, aunque también catártica, al estilo de Manchester frente al mar. Es una de esas películas de las que se agradece disponer sólo de la información justa acerca de su trama, antes de su visionado, para degustarla con la mayor intensidad posible. Mildred Hayes, una mujer de cierta edad, pasa a diario con su vehículo por una vieja carretera sin apenas tránsito automovilístico. Tres grandes vallas publicitarias destartaladas, donde nadie anuncia nada, a las afueras de Ebbing, Missuri, le sugieren una idea. Tras un acuerdo con la agencia que las gestiona, insertará en ellas tres incendiarias frases que van a revolucionar a la población, poniendo en jaque de modo especial a los agentes de la comisaría local, y en especial a su sheriff, Bill Willoughby, que padece una enfermedad terminal. El británico de origen irlandés Martin McDonagh da un paso hacia la madurez con Tres anuncios en las afueras de Ebbing, Misuri, tras su prometedor debut en el largo con Escondidos en brujas, y el cine dentro del cine que contenía Siete psicópatas, que eran una curiosa mezcla de thriller y comedia al estilo Quentin Tarantino, aunque con personalidad propia y una cierta reflexión sobre la condición humana. Aquí, de nuevo asumiendo los roles de director y guionista, mantiene su interés por indagar acerca de aquello que mueve a las personas; y aunque no renuncia en ocasiones al recurso del humor negro, lo hace con acentos más dramáticos y terribles. Porque aborda el modo en que las personas encajamos las tragedias, que más o menos grandes, no faltan en la vida de cada uno. En el caso que nos ocupa, un suceso familiar terrible ha convertido el alma de Mildred en un hervidero de odio y desconfianza, un veneno que afecta también a sus seres queridos, su hijo y su ex marido, que solía maltratarla. No falta además la enfermedad que aqueja al sheriff Bill, incomprensible humanamente, cuando la suya es una familia feliz, su esposa y sus hijitas le quieren mucho; o la rabia del racista y violento agente Jason Dixon, asfixiado por la sombra de su dominante madre anciana, a la que le toca cuidar. Hay una especie de agotamiento y desesperanza ante las decepciones que nos producen las personas, y aunque al fondo late la idea de que sólo el amor nos redime y nos da la paz, su interiorización, se nos viene a decir, supone un camino largo y tortuoso, que no siempre se llega a recorrer con acierto. Sorprende la solidez de la trama urdida por McDonagh, que huye en todo momento de lo previsible a la hora de mostrar cómo evolucionan los acontecimientos, hace gala de la rara virtud de respetar la inteligencia del espectador, no recurre a trucos malabares difíciles de aceptar, y las explosiones o cambios en el carácter de los personajes resultan razonables, aunque a veces sean tremendos. La línea argumental principal, que nunca se pierde, sirve además para presentar una amplísima galería de tipos humanos, muy bien descritos con unos pocos rasgos. Estamos ante una de esas películas que merecerían un premio al conjunto de su reparto, todos los actores, aun los que tienen papeles pequeños, están sobresalientes: Frances McDormand es la mujer que parece una roca, aunque está rota, con un carácter arisco que recuerda a su composición de la insoportable Olive Kitteridge; Woody Harrelson, un actor que mejora con el paso de los años, interpreta a un sheriff lleno de humanidad, capaz de tomar una decisión terrible; Sam Rockwell atrapa a la perfección a quien podía ser un buen detective, y está cayendo en el abismo; e igualmente bordan sus interpretaciones, aunque tengan poca presencia en pantalla, Peter Dinklage, John Hawkes, Lucas Hedges, Zeljko Ivanek, Abbie Cornish…

8/10
Manchester frente al mar

2016 | Manchester by the Sea

Invierno, Massachussets. Arrendado en un pequeño semisótano, Lee Chandler malvive trabajando como fontanero y “arreglalotodo” en varios bloques de pisos. Es hombre trabajador pero de pocas palabras, no muy dado a relacionarse en sociedad. Recibirá una llamada de su pueblo: su hermano Joe acaba de fallecer debido a una enfermedad congénita en el corazón. Le tocará a Lee poner en orden las cosas de su hermano, comunicarle la noticia a su sobrino de dieciséis años, administrar sus propiedades, preparar el entierro, el funeral, etc. Hondísimo y desolador drama familiar entregado con perfección por el guionista y director Kenneth Lonergan, conocido por su estupendo debut tras las cámaras con Puedes contar conmigo. No sale Lonergan de su universo narrativo: los lazos familiares, la muerte, la culpa y las dificultades para reencontrar el rumbo cuando todo se ha hecho añicos. Lo transmite con una película dura, muy dura en su trama argumental, pero ofrecida con una enorme humanidad, con personajes reales, vivísimos, en las antípodas del tópico, a quienes no les cabe más remedio que seguir adelante y afrontar los embates de la vida, a veces verdaderamente trágicos. El sentido del dolor y la desgracia es tan insondable como la inmensidad del océano. Por mucho que lo miremos, que lo contemplemos frente a nosotros, será complicado encontrar las respuestas, tan misterioso es. Visualmente Manchester frente al mar se despliega como un puzle, en donde por medio de un montaje pormenorizado se van intercalando piezas en diferentes tiempos, que responden a las vivencias del pasado del protagonista. Retazos de vida, que surgen como recuerdos, flashes de lo que fue y se evaporó para siempre. Tal cualidad consigue que narrativamente la película sea un prodigio, pues se elude la confusión con maestría, golpea directamente donde quiere y a la vez se logra transmitir la idea de que es imposible intentar abarcar siquiera una gran parte del mundo exterior e interior de las personas. Siempre faltan piezas, pero bastan unos trazos firmes para vislumbrar un retrato. Así, casi es más importante en el film –en presencia y entidad– lo que no se muestra que lo que vemos en pantalla, por ejemplo en la relación entre Lee y su mujer (maravillosa Michelle Williams), sucesos apenas velados pero que sabiamente Lonergan los hace asomar en la prodigiosa escena del encuentro en la calle, de un dramatismo abrumador. Pero también en lo referente a la relación de Lee con su sobrino (estupendo Lucas Hedges) –esa compañía en el dormitorio, esa confesión en la cocina– o con sus amigos, personas buenas que siempre están ahí, con el hombro preparado en el momento malo. En el plano interpretativo, lo que hace Casey Affleck (Adiós pequeña adiós) con Lee Chandler es asombroso, angustiante. Faltan adjetivos para definir una verosimilitud tan perfecta. Pocas veces el Oscar sería un premio tan justo. A la pericia narrativa hay que añadir también la excelente puesta en escena y el acierto en las bellas localizaciones en la costa de Massachussetts, donde parece que las heridas no pueden empezar a cerrar hasta que llega el sol para calentar la tierra. Y funciona la potente inclusión de una reconocible banda sonora de calidad –Händel, Albinoni, Massenet, etc.–, que ayuda a digerir esas bellas imágenes contemplativas cuando acechan los instantes más trágicos y el espectador sólo puede tragar saliva. No estamos lo que se dice ante una película alegre, más bien todo lo contrario. Sencillamente hay cosas que no se pueden superar. Y por eso, es cierto, se le puede achacar al director neoyorquino haber llevado la historia hasta el extremo de la aflicción, dejando muy poco hueco para respirar. Y también que el recurso a la trascendencia, tan humano en ciertos casos, pase de puntillas. Sin embargo, pese a todo, Lonergan no hace una retrato sombrío de la existencia –incluso se permite algún momento cómico (o tragicómico)–, más bien parece subrayar algo que ya es claramente capital en su filmografía: pase lo que pase queda la familia, ella es el cabo fuerte, seguro, al que hay que agarrarse para mantenerse cuerdos. Es un comienzo.

7/10
The Slap

2015 | The Slap | Serie TV

Matar al mensajero

2014 | Kill the Messenger

Matar al mensajero reconstruye la historia real del periodista Gary Webb, ganador de dos premios Pulitzer. Adapta su libro "Dark Alliance", y el estudio sobre su trabajo de Nick Schou "Kill the Messenger: How The CIA’s Crack-Cocaine Controversy Destroyed Journalist Gary Webb", de donde ha salido el título del film. Matar al mensajero presenta a Webb cuando tras un trágico suceso se ha mudado con su familia a California, donde trabaja en el San Jose Mercury News, un diario relativamente pequeño. Pero la novia de un traficante de cocaína le proporciona un documento que vincula a la CIA con el contrabando de cocaína. Sus investigaciones posteriores sacarán a la luz que la administración estadounidense al menos miró hacia otro lado cuando los rebeldes nicaragüenses de la Contra impulsados por la propia CIA introducían droga en territorio estadounidense para financiar sus actividades. En una línea que recuerda más a sus logrados episodios de Homeland que a sus cintas 'indies' L.I.E. y El fin de la inocencia, el valioso realizador Michael Cuesta recupera el tono y el espíritu de los films setenteros sobre la prensa de Alan J. Pakula El último testigo y Todos los hombres del presidente. Aporta además una sutil defensa del periodismo de investigación en un tiempo en el que la crisis de los medios parece haber acabado con él por completo. Cuesta consigue una enorme intensidad a pesar de que la historia transcurre por caminos conocidos, y aprovecha el talento de los destacados secundarios con los que cuenta, como Tim Blake Nelson (abogado de un capo del crack), Oliver Platt (el redactor jefe), Andy García (un pez gordo mafioso 'encarcelado'), Michael Sheen (ideal para componer a un político), Ray Liotta (un oscuro confidente) y la española Paz Vega (la stripper que desencadena la trama). Pero sobre todo se lucen Jeremy Renner, en uno de sus mejores trabajos en la piel del protagonista, y Rosemarie DeWitt (su esposa, Sue). Matar al mensajero se compone de momentos destacables, como la conversación del personaje central con su hijo. Reivindica el papel del llamado Cuarto Poder en la sociedad democrática, al tiempo que explora la dificultad para ceñirse a la responsabilidad profesional, y mantener los deberes familiares, cuando se sufren grandes presiones y una campaña de descrédito.

7/10
The Zero Theorem

2013 | The Zero Theorem

Un Londres futurista. Qohen -que no Quinn- es un genio de la informática, que vive en una iglesia abandonada, haciendo programas para una gran corporación que trata de tranquilizar a sus clientes, para que la existencia les sea más llevadera. Y anda muy angustiado por las presiones que padece para demostrar el llamado “teorema cero”, que permitiría descubrir el sentido de la existencia con un cien por cien de seguridad, o lo que es lo mismo, con un cero por ciento de posibilidades de equivocarse. Y aunque logra resultados por el 99 y pico por ciento, aquello no es suficientes. Terapias telefónicas, la tentación de los placeres carnales o paraísos virtuales no acaban de lograr calmar el agobio de Qohen. Otro delirio fílmico de Terry Gilliam, quien ya hiciera integrado en Monty Python treinta años atrás El sentido de la vida, en aquel caso en clave disparatadamente cómica. Aquí recrea con barroquismo exuberante la imaginería de la capital de Inglaterra dentro de unos años, con un Christoph Waltz pasado de rosca, al que rodean personajes a cada cual más estrambótico, desde el fantasmal jefe encarnado por Matt Damon, al supervisor David Thewlis, la psicóloga telefónica Tilda Swinton y la “experta en placeres” Mélanie Thierry. Con un guión del totalmente desconocido Pat Rushin, seguramente Gilliam quiere hacernos en The Zero Theorem, dentro del contexto psocial ostmoderno, un sesudo planteamiento existencial sobre Dios -véase el crucificado descabezado de la iglesia-, y las cosas que nos permiten hacer la vida más llevadera. Pero lo que entrega es un pastel bastante indigesto, con pasajes francamente aburridos, y algún que otro personaje rozando el histrionismo. Doce monos y Brazil eran filmes en la misma línea, pero el cineasta lograba un equilibrio que aquí se le escapa.

4/10
Una vida en tres días

2013 | Labor Day

En la década de los 80 el adolescente Henry vive con su madre separada Adele en una población rural, sobrellevando lo mejor que puede el habitual estado depresivo de ella. La vida de ambos se altera cuando irrumpe en su vida Frank, un tipo fugado de una prisión, que se refugia en su casa en el fin de semana festivo del día del trabajo, el Memorial Day. Aunque buscado por las autoridades y considerado peligroso debido a la condena que pesa sobre él por asesinato, Henry y Adele descubren en él a alguien sensible, el padre y marido que añoran en su hogar. Adaptación de una novela de Joyce Maynard -su obra dio lugar antes a Todo por un sueño- a cargo de Jason Reitman, también director de la cinta. El resultado es irregular. Funciona en el primer tramo, en que el director de Juno y Up in the Air presenta el surgimiento de una especie de situación idílica, la segunda oportunidad de una arcadia feliz que, sospechamos, no puede durar mucho, cuando sus protagonistas acaben dándose de bruces con el mundo real que les aguarda afuera. Pero a la hora de ofrecer razones que expliquen las disfunciones de la familia que conforman Adele y Henry por un lado, y el padre Gerald con su nueva esposa, un hijo de ella y otro en común, se muestra menos convincente, apuntando a un trauma presentado muy confusamente, y con elementos propios de culebrón. Tampoco el desenlace, con su salto en el tiempo, resulta satisfactorio, los cabos acaban atándose demasiado apresuradamente. En cualquier caso se nota el esfuerzo por ofrecer una pequeña “historia de cámara”, con personajes con rasgos más o menos definidos que dan pie a una interesante descripción de la difícil etapa de la adolescencia y del agostamiento del amor conyugal. Cuenta además con un buen trabajo actoral de Kate Winslet, Josh Brolin y el desconocido Gattlin Griffith.

5/10
Moonrise Kingdom

2012 | Moonrise Kingdom

Tras debutar en el campo de los dibujos animados con Fantástico Sr. Fox, Wes Anderson vuelve a la imagen real con Moonrise Kingdom, elegida para inaugurar el Festival de Cine de Cannes. Como es habitual, el propio Anderson ha escrito el guión, con la ayuda de Roman Coppola, con el que ya había elaborado el libreto de Viaje a Darjeeling. Años 60, en una isla de Nueva Inglaterra. Sam, un preadolescente, huye del campamento de scouts para reunirse con Suzy, la chica de la que se ha enamorado, y emprender un viaje hacia territorio selvático. Trata de encontrarles el capitán Sharp, de la policía local, mientras que el jefe de scouts Ward también ha emprendido la búsqueda por su cuenta con los otros chicos a su cargo. Como cabía esperar, Anderson se mantiene dentro de su particular mundo personal, marcado por un tono surrealista, personajes estrafalarios, frescos golpes de humor y abundancia de imágenes coloridas. En suma, vuelve a realizar una apología de la excentricidad, con otro joven protagonista con gafas como el de Academia Rushmore, su debut, que a pesar de su apariencia chocante parece tener dotes excepcionales. Una vez más vuelve a estar muy presente la reivindicación de la necesidad de la unidad familiar. A diferencia de otros de sus títulos, como Life Aquatic, que parecía concebido únicamente para sus incondicionales más acérrimos, Moonrise Kingdom tiene un ritmo dinámico, se sigue con interés y logra conmover a través de su exploración del descubrimiento del amor. La huida juvenil de los protagonistas no oculta estar inspirada en "El guardián entre el centeno", el célebre libro de J.D. Salinger. Como es habitual, el realizador ha seducido a conocidos actores. como Edward Norton, Frances McDormand y Bruce Willis, en registros sorprendentes. No puede evitar Anderson ofrecer una vez más la sensación de que en Moonrise Kingdom ha desaprovechado a parte del reparto, como en el caso de la gran Tilda Swinton, que tiene un mínimo papel como asistente social, o el de Harvey Keitel, eficaz, pero breve. Tampoco tienen una enorme presencia esta vez Bill Murray y Jason Schwartzman, sus actores fetiche. Los auténticos reyes de la función son los jóvenes debutantes Jared Gilman y Kara Hayward, así como el resto del reparto juvenil, que logra personajes muy mimetizados con el universo de Anderson.

6/10

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