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(2019) | 124 min. | Histórico | Drama
Notable debut en la dirección del cineasta nacido en Irán Farhad Safinia, que escribió para Mel Gibson el guion de Apocalypto. Adapta el libro de Simon Winchester, que documenta con magnífica recreación de la época y acertadísimo reparto, hechos reales acerca de la confección del Diccionario de Inglés de Oxford, una titánica tarea que llevó más de 50 años, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Se centra sobre todo en cómo se cruzan los caminos de dos personajes que parecen completamente dispares: James Munray, editor del diccionario, sabio en lenguas a pesar de no tener titulación universitaria, feliz padre de familia numerosa y hombre de fe; y el doctor W.C. Minor, recluido en el manicomio de Crowthorne en Berkshire, enajenado mental que en un momento de manía persecutoria asesinó a un hombre. Cuando Munray pide la ayuda de miles de voluntarios desinteresados, para que documenten con citas de textos históricos el posible origen y uso de las palabras del diccionario, uno de los más activos resulta ser Minor; la tarea parece incluso servirle de terapia, al mismo tiempo que desea reparar el daño causado a la viuda e hijos del asesinado traspasándoles la integridad de su pensión. Safinia sabe manejar bien el libreto firmado por John Boorman, Todd Komarnicki y él mismo, que sabe tocar palos diversos con gran sabiduría. Así, habla de razón y locura, pero también de fe y ciencia, y de la fuerza del amor, el perdón y la reparación, conceptos muy presentes a lo largo de la narración, y que nunca están metidos con calzador o con la intención de ofrecer moralina barata. Late la capacidad del hombre, por muchos horrores que pueda cometer, de alcanzar la redención, tocado por la gracia y por la caridad de los que se mueven a su alrededor. Y además se pinta bien las dificultades con la que toca moverse en el mundo académico, donde la exigencia de resultados a toda costa, y los celos y rivalidades, pueden poner en peligro las empresas más honrosas. Da gusto ver lo bien que están introducidas las citas literarias, en la medida justa, y que ilustran no solo el origen de una palabra, sino también las situaciones que afrontan en un momento dado los personajes. El reparto está sencillamente espléndido, con dos colosos como Mel Gibson y Sean Penn, el profesor y el loco doctor, en los momentos en que comparten escena saltan las chispas de la emoción. Están también muy bien el resto de personajes secundarios: la viuda interpretada por Natalie Dormer, la esposa de Murray a la que da vida Jennifer Ehle, Eddie Marsan como el vigilante del manicomio que descubre el valor de la misericordia, o los distintos actores que dan vida a profesores y académicos, donde destaca Steve Coogan.
7/10
(2019) | 95 min. | Histórico | Biográfico | Documental
Documental que a partir de la icónica víctima del holocausto Anna Frank, adolescente judía que vivía en Amsterdam con su familia, y célebre por su famoso diario, recoge los testimonios de otras mujeres, supervivientes del genocidio, que tenían su edad en esa época infame. Está estructurada a partir del recorrido que hace Katerine Kat, una adolescente contemporánea por toda Europa, visitando campos de exterminio y otros lugares emblemáticos, y de la lectura de fragmentos del diario y reflexiones por parte de la actriz británica Helen Mirren. Lo que permite incluir entre medias datos históricos sobre Anna Frank, y las declaraciones de Arianna Szörenyi, Sarah Lichtsztejn-Montard, Helga Weiss y las hermanas Andra y Tatiana Bucci, que lograron sobrevivir a los campo. Las directoras Sabina Fedeli y Anna Migotto tienen algunas ideas inteligentes, como la de que Katerine Kat tome fotos y recoja sus impresiones sobre Anna Frank y la shoah en Instagram, en una suerte de moderno diario semejante al de la adolescente objeto de su interés, y que tal vez podría haber sido su amigo. De todos modos no deja de resultar algo artificioso el modo en que se entrelazan las impresiones suyas y de Mirren con los testimonios de las supervivientes ya ancianas, y de sus hijos y nietos que han debido vivir y recordar, tener memoria histórica.
6/10
(2019) | 106 min. | Drama Tráiler
En su primera película con actores internacionales, rodada en francés e inglés, y de sencilla puesta en escena, el cineasta japonés Hirokazu Koreeda opta por una trama de cine dentro del cine, aunque sin renunciar a su habitual interés por dibujar las relaciones familiares. Describe una reunión familiar en París, Fabienne, una célebre actriz ya anciana acaba de publicar sus memorias, lo que propicia el encuentro con su hija Lumir, guionista en Estados Unidos, casada con el actor Hank, con el que tiene una niña encantadora, Charlotte. El momento coincide con una breve colaboración de Fabienne en el rodaje de una película, donde pueden detectarse reminiscencias de la relación ambigua que mantiene con su hija, y en que asoman los celos por una actriz rival ya fallecida. Koreeda plantea una trama sutil, quizá demasiado– el espectador poco atento puede considerarla insulsa–, en que se pregunta por la verdad como actitud vital, ya sea en las relaciones afectivas o laborales, o en un texto autobiográfico supuestamente sincero. Incluso con las personas con las que supuestamente existe más confianza se puede evitar la franqueza, hasta dejarse dominar por el temor a la hora de pedir perdón, o pasar página, y encontrar más sencillo el recurso a la mentira y el disimulo; mientras que otras veces el comentario mordaz y peyorativo que se ajusta a la realidad, puede ser otra forma de adulterar la verdad, o hacerse con el escudo de que la otra persona no domina tu idioma, no te entiende. El trabajo de actriz o de guionista se presenta en este contexto como el arte de la impostura, en que se pronuncian o idean frases que pueden responder, o no, a lo que aletea en la conciencia de las personas. Las palabras pueden expresar sentimientos sinceros, o servir de disfraz que oculta lo que bulle verdaderamente en el interior. También la mención a un clásico del cine y la literatura juvenil, El mago de Oz, sirve para aludir a la cuestión. Los actores parecen encontrarse muy cómodos en sus papeles, con la gran dama del cine francés Catherine Deneuve y su hija en la ficción Juliette Binoche bien conjuntadas, apoyadas por estupendos secundarios donde rebosa naturalidad la niña debutante Clémentine Grenier.
6/10
(2019) | 126 min. | Histórico | Drama Tráiler
El llamado “Caso Dreyfus” es uno de los hechos más vergonzantes de la historia del ejército francés, cuya repercusión fue mucho más allá de lo estrictamente militar y se extendió a todos los estamentos de la sociedad. Más de un siglo después, aquella vileza antisemita perpetrada contra un oficial del ejército, condenado injustamente, sigue siendo un perpetuo e ignominioso recordatorio de lo que hay que evitar. El cine vuelve sobre los hechos cada cierto tiempo, como puede verse en este film y en otros anteriores, como La vida de Emile Zola, Yo acuso, El caso Dreyfus o Prisioneros del honor. En El oficial y el espía el reputado Roman Polanski hace una impecable recreación histórica de los sucesos que envolvieron el caso. Se centra en la figura del teniente coronel Georges Picquart, quien tras la condena por espionaje y alta traición del Capitán Dreyfus en 1895, confinado a cadena perpetua en la remota Isla del Diablo, fue nombrado jefe de información en el ejército. En el curso de otra investigación sobre un posible espía que pasaba información militar a los alemanes, Picquart comprobó que se había acusado a Dreyfus sin pruebas y que los mandos militares se habían conducido con un claro antisemitismo contra el acusado. Desde su posición privilegiada como alto cargo del ejército, Picquart se propuso entonces sacar a la luz la verdad, aunque aquello le supusiera a él mismo el deshonor. La historia del Caso Dreyfus nunca pasará de moda porque habla de cosas que siempre estarán presentes en el mundo mientras haya seres humanos: los prejuicios, el odio, la cobardía y la injusticia contra el inocente, pero también la búsqueda de la verdad, la valentía, el heroísmo y el poder de la conciencia. Con una dirección académica pero no por eso tediosa, Polanski ofrece una trama que atrapa, basada en la novela de Robert Harris (coautor también del guión), que habla de la entereza de algunos corazones y la mezquindad de otros y de cómo un hecho aislado puede dividir a una sociedad entera y mostrar su verdadero rostro, a veces vergonzoso. El ritmo no se pierde nunca y seguimos con interés a Picquart en sus andanzas, en su misión de ir uniendo piezas y encontrar pruebas, mientras visita a unos y otros personajes, militares, abogados, amigos e incluso acudiendo al cuarto poder con literatos como Émile Zola, quien tomó serio partido por Dreyfus en su célebre artículo “Yo acuso”, desencadenante social de la crisis. La ambientación y la fotografía, casi siempre en interiores, son excelentes, así como la adecuada banda sonora de Alexandre Desplat. Y es un acierto retratar al protagonista muy alejado del maniqueísmo. Picquart no es precisamente un dechado de virtudes, como le dice con sutileza su amante (magnífica Emmanuelle Seigner), y tampoco siente una especial inclinación por el condenado Dreyfus (más bien se muestran claramente distantes en las dos escenas en que se encuentran). Pero no es eso lo relevante en El oficial y el espía: La verdad y la justicia nada tienen que ver con apreciaciones subjetivas. Todo el peso del film recae prácticamente en Jean Dujardin, que hace una composición muy correcta y oficial (por seguir con el símil militar). Está bien acompañado por un variado elenco de actores que tienen quizá escaso papel, aunque sean tan conocidos como Louis Garrel, Vincent Pérez, Mathieu Amalric o Melvil Poupaud.
7/10
(2019) | 101 min. | Animación | Comedia Tráiler
El superagente Lance Sterling puede derrotar a decenas de enemigos sin despeinarse. Así que cumple con solvencia cualquier misión, sin importar su peligrosidad. Pero tras fracasar en la recuperación de un sofisticado artilugio, aparecen pruebas que demostrarían que él mismo lo ha robado para venderlo al enemigo. Convertido en un fugitivo al que buscan sus propios compañeros recurrirá a Walter Beckett, joven inventor que trabajaba en el departamento de innovación de su empresa, pero al que él mismo había despedido porque no le gustaban sus curiosos gadgets. Cuando Walter trata de ayudar a ocultarse a Lance, acaba transfiriendo su mente al cuerpo de una paloma. Film de la compañía especializada en animación digital Blue Sky Studios (Ice Age, la edad de hielo), que pertenecía a Fox. Este título supone su último trabajo antes de la absorción por parte de Walt Disney, que ya se ha ocupado de su distribución. Alargar un corto no suele ser una buena idea, como se puede comprobar en esta cinta, que parte de Pichón imposible, brillante pieza de seis minutos de duración de 2009, pues la idea central no da para tanto. Los realizadores Nick Bruno y Troy Quane, que debutan en el largometraje, suplen las carencias del guion con una animación notable, que da lugar a logradas secuencias de acción, en la línea de la saga de James Bond, y con numerosos golpes de humor, que parodian al célebre agente con licencia para matar. De ritmo frenético, sus personajes principales conquistan al público, sobre todo Sterling, que tiene un aspecto visual similar al actor que presta su voz en el original, Will Smith. Y aunque se les podía haber sacado más tajada, algunos secundarios logran la ansiada carcajada, sobre todo la bandada de aves que se convierte en cohorte del personaje central tras su transformación. Pese a tratarse de un espectáculo de pirotecnia, el guion integra una apología del idealismo, pues muestra que conviene luchar por aquello en lo que se cree, pese a que esto pueda traer problemas, o ser objeto de burlas o incomprensiones. También enseña –sobre todo a los más peques– a no infravalorar a los demás, pues aunque piensen de forma diferente, y a primera vista parezca que no tienen nada que aportar, pueden sorprender convirtiéndose en valiosos aliados, e incluso en amigos.
6/10
(2019) | 110 min. | Histórico | Biográfico | Comedia Tráiler
Un delicioso y divertido homenaje al mundo del teatro a propósito de la génesis a finales del siglo XIX de “Cyrano de Bergerac”, la obra más exitosa de la historia del teatro francés. Sorprende gratamente el talento del guionista y director parisino Alexis Michalik, que deja de lado su labor de actor, faceta en la que le habíamos visto en La banda Picasso o Atraco en familia, para debutar a lo grande tras las cámaras con una inteligente invención que denota un gran pasión por el teatro y por el mundo de la interpretación. Incluso hay una estupenda referencia al nacimiento del cinematógrafo, al que se alude como un instrumento que revolucionará el mundo del espectáculo. Estamos en 1897. Edmond Rostand, joven poeta, casado y con hijos pequeños, no acaba de hacerse un nombre en la escena francesa. Sus obras en verso son premiosas y no gustan demasiado a un público que busca sobre todo entretenimiento, pero lo peor es que Edmond está seco, sin ideas, y los apuros económicos llaman a su puerta. Sin embargo, gracias a la intervención de la gran Sarah Bernhardt el joven escritor será recibido por el prestigioso actor Constant Coquelin y ambos acordarán realizar una obra en verso, bajo tres condiciones: será una comedia, tendrá tres actos y la actriz principal ha de ser Maria Legault. Por su tono cómico y ligero, Cartas a Roxane quizá entronque más con filmes teatrales como ¡Qué ruina de función!, a pesar de que la atmósfera histórica y el estilo de la obra remita a libretos más clásicos, como los de Shakespeare in Love o Noche de reyes. Además de incluir en su homenaje a personajes históricos de la escena gala, Michalik centra su historia en la simbiosis entre la ficción y la realidad, algo no demasiado novedoso a priori, pero que él logra hacer muy convincente y es una base sólida para generar situaciones de enredo. Desde luego el proceso creativo tiene momentos de gran lucidez, como los provocados por el personaje del tabernero, realmente magnífico, una especie de filósofo, inteligente y alentador, que ejerce casi de ángel de la guarda de Rostand. Y, por supuesto, como la inspiradora y cómica escena de la terraza, que llegará a ser una de las más famosas de la obra de ficción. Como en ese caso, poco a poco situaciones reales irán dando forma a la obra inmortal. Destaca en la película el dinamismo de la trama. Aunque la película tenga una duración cercana a las dos horas, Michalik nunca aburre, evita demorarse en los ensayos del texto y prefiere situar la acción en la tramoya, entre las bambalinas de lo que le está ocurriendo al protagonista y a sus camaradas, éstos adecuadamente caracterizados. Se juega un poco al vodevil, a veces frívolo (con esa visita al burdel), pero procurando no desviarse demasiado del equilibrio del buen gusto. Memorable es el diálogo entre Rostand y Chejov en el vestíbulo de la casa de citas. El reparto es bastante coral, pero sin duda alguna destaca la composición de Thomas Solivérès, que encarna a la perfección a un protagonista sencillo y bueno, agobiado por lo que se le viene encima y que va recibiendo con estupor creciente las ideas que pueblan su imaginación. Le acompañan con gran oficio Olivier Gourmet y la joven Lucie Boujenah.
7/10
(2019) | 119 min. | Bélico | Drama Tráiler
La Gran Guerra. En territorio francés, ocupado por los alemanes. El general británico Eninore encomienda a los soldados Schofield y Blake una importante misión. Deben atravesar el territorio enemigo, teóricamente despejado, para entregar a MacKenzie, comandante de otra división, una contraorden: la paralización del ataque que tenía previsto, pues en caso contrario, los mil seiscientos hombres que tiene a su cargo, incluido un hermano de Blake, caerán en una trampa y serán exterminados. En su octavo largometraje como realizador, Sam Mendes parece haber rodado la antítesis de su anterior incursión en la temática bélica. Si Jarhead, el infierno espera, de 2005, retrataba sobre todo a soldados descerebrados, que sólo pensaban en obscenidades y manifestaban poco apego a sus lazos familiares, aquí se recurre a dos protagonistas honrados, y afectuosos, que se convierten en auténticos héroes, pese a que hacer lo correcto a veces vaya en su contra. Como consecuencia, su mensaje en contra de las guerras resulta más sólido, unos jóvenes de buen corazón como sus personajes no merecen estar viviendo un auténtico infierno, pasando continuamente junto a cuerpos destrozados. Inspirado por el recuerdo de su abuelo, al que dedica el film, el propio Mendes ha escrito un guión sin fisuras junto a Krysty Wilson-Cairns –forjada en la serie Penny Dreadful, donde él ejercía como productor ejecutivo– que muestra que la Primera Guerra Mundial fue peor que la Segunda, mucho más recreada por el cine, porque aún se podían ver los ojos de los adversarios. Al estilo de La soga o Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), el film está rodado en teoría en un único plano-secuencia. Todo indica que se ha hecho un poco de trampa, un par de momentos bien permiten haber cortado (sobre todo el desvanecimiento de uno de los soldados), pero el espectador tiene la sensación de que está viendo una cinta rodada del tirón. De hecho está acreditado como editor nada menos que Lee Smith, habitual asistente de Christopher Nolan en títulos como Dunkerque, otro de los más sobresalientes filmes del género de los últimos años, que esta vez se ha ganado a pulso el título de montador más sigiloso de la historia audiovisual. Habrá ayudado mucho a representar la función casi sin interrupciones la enorme experiencia teatral de Mendes, que triunfó como director de escena antes de pasar al cine con American Beauty, pero aún así impresiona mucho su cinta, porque no transcurre precisamente en un espacio limitado, sus personajes principales recorren toda la trinchera británica, para pasar después a campo abierto, a una aldea de la campiña, etc. Como resultado, el espectador no tiene la sensación de contemplar el relato desde fuera, sino de estar en medio de los acontecimientos, parece que los personajes pueden caminar hacia cualquier punto, y que se saldrán de un decorado, ni dejarán atrás a los extras. Resulta increíble la sincronización de intérpretes para estar siempre en el lugar justo, pero también la de aviones e incluso de ratas, y nada parece calculado, sino casual. También se supera a sí mismo otro ilustre técnico, Roger Deakins, director de fotografía habitual de los hermanos Coen, con el que casi siempre rueda también Mendes, que no sólo logra transmitir claustrofobia cuando la ocasión lo demanda, pues otras veces muestra escenas de masas, por ejemplo una carga de los soldados. En un momento de la historia del cine donde los efectos visuales por ordenador han avanzado tanto que pocas veces se consigue sorprender al espectador, Mendes deja boquiabierto a cualquiera, con más de un fragmento de pericia técnica asombrosa, como la del personaje enterrado entre rocas, el agua, el avión que se estrella, etc., donde no se adivina dónde acaban los gráficos, y empiezan a actuar actores de verdad. Otras veces uno se pregunta cómo habrá conseguido Deakins mover su cámara, para conseguir tomas inauditas. En esta coyuntura, lo tenían muy difícil los jóvenes relativamente desconocidos Dean-Charles Chapman (Juego de tronos) y George MacKay (hijo mayor de Viggo Mortensen en Captain Fantastic) para lograr empatía con sus personajes, apenas descritos, porque se pretende que sean representativos de cualquiera de los combatientes en el trágico conflicto. En caso de fracaso y que al espectador le importase poco lo que les ocurriera, todo el esfuerzo técnico no valdría para nada. Pero aprueban con nota, sobre todo MacKay, que sería un digno ganador del Oscar. Les apoyan actorazos que muestran su carisma, pero en apariciones bastante breves, que casi parecen cameos, como Colin Firth (Eninore), Benedict Cumberbatch (Mackenzie) o Mark Strong (un oficial que ofrece un importante consejo). Si Alfred Hitchcock admitió haber concebido Extraños en un tren a través de la imagen de los espectadores de un partido de tenis, mirando de izquierda a derecha la evolución de la pelota, mientras uno de ellos miraba fijamente a uno de los jugadores, 1917 tiene también un momento icónico. Un pelotón de soldados carga hacia el frente enemigo, al más puro estilo de Senderos de gloria, de Stanley Kubrick, mientras un hombre les atraviesa perpendicularmente, corriendo al otro flanco, necesitado de encontrar a quien les envía a la muerte.
8/10
(2020) | 123 min. | Acción | Comedia Tráiler
Los agentes Marcus Burnett y Mike Lowrey se han convertido en los dinosaurios del departamento de narcóticos. El primero –que no termina de aceptar que necesita gafas–, acaba de ser abuelo, por lo que ya piensa en la jubilación para pasar más tiempo con los suyos. El segundo ya se tiñe las canas, y será objeto de un atentado, orquestado a modo de venganza por la esposa de un traficante que en el pasado Mike ayudó a meter entre rejas, recién escapada de la cárcel, y su hijo. Les ayudará a dar con los malos la división AMMO, formada por Rita, Rafe, Kelly y Dorn, que utilizan nuevas tecnologías, como cámaras ocultas o drones. Por regla general, Dios nos libre de las secuelas a destiempo, como Bridget Jones: Sobreviviré, Star Wars: La amenaza fantasma, Fantasía 2000, Tron: Legacy, Independence Day: Contraataque o Blues Brothers 2000 (El ritmo continúa). Contra pronóstico, Bad Boys For Life forma parte de la reducida lista de casos que logran vencer la maldición, como El regreso de Mary Poppins, o Creed, la leyenda de Rocky, pues rodada diecisiete años después de la última entrega, llega a superar a sus predecesoras, lo cual no significa mucho, pues Dos policías rebeldes no pasaba de ser una sucesión frenética de pirotécnicas secuencias de acción, mientras que Dos policías rebeldes II resultaba tan caótica como ridícula, sobre todo cada vez que salía el villano, interpretado por Jordi Mollà. Resulta un acierto que se haya confiado la realización a los belgas Bilall Fallah y Adil El Arbi, autores del drama criminal Black y del film de acción Gangsta, que inician su singladura en Hollywood. Sustituyen al responsable de las dos anteriores, Michael Bay, ocupado en dirigir para Netflix 6 en la sombra, que sin embargo está presente aquí en un breve cameo. Quizás sus persecuciones y escenas de acción tengan menos garra y personalidad que las de su predecesor, pero funcionan, y por otro lado saben sacar tajada a un guión que da un poco de entidad a los personajes, y algún conflicto dramático que genera un mínimo de interés por lo que les ocurre a éstos en el desarrollo de la trama. Los cuatro libretistas, entre ellos Joe Carnahan (Narc), aciertan al no tomarse demasiado en serio sus giros de culebrón televisivo. Will Smith demuestra que conserva su habitual carisma, mientras que Martin Lawrence aprovecha el potencial de las secuencias de humor, alguna con gracia, como la que tiene lugar en un avión. Están rodeados de secundarios que también le sacan algo de partido a sus personajes, como Paola Núñez (La reina del sur), moderna y dinámica agente, el nórdico Alexander Ludwig (Vikingos) como policía con problemas para controlar su ira, o Vanessa Hudgens (High School Musical), la luchadora Kelly. Repite un exagerado pero divertido Joe Pantoliano, como capitán. Y hasta le da personalidad a la villana, una bruja que rinde culto a la Santa Muerte, nada menos que Kate del Castillo, más popular por su relación real con el narco El Chapo que por su carrera.
6/10
(2020) | 74 min. | Biográfico | Documental Tráiler
Pocas personalidades del siglo XX resultan tan atractivas y han aportado tanto a la historia de la humanidad –no sólo de la Iglesia– como Karol Wojtyla, conocido desde que accedió al papado como Juan Pablo II. Este documental ofrece un certero acercamiento a su gigantesca personalidad, partiendo del trágico atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, a manos del pistolero Ali Agca. Aunque el film escrito y dirigido por José María Zavala apunta a los que tramaron el magnicidio más allá de la célebre “pista búlgara”, la Unión Soviética, el film no se mueve en clave geopolítica, sino de mirada honda a la magnética figura de Wojtyla. Lo que no impide que se señale cómo era objeto de vigilancia de los servicios secretos de la Polonia comunista, en cuyos archivos había abundante documentación sobre él. El atentado sirve como pórtico para hablar del sentido del dolor y del sufrimiento, medios de redención de Jesús crucificado, y así referirse a tantas cosas que el ser humano no entiende, y ante las que fácilmente se rebela. Aunque también cabe en estas situaciones el recurso a la oración, con el resultado en ocasiones de auténticos milagros, sucesos inexplicables que en muchos casos narran de modo conmovedor las mismas personas que se han beneficiado de ellos, a través de la intercesión del hoy ya denominado san Juan Pablo II. Zavala maneja material documental muy bien seleccionado, combinado con el testimonio de personas que trabajaron muy cerca de Juan Pablo II, como el que fue su secretario personal y luego obispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz, el de su compatriota y amiga Wanda Póltawska, o el del postulador de la causa de canonización, Slawomir Oder. Impresionan los sucesos sobrenaturales, la monja Madre Esperanza, que vomitó sangre hasta que Juan Pablo II estuvo fuera de peligro de muerte por el atentado, o las menciones de exorcismos donde hay reacciones rabiosas del poseído cuando se menta el nombre del Papa. Pero está por supuesto el lado humano, unido íntimamente al sobrenatural. Se nos habla de su mirada penetrante, “como si te hiciera una radiografía”, o del modo enérgico en que acomete la evangelización, hablando fuerte sin temor a contrariar a las personas que le oyen, reclamando libertad, justicia, derechos humanos, siempre desde el amor de Dios. Podemos ver al Papa juvenil y fuerte, y al decrépito por los achaques de la edad y la enfermedad, que sin embargo tiene fuerza para escuchar y ocuparse de las personas con las que se encuentra, por ejemplo en los paseos por la montaña que tanto le gustaban. El director no cae en el error de tratar de abarcarlo todo pero, tal vez por eso, milagrosamente, se acerca mucho a ofrecer la foto completa del personaje: del entorno donde creció y recibió la llamada al sacerdocio, de su oficio de pastor de almas, de su amor a Cristo y a las almas, de su puesto en la historia, de su excelsa santidad.
7/10
(2013) | 98 min. | Drama Tráiler
Omar, palestino, planea casarse con Nadia, hermana de su amigo Tarek. Los dos chicos, junto con Amjad –un tercer amigo que también pretende el amor de Nadia– planean y cometen el asesinato de un soldado judío. La ¿mala suerte? provoca que las tropas israelitas capturen a Omar, quien ante la tortura y las amenazas promete colaborar y traicionar a sus compañeros. El director Hany Abu-Assad vuelve a ahondar en el violento conflicto palestino israelí después de que hace años impactara con su film Paradise Now, sobre  terroristas suicidas. En este caso vuelve a filmar las penurias y humillaciones a las que están sometidos los palestinos por parte de los israelíes. Ambientada en los territorios ocupados de Cisjordania, Omar es una película realista y poco complaciente, pegada al terreno, cuyo protagonista (que da título al film y está encarnado con perfección por Adam Bakri) es un joven que resulta cercano, verosímil, y que logra que sus desventuras atrapen al espectador. Omar plantea una situación terrible, y el director actúa conforme a su estilo, sin juicios acerca de lo que sucede, pero dejando poderosamente hablar a la historia –siempre desde el punto de vista palestino– y a sus personajes, y de nuevo parece afirmar que no hay otra salida que la violencia. Sabe entregar también momentos impactantes, como las múltiples escenas en que el protagonista ha de escalar el muro, más que nunca aquí mostrado como un enorme y gris monumento al odio y la desunión. A la vez el film no es redondo, hacia el final la trama se vuelve algo confusa y la narración es reiterativa. De cualquier forma, viene a decir Abu-Assad, en el conflicto palestino israelí no hay ganadores. Pierden todos. El film fue nominado al Oscar a la Mejor Película en Lengua no Inglesa.
6/10
(2018) | 90 min. | Comedia Tráiler
Curro se supone que tiene una estupenda preparación para ser asesor financiero. Pero la vida es compleja, y le toca ser comercial vendiendo robots de cocina. El tipo fantasea pensando que va a colocar muchos aparatos, pero casi todos los coloca en el entorno familiar. Ahora el jefe ha puesto en marcha un programa de incentivos, quien venda mucho avanzará, pero otros pueden verse de patitas en la calle. En tal tesitura, su esposa empieza a estar un poco harta y ronda la sombra de la separación. Por otra parte se acerca el verano, y el imaginativo Curro promete a su hijo Nico de nueve años que si saca todo sobresalientes le pagará el verano de su vida. Contra pronóstico, el chico logra excelentes notas, y el padre se irá sólo con Nico para vivir ese verano inolvidable. Pero como no hay dinero para costearlo, tendrá que convencerle de que no hay vacaciones mejores que las que uno puede pasar en su pueblo. Tras entregar la irregular comedia El pregón, Dani de la Orden repite en este terreno de nuevo con telón de fondo rural, pero con más tino y teniendo a sus órdenes a uno de los mejores cómicos españoles del momento, Leo Harlem. El actor demuestra tener la gracia por arrobas, y con sus largas parrafadas trufadas de chistes y fantasmadas, sostiene una simpática trama familiar vertebrada por el estrechamiento de los lazos entre padre e hijo, en que trata de convencer al peque de que nada hay mejor que "el sol a cántaros" del pueblo, y los amigos que supuestamente puede hacer ahí. Además el film sabe derramar buenos sentimientos cuando en el periplo veraniego se topan con una madre con una niña, que se niega a hablar, y se aprovechan los momentos en que toca socializar con la "jet", con un gurú y con un inversor, para hacer bromas en torno a la banalidad de cuidar las apariencias a toda costa, y en cifrar todo en tener dinero y posición.
6/10
Cuando el volcán de la isla Nublar entra en erupción, los dinosaurios resucitados del abandonado Parque Jurásico –que ahora campan a sus anchas– están condenados a volver a extinguirse. Por eso la ex gerente de las instalaciones, Claire Dearing, se ha convertido en activista, y con otros compañeros del Grupo de Protección de Dinosaurios trata de influir en que los políticos asignen fondos para salvar a las criaturas. Contacta con ella el misterioso Eli Mills, que trabaja para el moribundo potentado Benjamin Lockwood, socio de Hammond, el ya fallecido responsable de traer a estos seres de nuevo a la vida, un tipo obsesionado con su jovencísima nieta, tras la muerte en accidente de coche de su hija. Le proponen a Claire que viaje de nuevo a la ínsula, si puede ser llevando consigo a su ex novio, el cuidador Owen Grady. Su objetivo sería rescatar al máximo número de especies para ponerlas a salvo. La prueba de fuego para el español Juan Antonio Bayona, ya que se trata de su largometraje de mayor presupuesto, y tiene como padrino al gran referente de su cine, Steven Spielberg, cuyo estilo sabe imitar a la perfección, basta fijarse en una subasta iluminada al estilo de Encuentros en la tercera fase, o en las peripecias de Chris Pratt, que recuerdan a la saga de Indiana Jones. Acompañado de colaboradores habituales como el montador Bernat Vilaplana y el director de fotografía Óscar Faura, el realizador español logra una factura perfecta, luciéndose por ejemplo en el largo plano con el que ilustra una huida en uno de los vehículos esféricos vistos en la entrega anterior, o en la vibrante secuencia de la erupción. El realizador también sabe llevarse el relato a su terreno, dando importancia a la niña encarnada por la eficiente debutante Isabella Sermon, aunque por una vez no hay madre, ya que se trata de una huérfana. Tiene –eso sí– como cuidadora a Geraldine Chaplin, actriz fetiche de sus películas, de nuevo como mujer sabia, a la que conviene escuchar. Ambas están acompañadas de un estimable reparto, repitiendo en la saga Bryce Dallas Howard, el carismático Chris Pratt, y en una breve intervención el carismático Jeff Goldblum, que estuvo presente en las dos primeras entregas, las que firmó el mismo Rey Midas, otra vez como el matemático Ian Malcolm, firme seguidor de la Teoría del Caos. Por lo demás, Justice Smith, protagonista de la serie The Get Down, aporta el toque cómico, y se ha recurrido a algún actor de primera fila para dar entidad a papeles muy secundarios, como Toby Jones –subastador de dinosaurios–, James Cromwell –el millonario Lockwood–, Rafe Spall –empleado de este último que parece ocultar algo– y sobre todo la niña Isabella Sermon, pese a que no había hecho ni siquiera un spot de televisión antes de ponerse ante la cámara. Quizás no llegue al nivel de Jurassic World, la anterior entrega, pero tiene el mérito de adentrarse por caminos nuevos en la saga. Vuelve a versar sobre el hombre jugando a ser Dios, pero añade a sus predecesoras un mensaje ecológico, y  una advertencia en torno al peligro de que los intereses económicos se antepongan a las vidas humanas.
7/10
(2017) | 110 min. | Drama Tráiler
Una encantadora película, adaptación de la novela homónima de Penelope Fitzgerald, que habla de modo tremendamente original y desde una óptica femenina del amor por los libros. Resulta muy apropiado que también sea una mujer directora de cine, la española Isabel Coixet, la que haya hecho la correspondiente traslación a la pantalla. Contiene bastantes elementos autobiográficos de la propia autora, como su trabajo en una librería y su dedicación a los libros tras quedar viuda de un antiguo soldado de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, la protagonista, Florence Green, acaba de recalar en Hardborough, un pueblecito británico costero, con un sorprendente plan: restaurar un histórico edificio local y convertirlo en librería, la primera del lugar. Viuda y sin hijos, sabe que los libros son lugares en los que es posible habitar, y que hacen formidable compañía, y querría compartir esa pasión con sus nuevos vecinos. No va a ser tarea fácil, pues aparte de los escasos hábitos de lectura allí existentes, Violet Garmet, una de las fuerzas vivas del lugar, tiene otros planes, como la apertura de un centro cultural, y ve en la recién llegada a una rival que debería cederle el local y plegarse a sus ideas. Esta mujer y otros lugareños, como Milo North, un insustancial periodista de la BBC, van a poner las cosas difíciles a Florence, que en cambio puede que encuentre un aliado en el taciturno señor Brandish, gran lector, pero que vive recluido en su caserón. Aunque el planteamiento puede ser un poco naif, y el final algo brusco, la película de Coixet funciona en líneas generales como fábula sobre las dificultades para integrarse en una comunidad cerrada que excluye a los que no se pliegan a ciertos modos de funcionar. Tiene momentos realmente encantadores, sobre todo gracias al audaz corazón de oro de Florence, una bondadosa mujer con gran fuerza de voluntad y fibra moral a prueba de bombas, estén a la altura o no de la confianza que deposita en sus vecinos, nunca les responderá con vileza; Emily Mortimer sabe encarnar con convicción estos valores, un auténtico coraje que no dejará indiferentes a Violet -Patricia Clarkson prueba lo gran actriz que es al no convertirla en personaje de cartón piedra-, Milo o el señor Brandish -magnífico Bill Nighy-, o a la niña que echa una mano en la tienda por las tardes. Se habría agradecido una mejor integración de la pasión los libros en la narración, aunque se citan algunos autores, sólo dos tienen auténtico peso específico, Ray Bradbury y sus famosas obras de anticipación, y Vladimir Nabokov con su escandola “Lolita”, y si el espectador no sabe de qué van no entenderá su inclusión en la trama. De todos modos sí tiene encanto esa selección y recomendación de libros, y la petición de consejo, que hace pensar en otra película basada en una novela sobre amor a los libros, La carta final, que adaptaba “84 Charing Cross Road”, la novela de otra escritora, Helene Hanff.
6/10
(2017) | 100 min. | Comedia | Drama Tráiler
El viudo de mediana edad Erwan trabaja rastreando y desactivando bombas que han quedado enterradas por la Segunda Guerra Mundial. Su vida personal explosiona cuando casualmente se entera de que el hombre que le ha criado no es su padre biológico. Tras reclutar a una peculiar detective privada, ésta le pone tras la pista del verdadero, un anciano con el que entabla contacto, que no tenía ni idea de su existencia. Por desgracia, éste tiene otra hija, la veterinaria Juliette, por la que Erwan ha empezado a sentirse atraído. Tercer largometraje de Carine Tardieu, aunque en España no se han estrenado los dos primeros, La tête de maman y Du vent dans mes mollets. La realizadora parte de un tema que abordado por Lars Von Trier habría sido totalmente escabroso, la posibilidad de cometer incesto, pero lo utiliza para dar pie a una especie de folletín, con un tono bastante amable y humano. El guión, coescrito por ella misma, tiene varios momentos ingeniosos que hacen reír, y deriva con habilidad por momentos hacia el drama. Habla de la necesidad de tener un padre, y de que por otra parte no basta con serlo biológicamente hablando, se requiere de esfuerzo. Rodada con habilidad, destaca la habilidosa inclusión en la banda sonora del famoso “Papagena! Papagena! Papagena!”, de “La flauta mágica”, de Mozart, al que se saca mucho provecho. Gran trabajo de François Damiens, que ya ha demostrado su versatilidad en títulos como La delicadeza o La familia Bélier y de la normalmente resultona Cécile de France. Alguna interpretación resulta exagerada, sobre todo la de Brigitte Roüan como investigadora privada, pero no resulta dañina para la cinta.
6/10
(2013) | 99 min. | Drama Tráiler
El matrimonio Lim tiene un hijo que es un auténtico "trasto", Jiale, y ella está embarazada. Es el momento de contratar a una empleada del hogar filipina que asuma un montón de tareas domésticas, además de tratar de hacerse con el crío. En el hogar, a pesar del cariño, las cosas distan de ser perfectas. El marido, un comercial, se queda sin trabajo y no se atreve a comunicarlo. Su esposa, muy valorada en su empresa, está muy estresada porque a ella le toca redactar las cartas de despido, últimamente muy frecuentes, además de con frecuencia llaman del colegio por problemas con el niño. Teresa, o Terrie, como le llaman en casa de los Lim, tiene costumbres muy distintas a las de la casa que le acoge, y echa de menos a su bebé, que está en Filipinas, pero a pesar de todo se esforzará en ganarse a Jiale. Debut en el largo del director de Singapur Anthony Chan, quien no ha podido empezar con mejor pie, pues su film ha ganado numerosos premios, entre ellos la Cámara de Oro en Cannes. Tiene el mérito de despertar el interés con el retrato de la vida cotidiana de una familia, mostrada con tremenda objetividad y nunca de modo cansino, con los típicos problemas de comunicación en el matrimonio o de educar a un hijo. Chan evita muchos de los errores típicos del principiante, como el de poner el acento en lo sensiblero. Los afectos y lazos nacen y se consolidan con la naturalidad con que suele ocurrir en la vida misma, no hay nada postizo en la narración, las emociones están inteligentemente contenidas. Por otro lado, la realidad de las dificultades de los inmigrantes, o de la crisis financiera que no cesa, con los "milagros" que prometen algunos "gurús" embaucadores están ahí, a veces con consecuencias tremendas, como la de esa persona que inesperadamente cae al vacío.
7/10
(2017) | 125 min. | Histórico | Biográfico | Drama Tráiler
Mucho antes de la magistral Dunkerque, el realizador Joe Wright había resumido la batalla en un único –pero brillante– plano secuencia playero, en Expiación, su segundo trabajo. Después de que el film de Christopher Nolan haya reavivado el interés de la industria audiovisual por la Segunda Guerra Mundial, el británico retoma la evacuación de las tropas aliadas en la ciudad portuaria, que tiene un peso clave en este biopic del carismático primer ministro de su país durante el conflicto. El instante más oscuro llega en un momento en el que parecía tenerlo complicado por saturación, tras la excelente acogida de The Crown, donde le interpretaba un inmenso John Lithgow, y Churchill, con otra increíble transformación, esta vez por parte de Brian Cox. Sin embargo, acierta al centrarse en un momento distinto de la vida del líder británico más valorado de todos los tiempos, cuando en 1940 el parlamento fuerza la dimisión del primer ministro, Neville Chamberlain, que no ha sabido gestionar la amenaza de Adolf Hitler. Su partido se ve obligado a elegir como sustituto a Winston Churchill, desprestigiado por instigar la desastrosa batalla de Gallipoli durante la Gran Guerra, cuando ejercía como Primer Lord del Almirantazgo, pero que es el único de sus candidatos que acepta la oposición. El hombre que ha dirigido excelentes dramas de época como el citado, o Anna Karenina y Orgullo y prejuicio, demuestra que domina el género, haciendo gala de hallazgos visuales, no tan excesivos como el de la costa, pero sí los suficientes para crear tensión en una historia que transcurre en escenarios cerrados; pocas veces se ven detalles del frente, aquí estamos ante un thriller político en el que la principal guerra se libra entre el protagonista y sus rivales. Aprovecha que cuenta como colaboradores a los inspirados Bruno Delbonnel, habitual director de fotografía de los hermanos Coen y Jean-Pierre Jeunet, y Dario Marianelli, su músico de siempre. Con esto le saca gran partido al guión, absolutamente redondo, del especialista en vidas reales Anthony McCarten (La teoría del todo), que consigue meter al espectador del siglo XXI en el pensamiento de la época, cuando aún se podía llegar a pensar que Hitler podría tener clemencia con Inglaterra si se rinde a tiempo. En este contexto los políticos –a los que se da un varapalo por estar más pendientes de su silla que de otra cosa– piensan que resulta estéril plantar cara a los nazis en solitario, pues el resto de países que le hacen frente han caído o están a punto de hacerlo. Resulta impresionante el trabajo de Gary Oldman, a priori una opción nefasta para interpretar al protagonista por su absoluta falta de parecido. Pero pese a la extremada caracterización, a base de maquillaje prostético, el actor consigue resultar creíble sin perder expresividad, y sobre todo humanizar a un personaje mitificado por su peso en la historia. Estamos ante uno de esos trabajos milagrosos que se recuerdan siempre. Contra todo pronóstico, no eclipsa a los eficaces secundarios, realiza un brillante trabajo Kristin Scott Thomas, como Clemmie, la cariñosa esposa, y hasta se echan de menos más escenas de Ben Mendelsohn (brillante villano en Rogue One, una historia de Star Wars), como un Jorge VI que en principio contempla al Primer Ministro con recelo por no haberle apoyado durante la abdicación de su hermano (aquí se ofrece una versión más realista de la relación entre ambos que en El discurso del rey). Por último, Lily James sale airosa del reto de interpretar a una figura omnipresente en los últimos Churchill, la de joven secretaria que sufre la ira del mandatario, por su carácter gruñón, pero que consigue que poco a poco se dulcifique. Se articula en torno a la necesidad de reunir valor y plantar cara a las amenazas pese a que haya que realizar grandes sacrificios, cuando se corre el riesgo de fenecer. Merece un diez la secuencia capriana del metro, que difícilmente pudo ocurrir en la vida real, pero que no sólo resulta conmovedora, sino que resume muy bien lo que supuso la figura de Churchill.
8/10
(2016) | 108 min. | Comedia Tráiler
A los que se atrevieron a acusar a Yoji Yamada de hacer un simple remake de Cuentos de Tokio, el clásico de Yasujiro Ozu, con su película Una familia de Tokio, el veterano cineasta japonés, en colaboración con su coguionista Emiko Hiramatsu, les demuestra lo reduccionista de tal punto de vista, pues ahora esa misma mirada superficial nos obligaría a describir Maravillosa familia de Tokio como... ¡¡un remake de Cuentos de Tokio!! Y es que de nuevo se manejan mimbres parecidos, variaciones sobre el mismo tema, para pintar con delicadeza e inteligencia la complejidad de las relaciones humanas. Aparte de que se cita explícitamente la obra maestra de Ozu. En esta ocasión tenemos a la familia Hirata: un matrimonio mayor, él, Shuzo, un poco cascarrabias e impaciente, ella, Tomiko discreta y paciente. Viven con dos hijos, uno, Konosuke, ejecutivo, les ha dado ya dos nietos, el otro, Fumie, está soltero pero está a punto de declararse a la joven que ama, una enfermera. La tercera hija, Shigeko, está casada vive en otro barrio, y discute con frecuencia con su marido. Precisamente, la dificultad de las relaciones conyugales y en pareja es el leit-motif de este nuevo film inspirado por el paradigma Ozu, pero en esta ocasión con un importante y novedoso tono de comedia, que retrotrae a los inicios de la carrera de Yamada, cuando era un habitual frecuentador del género. Porque la trama arranca con la inesperada petición de divorcio de Tomiko a su marido Shuzo, que se queda completamente descolocado, pues no es propio de ella, y la cosa parece que va muy en serio. Y aunque la idea de una ruptura sea un drama, Yamada e Hiramatsu se las arreglan para mostrar lo ridículo de algunos comportamientos, manteniendo una distancia, con mirada divertida, e hilando la narración con una facilidad deslumbrante, hasta jugando con la idea de la narrativa de ficción en un curso de escritura al que acude Tomiko. Tenemos un humor suave, que busca más la sonrisa que la risa, aunque a veces se desmelena un poco, véase ese "discreto" detective privado documentando la supuesta infidelidad de Shuzo. Y hay una gran sabiduría en la narración, que revela un hondo conocimiento del ser humano, al atrapar los pequeños detalles que pueden ir minando lo que tiempo atrás era amor ilusionado e indiscutible. Los actores están maravillosos, repitiendo como matrimonio anciano Isao Hashizume y Kazuko Yoshiyuki, entre otros de los que estaban en Una familia de Tokio.
8/10
(2016) | 90 min. | Documental Tráiler
Una película gozosa, canto de amor al cine, que debería ser de visionado obligatorio para los que tienen una idea muy equivocada de los hermanos Lumière, como simples inventores del cinematógrafo, que habrían sido incapaces de ver las enormes posibilidades de lo que tenían entre manos. Este documental, montado y narrado por Thierry Frémaux, delegado del Festival de Cannes desde 2007 y gran erudito del Séptimo Arte, desmiente tal percepción y eleva aún más la aportación al Séptimo Arte de los Lumière. De un modo muy didáctico, agrupando pasajes por tonos y temas, que tienen una apoteosis final, Frémaux muestra cómo con los cientos de películas producidas por los Lumière, a veces con su propia familia, y por todos los lugares del mundo, habrían sido pioneros por supuesto del documental, esa salida de los obreros de la fábrica, pero también del remake –con carruaje o sin carruaje–, del cine cómico con el regador regado y sus variantes, de trucajes descubiertos felizmente, el edificio que se reconstruye solo rebobinando, la composición del encuadre, el tren atravesando la diagonal de la pantalla... Se suele atribuir el primer plano a Griffith y el montaje a Einsenstein, pero todos los elementos que permiten la narración fílmica se encuentran ya, por los menos embrionariamente, en las películas de los cineastas franceses. Frémaux ha sabido aprovechar la reciente restauración de muchas de las producciones de los Lumière para que lleguen no sólo a estudiosos y eruditos, sino a un público más amplio, que debería recordar que hubo un tiempo en que el cine era una criatura recién nacida, y que tuvo que dar sus primeros pasos, y aprender a balbucear sus primeras imágenes, el equivalente del bebé que pronuncia "papá", "mamá".
8/10
(2017) | 132 min. | Thriller | Drama Tráiler
Crónica del secuestro de Paul Getty, joven de dieciséis años que fue capturado por la mafia calabresa en julio de 1973. Se exigió un rescate de 17 millones de dólares, cantidad que los secuestradores sabían que era calderilla para el abuelo del muchacho, John Paul Getty, el hombre más rico del mundo. Pero las cosas no sucedieron como se preveía, porque Getty renunció a pagar. Ridley Scott recrea este episodio aportando un sesgo muy realista en la puesta en escena setentera –con una cuidada fotografía de su colaborador habitual Dariusz Wolski– y en la consecución de los hechos, servidos sin ninguna espectacularidad, incluso con escaso gancho. Su procedencia histórica, narrada en el libro de John Pearson, quizá ha supuesto un freno justificable a la creatividad del guionista David Scarpa (La última fortaleza), al menos en cuanto a la concepción de una trama intrincada o a indagaciones detectivescas, que aunque apuntadas en un principio acaban brillando por su ausencia. Porque aquí tenemos sobre todo los hechos desnudos: la angustiosa espera de una madre que no puede recuperar a su hijo y la vida de éste en su reclusión en Calabria. Y entre medias un abuelo multimillonario encastillado en su avaricia. El contexto humano se logra con oficio, gracias a algunos iniciales flash-backs que recogen la vida de los componentes de la familia, sus relaciones y problemas. Revolotea continuamente en Todo el dinero del mundo una clara referencia cinematográfica que lo impregna todo: Ciudadano Kane. John Paul Getty (1892-1976) vendría a ser una suerte de Charles Foster Kane del mundo del petróleo, un hombre ambicioso que al parecer fue capaz de acumular más dinero que nadie en la historia. Recuerda al famoso magnate de la prensa también en su insaciable afán por poseer objetos de arte –“los únicos que siempre dicen la verdad”–, mientras que se va convirtiendo en un hombre solo, sin familia, sin amor. Los efectistas contrapicados que recogen al viejo tambaleándose en su mansión de Guildford mientras grita desesperadamente al vacío pidiendo ayuda muestran con acendrado patetismo al hombre fracasado que lo tiene todo y siente que no tiene absolutamente nada. El film es así una parábola en toda regla sobre el dinero y la codicia. Christopher Plummer encarna con estupenda maestría al todopoderoso multimillonario. Y aunque secundario, su presencia en pantalla es extensa en minutos y potente en intensidad (la película mejora siempre con él), de modo que se puede deducir el enorme esfuerzo extra derivado de la decisión de Ridley Scott de prescindir del trabajo ya rodado por el actor contratado en un principio, Kevin Spacey (los escándalos sexuales tienen la culpa), y volver a filmar todas sus escenas con el veterano actor canadiense. A todas luces fue una buena decisión. El resto del reparto está a la altura de la historia, en especial Michelle Williams, que interpreta con veracidad a la madre, y Romain Duris, un secuestrador que aporta una faceta interesante a la trama. Sorprende, sin embargo, y mucho, la ínfima importancia de Mark Wahlberg en el conjunto. El actor hace un correcto trabajo, pero durante todo el film se espera mucho más de su personaje y finalmente se convierte en alguien totalmente prescindible.
6/10
(2018) | 144 min. | Cómic | Acción | Ciencia ficción | Drama Tráiler
Película de Marvel con superhéroe de origen africano -prácticamente casi todo el reparto del film lo es, además del protagonista Chadwick Boseman, están Michael B. Jordan, Lupita Nyong'o, Danai Gurira, Daniel Kaluuya, Angela Bassett y Forest Whitaker-, que engancha su trama con los acontecimientos más recientes narrados en la saga de los Vengadores, tras la muerte del rey de Wakanda en un atentado contra Naciones Unidas. Le sucede en el trono de este pequeño país teóricamente subdesarrollado -en realidad es una especie de Shangri-La, un lugar idílico que vive en armonía, con avances tecnológicos punteros gracias a los yacimientos mineros de vibranium- su hijo T'Challa, destinado por tanto a ser el poderoso Black Panther, que deberá enfrentarse a unos misteriosos villanos, que roban un utensilio de Wakanda que se exhibe en un museo de Gran Bretaña, por siniestras razones. Sorprende la entusiasta acogida de la crítica a este film en Estados Unidos, sin duda que la cuestión racial y cierta mala conciencia por las desigualdades sociales tienen que ver con ello. Lo cierto es que, siendo entretenida la trama, como casi todas las de superhéroes, resulta también algo cansina: a la postre, tenemos ideas propias de una cinta de aventuras de Tarzán con protagonismo negro en los ritos ancestrales, las tribus perdidas y las misteriosas hierbas, que sirven para apuntalar el empeño marveliano de crear una mitología de nuevo cuño a partir de problemas del mundo real, combinando rencillas y errores de familia, con los distintos modos de encarar las discriminaciones y explotación del hombre blanco. Es una lástima que el resultado no sea más brillante, pues Ryan Coogler, director y coguionista afroamericano, había dado mayores pruebas de talento en Fruitvale Station, inspirada en disturbios raciales auténticos, y en su incorporación a la saga pugilística de “El potro italiano” con Creed: La leyenda de Rocky. La mezcla de aventuras, drama y parábola política, con desahogos puntuales de humor, no acaba de funcionar. Pesan la excesiva acción, poco imaginativa, y unos efectos visuales donde se nota demasiado el recurso a la parafernalia digital. Tampoco ayuda un actor blanco, Martin Freeman, más perdido que un pulpo en un garaje como agente de la CIA descubriendo las maravillas que encierra Wakanda, lo mucho que podría aportar a la humanidad si descarta la rabia o el aislacionismo, y busca lo que une y no lo que separa, el esperanzador mensaje del film, que se agradece en tiempos de cinismo, pero que resulta demasiado obvio; en tal sentido resulta más convincente, en sus trazos caricaturescos, el villano encarnado por Andy Serkis, un actor que estamos demasiado acostumbrados a verlo con la cara de Gollum o de un simio, cuando también puede trabajar a rostro descubierto.
6/10