James L. Brooks
86 añosPremios: Oscar (2 premios y 2 nominaciones) Ver más
Entre la televisión y el cine
Aprendió a moverse con soltura entre dos galaxias —la televisión y el cine— y a sobrevivir en ambas sin perder su voz. Ha firmado comedias dramáticas rebosantes de humanidad, como “Mejor... imposible”, y revolucionó la cultura popular con “Los Simpson”. James L. Brooks no solo dejó una huella profunda en la comedia emocional moderna: fue también uno de los primeros en conseguir que Hollywood entendiera que el verdadero corazón de una historia late en la pluma del guionista.
Nacido el 9 de mayo de 1940, en Brooklyn, Nueva York, James Lawrence Brooks (por fin sabemos de dónde viene la L.) es hijo de Dorothy Helen, vendedora de ropa infantil, y Edward M. Brooks, comerciante de muebles.
Su madre trabajaba vendiendo ropa infantil; su padre, que había cambiado de apellido (del judío Bernstein a Brooks) y afirmaba tener ascendencia irlandesa, vendía muebles. Recuerda que durante su infancia se sentía un poco abandonado. “Mi padre salía del apartamento con frecuencia y mi madre trabajaba muchas horas, así que no me quedaba otra opción que pasar mucho tiempo sola en el apartamento.
Cuando estudiaba en el instituto Weehawken, James L. Brooks se incorporó al periódico del centro, para el que entrevistó a celebridades como el músico Louis Armstrong. En esa etapa empezó a escribir relatos cortos cómicos, aunque no pensaba que fuera viable como carrera.
Tras dejar un curso de relaciones públicas en la New York University, Brooks consiguió gracias a su hermana un trabajo como conserje en la emisora televisiva CBS en Nueva York. Al poco tiempo le ascendieron a redactor para los informativos de la cadena.
En 1965 se trasladó a Los Ángeles, donde creó en 1969 Room 222, una serie innovadora ambientada en un instituto con un profesor afroamericano (Lloyd Haynes) como protagonista. Pero el gran salto de James L. Brooks llegó con la comedia La chica de la tele (1970-77), cambió la televisión con la misma naturalidad con que su protagonista lanzaba al aire su boina en los títulos de crédito. Creada para la productora MTM (fundada por Mary Tyler Moore y su marido, Grant Tinker), la serie contaba la historia de Mary Richards, una mujer soltera, profesional y optimista que decide empezar de cero en Minneapolis trabajando como productora de informativos.
“Una de las cosas maravillosas de escribir comedia, consiste en que sabes que funciona si la gente se ríe… Si no se ríen, estás perdido; si se ríen, estás vivo”, recuerda James L. Brooks. Él y su coguionista, Allan Burns, tejieron una sitcom que respiraba humanidad, ironía y ternura. El jefe de Mary, el gruñón Lou Grant (Edward Asner), se convirtió en una figura paternal a su pesar; Murray (Gavin MacLeod) era el colega sarcástico, y Ted Baxter (Ted Knight), el presentador más vanidoso del medio. Y por encima de todos, la sonrisa de Mary, que decía: “Sí, el mundo puede ser un lío… pero se puede bailar entre los cables del plató”. “Un trabajo en televisión que funciona es el mejor trabajo del mundo. Haces algo que te gusta. Y lo haces con gente que te cae bien… generalmente”, ironizaba James L. Brooks.
El éxito fue inmediato: siete temporadas, treinta premios Emmy y una legión de imitadoras. La chica de la tele no solo cambió la forma de hacer comedia, también cambió el papel de la mujer en la pantalla. Y, como todo buen fenómeno televisivo, generó descendencia: los spin-offs Rhoda, centrado en la amiga neoyorquina interpretada por Valerie Harper, y Lou Grant, que transformó al personaje del jefe en protagonista de un drama periodístico. Un prodigio: el mismo personaje saltando de la comedia al drama sin despeinarse.
En 1978, James L. Brooks cambió las redacciones por los garajes con Taxi (1978-83), una serie coral sobre un grupo de taxistas neoyorquinos tan derrotados como entrañables. Si en Mary Tyler Moore había explorado la dignidad del trabajo, en Taxi se metió de lleno en la ironía de la clase obrera: tipos que conducen por turnos interminables mientras sueñan con otra vida. Allí estaban el cínico Alex Reiger (Judd Hirsch), el ingenuo Latka (Andy Kaufman, en su papel más delirante), o el aspirante a actor Bobby Wheeler (Jeff Conaway). Era un microcosmos de frustración y esperanza, y Brooks lo manejaba con el pulso de quien sabe que la comedia, si es buena, siempre viene con una factura emocional.
James L. Brooks dio el salto al cine en 1979 con Comenzar de nuevo, comedia romántica escrita y coproducida por él, aunque dirigida por Alan J. Pakula. Era una historia de divorcio, reinvención y torpeza emocional, protagonizada por Burt Reynolds, Jill Clayburgh y Candice Bergen, donde ya asomaban las obsesiones de Brooks: la fragilidad masculina, la confusión femenina y la batalla eterna entre el deseo y la ternura. Fue un primer tanteo en el terreno cinematográfico, como quien se asoma a una piscina antes de lanzarse de cabeza. Cuatro años después, se tiró sin flotador.
Su consagración llegó con La fuerza del cariño (1983), y con ella, su entrada triunfal en el panteón de Hollywood. Brooks escribió, dirigió y produjo esta adaptación de la novela de Larry McMurtry, y lo hizo con una mezcla milagrosa de humor y tragedia. Contaba la historia de una madre viuda (una Shirley MacLaine en estado de gracia) y su hija rebelde (Debra Winger), dos mujeres que se quieren a golpes y a carcajadas, con un astronauta jubilado de por medio interpretado por Jack Nicholson, que parecía haber nacido para seducir y desarmar a partes iguales.
El film fue un fenómeno: tres Oscar (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado) y la sensación general de que James L. Brooks había logrado lo imposible: hacer llorar a los hombres sin avergonzarlos y hacer reír a las mujeres sin tratarlas como caricaturas.
Con la confianza ganada, dirigió Al filo de la noticia (1987), en la que exploró el periodismo televisivo con un tono serio y cómico. James L. Brooks pasó año y medio investigando en redacciones reales, empapándose del lenguaje, los gestos y las guerras internas del oficio. “Quería entender qué se siente cuando la verdad se mide en puntos de audiencia”, explicaba.
La triada protagonista lo dice todo: Holly Hunter como la productora brillante y neurótica Jane Craig; William Hurt como el presentador carismático pero superficial Tom Grunick; y Albert Brooks (su alter ego) como el periodista honesto y torpemente enamorado. Cada diálogo chispea con precisión quirúrgica, y sin embargo cada escena late con un sentimiento real. No es solo una película sobre el periodismo: es una película sobre el miedo a no estar a la altura. La cinta fue nominada a siete Oscar, pero se fue de vacío.
Luego vino su proyecto más arriesgado, Aprendiendo a vivir (1994), una comedia con alma de musical que terminó amputada por el bisturí de las proyecciones de prueba. James L. Brooks quiso rendir homenaje a los clásicos de Hollywood con números musicales escritos por Prince, pero el público de las primeras funciones reaccionó con perplejidad. El estudio entró en pánico, y el director se vio obligado a eliminar todas las canciones.
Y entonces, en 1997, volvió a la cima con Mejor… imposible, su reencuentro con Jack Nicholson, esta vez en el papel del misántropo más entrañable del cine: Melvin Udall, un escritor maniático y cascarrabias que descubre —a su pesar— que necesita amar y ser amado. Frente a él, Helen Hunt como Carol, la camarera que le devuelve la humanidad a cucharadas.
Durante el rodaje, la química entre ambos era tan eléctrica que el actor a veces se salía del guion. En la escena del restaurante, Jack Nicholson improvisó una réplica fuera de libreto, para desesperación de James L. Brooks, que desde detrás del monitor, perdió la compostura y le gritó: “Jack, eres imposible”. A lo que Nicholson, sin dejar de mirar a cámara, respondió con una sonrisa maliciosa: “Sí, pero soy como el título de la película, mejor imposible”.
El film fue un éxito mundial, se llevó dos Oscars (para Nicholson y Hunt) y confirmó lo que Hollywood ya sabía: nadie entiende la comedia sentimental como James L. Brooks. En 1986, en pleno apogeo creativo, James L. Brooks decidió fundar su propio refugio para guionistas: Gracie Films, productora bautizada con el nombre de su abuela. Quería construir un espacio donde el escritor —ese ser normalmente arrinconado en las sombras del plató— fuera el centro de gravedad. No un proveedor de diálogos, sino el autor del producto. “Los escritores mandan. El escritor siempre debe tener el control de su material, ya sea dirigiéndolo o siendo un productor realmente activo. Y eso nunca ha dejado de ser así”, comentaba.
El golpe maestro de la empresa llegó tres años después, en 1989, cuando James L. Brooks —a través de Gracie Films— impulsó un pequeño experimento animado que cambiaría la cultura popular: Los Simpson. Todo empezó como simples cortos para The Tracey Ullman Show, pero Brooks vio algo más: un mundo entero latiendo detrás de esas figuras amarillas de cinco dedos. Convenció a la Fox para darles media hora propia, pero impuso una cláusula que se convirtió en leyenda: la cadena no podría alterar ni una línea de guion sin el consentimiento de los creadores. En una industria dominada por ejecutivos y comités, aquello fue casi un acto revolucionario.
Se ha casado tres veces, primero con Marianne Catherine Morrissey, hasta 1972, con quien tuvo a su hija Amy Lorraine; después con Holly Beth Holmberg, entre 1978 y 1999, madre de otros tres hijos —Chloe, Cooper y Joseph—; y más tarde con Jennifer Simchowitz, su pareja más duradera. Cuando le preguntaron por qué tarda tanto en rodar películas, pues se toma pausas que a veces duran una década, James L. Brooks contestó tajante: “Me tomo tiempo para vivir”. Quizás por eso sus películas respiran verdad: porque nacen de alguien que ha probado la frustración, la ternura y el vértigo de vivir.
Después de ocho años sin rodar, James L. Brooks regresó al cine con Spanglish (2004), una historia de comunicación imposible: una madre mexicana que llega a trabajar en la casa de una familia norteamericana disfuncional. Adam Sandler sorprendía con una interpretación contenida, lejos de su registro habitual, mientras que la española Paz Vega brillaba con una naturalidad que desarma. No logró buenas críticas con ¿Cómo sabes si…? (2010), donde Reese Witherspoon encarnaba a una jugadora de softball que, de la noche a la mañana, queda fuera del equipo nacional. Se debate entre el amor de Matty (Owen Wilson), jugador de béisbol arrogante y George (Paul Rudd), ejecutivo honesto pero torpe, que acaba de descubrir que el FBI lo investiga por un fraude corporativo en la empresa de su padre (Jack Nicholson, en uno de sus últimos papeles). El público no la entendió del todo (ni el estudio, que recortó y reeditó durante meses), pero vista hoy es una rareza valiente: una comedia sobre la desorientación, sobre perder la fe en tus propios criterios. Es, probablemente, su película más amarga y más honesta. Su última película es Ella McCay, una comedia en el mundo de la política protagonizada por Emma Mackey, nótese el parecido de su nombre con el de la protagonista, que promete arrancarnos sonrisas.
Premios
1 nominación
- Guión original Mejor... imposible
1 nominación
- Guión original Al filo de la noticia
2 premios
- Dirección La fuerza del cariño
- Guión adaptado La fuerza del cariño
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